Claudia Sheinbaum se sube al ring
Tras lo ocurrido en las montañas de Jalisco, la ola de violencia que se avecina supera en densidad simbólica al ‘Culiacanazo’

Hace unos días estuve en Guadalajara entrevistando a un hombre de orígenes humildes y ascendencia michoacana que se volvió una especie de rey en Jalisco y una referencia mundial. No era Nemesio Oseguera, El Mencho, abatido este domingo por el Ejército mexicano en un operativo en Tapalpa, sino Saúl El Canelo Álvarez.
En el gimnasio, el ritmo lo marcan los golpes secos contra el costal. Disciplina, estrategia y mentalidad, me explicó el campeón jalisciense, hacen que en el box no gane quien golpea primero, sino quien sabe cuándo intercambiar y cuándo amarrar.
En 2021, cuando le pregunté a Ismael El Mayo Zambada por el Mencho, respondió sin dramatismo que no se conocían en persona, pero que le tenía respeto. Lo dijo con el mismo tono ceremonioso con el que hablaba de ciertos expresidentes, sobre los que también le pregunté.
A diferencia de otros capos del mismo nivel que él, el Mencho no venía de un linaje antiguo en el mundo del narco. La primera vez que oí del Cartel Jalisco Nueva Generación (CJNG), entre 2010 y 2011, fue de manera casi marginal. Era una mutación surgida del Cartel del Milenio y de la histórica red de la familia Valencia, en pleno reordenamiento tras la guerra declarada en 2006; una guerra que parece no terminar nunca.
Mientras los grandes grupos criminales se fragmentaban, esta mutación entendió que el narcotráfico ya no era feudo sino una red. Cuando le pedí a alguien cercano al secretario de Seguridad, Omar García Harfuch, que me explicara el poder del CJNG, lo llamó el “Oxxo del narco”. Una cadena con nodos replicables, expansión agresiva y diversificación de producto: metanfetamina, cocaína, fentanilo, extorsión, control territorial...
Y quizá también una corporación capaz de ofrecer un relato espectacular: en 2015, derribó un helicóptero militar en Jalisco durante un operativo; en 2016, los hijos del Chapo Guzmán fueron secuestrados en Puerto Vallarta y liberados después (tras mediación del Mayo Zambada); en 2017, el asesinato del influencer conocido como El Pirata de Culiacán —que había desafiado al Mencho en un video satírico— mostró que incluso el espectáculo digital tenía límites mortales.
Para 2020, su violencia real y simbólica dejó de ser periférica y se volvió concéntrica, con el atentado contra el mismo García Harfuch que convirtió Paseo de la Reforma en una zona de guerra; mientras que en 2021, un video del grupo amenazó directamente a la periodista Azucena Uresti y en 2022, el atentado contra Ciro Gómez Leyva —atribuido oficialmente luego a una célula del grupo— volvió a exponer la fragilidad de la prensa en México.
Porque tras veinte años de guerra del narco, los periodistas mexicanos tenemos claro que la violencia dejó ser solamente negocio. Se volvió narrativa.
Durante el sexenio pasado, la doctrina de “abrazos, no balazos” privilegió la contención sobre el espectáculo del enfrentamiento. Tras el Culiacanazo de 2019, el pregón fue evitar que incendios urbanos pusieran al Estado contra las cuerdas con una tragedia civil. Administrar el round, no buscar el nocaut.
Hace cinco años, un funcionario de inteligencia del anterior Gobierno me explicó, a mí y a otros periodistas, que tenían perfectamente ubicado al Mencho en una zona específica y delimitada entre Jalisco y Michoacán, de la cual el capo no podía salir. Que lo monitoreaban y que podían detenerlo o abatirlo en cualquier momento, pero que hacerlo podría desatar una violencia mayor, pues los nombres en la línea sucesoria eran —según los análisis de entonces— aún más sanguinarios.
Tras lo ocurrido este domingo en las montañas de Jalisco, la ola de violencia que se avecina supera en densidad simbólica al Culiacanazo. Aquella jornada fue un episodio concentrado que exhibió el límite operativo del Estado. Lo de ahora puede traducirse en violencia dispersa y sistémica en varios puntos del país durante cierto tiempo.
Falta conocer detalles de lo sucedido en Tapalpa, pero ya hay matices institucionales importantes: fue el Ejército, no la Marina —tradicionalmente más cercana en cooperación operativa con Estados Unidos— quien encabezó el operativo. En un momento de presión —por no decir acoso— bilateral del Gobierno de Donald Trump, el mensaje que se pretende es doble: eficacia y soberanía.
Y el orden del anuncio también es político: las filtraciones hechas por el equipo de García Harfuch a periodistas en tiempo real durante el operativo buscan controlar la narrativa antes de que la narrativa la inicie cierta cuenta de Truth Social.
Por ahora, el tránsito de este primer año del nuevo Gobierno, parece claro: del abrazo político al combate táctico. Y ahí aparece una imagen inevitable: la presidenta Claudia Sheinbaum sí se ha subido al ring. No con la vehemencia de una boxeadora improvisada, sino como jefa de una esquina —recién reconfigurada en la Fiscalía General de la República con la llegada de Ernestina Godoy y en el Senado con la salida de Adán Augusto López, más lo que se viene— que hereda una pelea ya encendida.
La violencia que padece México no es episódica; es sistémica. La red criminal no gira sobre un hombre; es una arquitectura capitalista. Y mientras esa arquitectura se reconfigura, en la misma geografía nacional los pueblos y comunidades defienden agua, bosque y territorio, intentando sostener soberanía local frente a economías ilícitas y proyectos extractivos legales e ilegales, como el que arrancó la vida del activista Samir Flores hace siete años en Morelos.
La presidenta Sheinbaum hereda así un combate iniciado hace casi dos décadas, una red que no depende de un solo hombre y una violencia que a estas alturas ya aprendió a narrarse a sí misma. Tapalpa no marca el final de la pelea, sino el inicio de un nuevo round.
El Canelo me explicó también que en el box, cambiar de estrategia no siempre implica ir al intercambio. A veces implica saber cuánto aguanta el cuerpo y cuánto resiste la esquina.
El país, mientras tanto, espera que suene la campana.
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