El arte de patear el bote
Dentro de los escasos márgenes con los que cuenta, el Gobierno de Sheinbaum ha hecho un meritorio trabajo para, al menos, no ponérsela fácil a Trump


No, no hay manera de que México pueda enfrentar a Trump. Y habrá que recordarlo porque todo parece indicar que dará un manotazo sobre algún objetivo del crimen organizado en territorio nacional. Está convencido de que necesita golpes mediáticos antes de las elecciones de noviembre. Su popularidad había caído mes tras mes, hasta rondar apenas 40% de aprobación, pero en enero subió dos puntos porcentuales. Su círculo lo atribuye a la aprehensión de Nicolás Maduro. En consecuencia, Trump asume que en los próximos meses necesita acciones de la misma espectacularidad. El republicano entiende que, de no levantar sus niveles de aprobación, la probabilidad de perder una o las dos cámaras del poder legislativo, provocaría que la segunda mitad de su periodo quede fuertemente maniatado.
No es casual, pues, que en los últimos días nada le interese más que hablar de una especie de anexión de Groenlandia y de asestar un golpe directo a los cárteles de la droga en México. Son acciones que nutren la imagen de macho alfa que Trump gusta proyectar entre su base y que, a diferencia de otras, como las disputas tarifarias o el envío de tropas a ciudades de mayoría demócrata, no le generan la desaprobación del electorado. La mayoría de los estadounidenses no desea que sus hijos se involucren en una guerra en cualquier lugar del mundo, pero a la luz de las encuestas de enero, queda claro que muchos de ellos aplauden las exhibiciones de poder de Estados Unidos, siempre y cuando no tenga costos personales para el ciudadano. Trump entiende que encontrar una forma de hacerse de Groenlandia o asestar coscorrones punitivos a quienes “asesinan con fentanilo a nuestros hijos”, es una manera de conseguirlo.
Visto así, la probabilidad de que suceda es alta. Hay que intentar evitarlo, pero es evidente que Trump no es un hombre que tome decisiones a partir de datos reales, o de argumentos sobre lo que en verdad conviene a ambos países. Opera a partir de sus intereses político-personales y su insaciable necesidad de reconocimiento. Por supuesto que seguir argumentando sobre el impresionante descenso, casi a la mitad, del número de muertos por sobredosis en los últimos doce meses en Estados Unidos, que los expertos atribuyen al desplome en la circulación de fentanilo. Es decir, los datos muestran que México está cumpliendo su parte a cabalidad. Para Trump no es suficiente; asestando una media docena de intervenciones (el bombardeo de un laboratorio en la sierra, el secuestro de algún capo, la destrucción de un almacén), intentará hacerse del protagonismo completo y aprovechar la nueva estadística, para atribuirse el mérito. Por desgracia, que una intervención suceda o no, no depende de estadísticas, de razones jurídicas, humanitarias o morales, sino de cálculos electorales.
Dentro de los escasos márgenes con los que cuenta, el Gobierno de Sheinbaum ha hecho un meritorio trabajo para, al menos, no ponérsela fácil. No solo por el abatimiento del crimen y el descenso en los montos del tráfico, también por la disposición a una colaboración plena. El envío de 92 capos, entre ellos los más importantes, desmonta el argumento de que el estado mexicano está coludido con los cárteles de la droga, como suelen decir algunos halcones en Washington. Si así fuera, el Gobierno mexicano sería el menos interesado en poner en manos de un sistema judicial extranjero a los cómplices de su crimen.
Todo lo que ha hecho México a este respecto era necesario pero no es suficiente, porque en buena medida escapa a nuestro control. Lo cual nos lleva al segundo punto. ¿Qué haremos cuando suceda?
Algunos en Morena apostarían, de manera natural, al masiosare, atraídos por una romántica noción del martirilogio y los lemas de “patria o muerte”. Dirán que México necesita responder con severas represalias políticas o comerciales y el fin de toda colaboración con agencias de seguridad o el Pentágono. Es una línea por demás delicada. Cada cual está en libertad de inmolarse, si así lo desea, pero el gobierno sabe que las consecuencias para millones de mexicanos de a pie pueden ser devastadoras. Somos terriblemente vulnerables por razones de frontera, exportaciones, remesas, tecnologías, suministro de gas y combustibles y turismo entre otros. Plantarle cara a Trump suena hermoso, pero es irresponsable cuando la vida de tantos está en juego y solo el agresor tiene un dedo sobre el gatillo.
Por otro lado, críticos y oposición aprovecharían un golpe de Trump para argumentar la debilidad del gobierno mexicano y exigir que nuestro país deje de ser rehén de Estados Unidos. Como si la dependencia extrema que hoy nos tiene atados de manos no hubiese sido responsabilidad de los gobiernos que estos críticos apoyaron.
La respuesta ante una posible intervención tendrá que ser un portento de cabeza fría y estrategia. Nadie meterá las manos por nosotros. Ni las denuncias internacionales ni las marchas en el Zócalo disuadirán a Trump de intervenir. El Gobierno tendrá que hacer el ruido que sea necesario para encarecerle acciones de esta naturaleza. Pero habrá que entender que la eliminación arbitraria de un capo no es anticipo de una invasión o la pérdida del territorio. En esencia de lo que se trata es de un político en búsqueda de un golpe mediático electoral, no de quebrantar lo fundamental de nuestra soberanía.
La única buena noticia es que este Trump desaforado enfrenta una posible fecha de caducidad: nueve meses más. Habría que apostar a que a partir de noviembre cambien las cosas y en dos años es factible una alternancia en la Casa Blanca.
Siendo así, habría que relativizar las cosas, evitar la indignación arrebatada que apele a la heroicidad con cargo a los más necesitados. Encontrar la manera de responder con dignidad, pero entender que mexicanos y estadounidenses estamos vinculados en modalidades complejas que no deben ser afectadas por la imagen que tengan los dirigentes políticos de sí mismos. Si hay un irresponsable en la mesa, Trump, el mejor interés de México es mostrar lo absurdo de su proceder, aislar el incidente, entenderlo como lo que es, una necesidad puntual de un político desmesurado a la baja. Las circunstancias son desfavorables, pero los tiempos están a nuestro favor si sabemos utilizarlos. Patear el bote con inteligencia puede ser la mejor estrategia en los próximos meses.
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