Venezuela 2026: ¿cuál transición?
Para quienes votamos por una transición democrática liderada por autoridades investidas de la voluntad popular, la propuesta de Trump parece intragable

Tras un impactante despliegue militar, finalizó en la madrugada del 3 de enero la usurpación de Nicolás Maduro a la presidencia de Venezuela. La puerta hacia un cambio de régimen se destrancó.
Lo de Venezuela ha sido una crisis infinita, una destrucción absoluta de la modernización que se construyó en el siglo XX. Incluso sus autoritarismos de ese siglo fueron modernizadores. No es este el caso del chavismo-madurismo, vendido por Hugo Chávez como un proyecto de profundización democrática, pero devenido en tiranía anti desarrollo, antidemocrático, antioccidental, y casi anti todos los valores inculcados a la nación desde el siglo XIX. A eso llamaron revolución, y vaya si lo fue: de un país moderno y esperanzado pasamos a ser uno de los más pobres, violentos, desiguales y sin rumbo del continente.
Nuestra crisis, sin embargo, no es sólo nuestra, siendo esta realidad nuestro mayor desafío para abrir la puerta de la transición democrática. Venezuela ha sido un laboratorio donde intereses y reacomodos de la comunidad internacional ensayan relaciones de un nuevo orden mundial. El país y su Estado han sido la guarida de actores que están intentando transformar las relaciones económicas, sociales y geopolíticas materializadas durante la segunda posguerra. Nicolás Maduro y su camarilla cívico-militar se imbricaron con los negocios de mafias mineras, guerrillas colombianas, terroristas del medio oriente, crimen organizado, drogas y autocracias, que quieren imponer un mundo dominado por imperios territoriales a su servicio. Los venezolanos hemos sufrido la exposición a todas estas pavorosas dinámicas.
Con la presidencia de Donald Trump, EE UU se ha incorporado a estas tendencias autocráticas e imperiales en desarrollo. En cuanto apresó al tirano Maduro, ha hecho claro que quiere cobrarse lo suyo. “Todo es negocio” aseguró, mientras informaba que recuperaría el petróleo venezolano y se cobraría los bienes “robados” a las compañías gringas. También adelantó su visión de transición a inaugurarse, con un gobierno designado por él, con la vicepresidenta de Maduro y la burocracia chavista-madurista bajo sus órdenes. Un protectorado, pues.
Así, la transición presagia un camino accidentado, inestable, conflictivo, incluso con nuestros aliados internacionales. Según Trump, los ganadores de las elecciones del 28 de julio del 2024 no tienen ni el respeto, ni el apoyo suficiente para asumir la conducción política de la transición en este momento. Empero, lo que pasó en la madrugada del 3 de enero es en gran parte resultado de previos y abnegados esfuerzos y sacrificios tanto de venezolanos, como de gobiernos democráticos, instituciones y un universo plural de actores regionales e internacionales.
La salida de Maduro deja debilitada pero aún completa la estructura de poder autoritaria y criminal. Edmundo González y María Corina Machado se enfrentan a retos inmensos. Distintas ideas sobre cómo conducir la sociedad hacia su bienestar lucen insalvables. EE UU parece apoyar la continuidad del chavismo-madurismo, bajo la batuta de Trump, suponiendo que para estabilizar al país se necesita de los mismos actores que han saqueado y degradado a la sociedad. Pareciera creer que el chavismo-madurismo se puede ir controlando.
Para quienes votamos por una transición democrática liderada por autoridades investidas de la voluntad popular, la propuesta de Trump parece intragable. Sería, con mucho, una transición del chavismo-madurismo hacia una forma autoritaria más potable, con una economía dependiente de EE UU. Veremos en los días próximos cómo se desarrolla esta opción. La libertad de todos los presos políticos sería una señal indicativa de la voluntad del régimen de reformarse.
Hoy, la oposición democrática liderada por Machado, está en una situación relativamente fuerte para presionar por una transición que satisfaga las aspiraciones democráticas con modernización económica de la sociedad. Pero debe hacerles frente a las enormes dificultades para neutralizar en unos casos, y liquidar en otros, las fuerzas tóxicas que anidaron en los gobiernos de Maduro. Grupos armados formales e informales, criminales que fueron su sustento principal buscarán mantenerse a cualquier costo.
Esta tarea implica inteligencia y capacidad de diálogo, negociación, flexibilidad y presión por parte tanto del liderazgo, como de las asociaciones civiles y del ciudadano de a pie para hacer valer sus decisiones y anhelos. No se ha hecho mucho en este terreno y ahora será clave. Es de urgencia atender la construcción del tejido asociativo que empodere desde abajo a los venezolanos para que éstos garanticen las decisiones a tomar por el Gobierno y el Estado, en aras de volver el país al redil de la democracia y la paz.
Nuestras cuitas muestran los peligros y caminos posibles de la humanidad en el siglo XXI. La oposición democrática venezolana que mostró bajo la conducción de los actuales líderes, en particular de la Nobel de la Paz, el temple, la inteligencia y la capacidad estratégica para derrotar a la tiranía en el campo democrático, ahora enfrenta nuevos retos. Debe ejercitar habilidad para negociar con poderosos tirios y troyanos, el régimen de libertades deseado por la mayoría del país. Y, al mismo tiempo, debe generar las nuevas dinámicas que motiven a los ciudadanos a acometer y acompañar un gobierno de transición en sus tareas.
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