Trump contra el mundo, momento de definición
La cobardía de todos y la estrategia del sálvese quien pueda explican el éxito de Trump. Envalentonado, el mandatario cada vez pisa con mayor fuerza y cinismo


La pretensión de hacerse de Groenlandia por las buenas o por las malas, exigir 50 millones de barriles a Venezuela como botín de guerra y asesinar a tripulantes de lanchas rápidas al otro lado del continente por mera presunción, comienzan a convertirse en la nueva normalidad en Washington. La gran pregunta es cómo vamos a impedir que se conviertan en la nueva normalidad para el resto del mundo, más allá de declaraciones indignadas y rasgadura simbólica de vestiduras.
El próximo 20 de enero Trump cumplirá un año en el poder y le restan tres más. El peor escenario, bastante probable, es que estas acciones del mandatario, que parecerían inconcebibles hace apenas un año, sean superadas por manotazos y arbitrariedades que parecerían inconcebibles hoy en día. Una vez que la enorme fuerza económica y militar de Estados Unidos se pone a los pies de los caprichos y delirios de grandeza de un narcisista de inmenso poder, no existen límites, porque dependen de un hombre que, a su vez, carece de límites.
Se suponía que la bandera de America First era una especie de Brexit. Es decir, un ensimismamiento de Estados Unidos, para generar condiciones favorables a su crecimiento. “Que el mundo se las arregle sin ayuda estadounidense y que los países paguen una tarifa por tener acceso a nuestro mercado de consumo o produzcan en nuestro territorio”, era la consigna. Eso ha cambiado. Trump decidió que America First se convierta ahora en ariete de agresión externa, ejerciéndola como una justificación para una política de expoliación. Una expoliación, dicho sea de paso, en la que el mandatario confunde los supuestos intereses de Estados Unidos con los suyos. Los “esfuerzos de paz” en Medio Oriente estaban más encaminados a conseguir el premio Nobel y negocios para su familia que una paz duradera. No consiguió el primero, pero sí un avión personal y cuantiosos contratos para los suyos. Y habría que preguntarse en qué medida la negativa de Washington a buscar una transición favorable a Edmundo González y Corina Machado, opositores que habían vencido a Maduro en las últimas elecciones, derivan de la animadversión personal de Trump a Machado: una mujer que “no se merece el Nobel”, porque le pertenece a él. Con un hombre de tal poder y tan escasa inteligencia emocional resulta imposible separar la geopolítica de su ego infantilizado.
Lo menos importante en la abducción de Maduro era la excusa. Para Trump ni siquiera el petróleo era lo decisivo, toda vez que en realidad hay pocas posibilidades de rentabilizar los yacimientos venezolanos y escaso interés de las propias compañías, porque el mercado enfrenta una sobre oferta para los próximos años. El verdadero objetivo era asestar un trumpazo, exhibirlo como una ganga favorable para Estados Unidos y poder decir: en Venezuela mando yo. Y quizá como sonó un tanto hueco, decidió demostrarlo exigiendo sus 50 millones de barriles, sin mayor argumento que su capricho. No se trata de un petróleo que sería resultado de inversiones adicionales ni nada que se le parezca. Es un tributo de guerra impuesto, que tendrá que salir de los depósitos del vencido. Cerca de 3 mil millones de dólares que él usará a su discreción, cosa que ha dejado en claro.
¿Qué sigue? A saber. Hasta ahora el mundo parece paralizado frente al buleador. Un escenario que suele provocar que el abusador incremente la escala de sus agresiones. Y aunque todos sabemos que un buleador no se detiene hasta que alguien le muestre que sus excesos le impondrán un costo, unos y otros prefieren ceder un poco cada vez, con el ánimo de que se de por satisfecho y volteé a otro lado. Así lo hicieron los amos de la economía, los imperios tecnológicos que podrían habérsele enfrentado y prefirieron aguantar y sacar raja. Así lo hizo Europa, Japón y el sudeste asiático, que luego del susto por la amenaza de tarifas absurdas aceptaron las moderadas.
La cobardía de todos y la estrategia del sálvese quien pueda explican el éxito de Trump. Envalentonado, el mandatario cada vez pisa con mayor fuerza y cinismo. Parecería, incluso, que la exhibición de este cinismo forma parte importante de la satisfacción que él obtiene con cada abuso.
La intervención en Venezuela no mereció al mundo mayor reacción que un documento firmado por seis naciones (entre ellas México y España), que Washington ni siquiera volteó a ver. Está claro que la Casa Blanca hace rato que dejó atrás cualquier objeción multilateral o consideración jurídica internacional. Solo entiende de fuerza y al parecer nadie está en condiciones de enfrentarla. Siendo así, Trump tiene lo mejor de los dos mundos: obtiene lo que quiere por mero amedrentamiento, sin necesidad de desplegar fuerzas de ocupación que sus ciudadanos no suscribirían. Lo de Groenlandia es sintomático: hace un año la oferta de comprar ese territorio parecía una baladronada, hoy comienza a verse como un mal menor, un posible escenario cuando la flota norteamericana se despliegue en sus costas.
El único punto de debilidad de Trump son los propios intereses estadounidenses. Su verdadera vulnerabilidad, como lo vimos en el caso de Brasil y China, es respecto al café y la soya. En ambos reculó por la reacción interna. En Brasil porque las tarifas generarían mayor inflación, en lo que toca a China porque los productores norteamericanos necesitaban su mercado.
Por desgracia, Venezuela no parece ofrecer condiciones para enfrentar al gigante. El colapso de su economía y la cobardía de su clase política le llevarán a pactar con Estados Unidos, no importa lo que decida el resto del mundo.
Sin embargo, Groenlandia podría ser la primera gran mojonera que limite a Trump. El ministro exterior de Francia anunció este martes que varios países europeos discuten un esquema de represalias en caso de un embate al territorio ártico. Eso podría tener éxito si lo hacen con inteligencia y agallas: prometer afectaciones a los intereses de las plataformas digitales, al ingreso de autos y productos estadounidenses generaría resistencias entre los poderes reales y los ciudadanos de la Unión Americana a las veleidades de la Casa Blanca. No es con apelaciones a la ética o a la soberanía, sino al bolsillo de los estadounidenses como puede detenerse a Trump. Por supuesto, plantar los pies frente a un buleador de mayor fuerza supone asumir narices rotas a cambio de propinar raspones. Pero son raspones que el victimario no se puede permitir. Mientras alguien no se arme de valor, las agresiones irán en aumento. Y esto se espera de los más fuertes, no de los más débiles.
La enorme vulnerabilidad de México nos ha convertido en rehenes del buleador. Los demás solo tienen que sufrirlo durante el recreo, por así decirlo; nosotros estamos condenados a vivirlo el resto del día, fines de semana incluidos. Eso nos obliga a una extrema cautela. Con suerte, Europa consiga sacar a Groenlandia de este embate. Pero Trump no va a detenerse en lo que respecta a su patio trasero. Es injusto pedirle a México que enfrente al poderoso, cuando otros más fuertes no lo han hecho. Me temo que, en algún momento, nos veamos obligados a hacerlo
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