El imperio contra Taca
No es del todo justo que la ira recurrente nos incline a mentarle la madre a todos los norteamericanos en general: no todos son gringos y menos aún, anaranjados


Se impone leer o volver a leer To the Finland Station (Hacia la estación de Finlandia) del inglés Edmund Wilson. Se trata de un multifacético recorrido por eso que antaño se llama “pensamiento socialista” que inicia con un retrato micro y macroscópico de la vida y obra de Jules Michelet. La locomotora del título alude al vapor entre la nieve que llevó a Lenin de vuelta a Rusia para cimentar el soviet que ahora parece resucitar y desmadrar al mundo; los rieles son incontables retratos de ilusos y soñadores que intentaron unir a todos los trabajadores y parias del mundo, abatir las garras del capitalismo carnívoro y poner en práctica todo tipo de utopías mafufas (Babeuf, Owen, Fourier y los Hermanos Marx). Recomiendo la lectura tan solo por escudriñar no pocas perlas como ejemplo de un debate que sigue en la cuerda floja entrado el siglo XXI, habiendo sido cardiograma del XIX.
Gracia a Wilson subrayé hace casi cuatro décadas unas palabras de Michelet sobre Napoleón que hoy le vienen al guante (con el que cubre su lepra) al nefando Donald J. Trump: “Más por un gazapo singular lo dejaron en Santa Helena para que el sinvergüenza hiciera esa elevada y conspicua tarima un Cáucaso para explotar la piedad o lástima del público y preparar por fuerza de sus mentiras una sangrienta repetición de todos los desastres del Imperio”. Fueron las últimas palabras del último enésimo volumen de la obra de Michelet y dice Wilson que quedan como epitafio, sin imaginar que en lo que va del año 26 y transcurrido el 25 del siglo XXI el payaso que había sido evacuado y exiliado en McDonald’s ha vuelto a fuerza de mentiras para repetir y superar todos absolutamente todos los desastres del Imperio.
Crecí en U.S.A. de los 2 a los 14 años de vida primaria, un par de ellos en Georgetown al filo de la ciudad blanca de cien museos y Capitolio de democracia en gerundio y el resto en un bosque entrañable donde seguían intactos ciertos senderos de la Guera Civil, el racismo y la ignorancia. No es del todo justo que la ira recurrente nos incline a mentarle la madre a todos los norteamericanos en general: no todos son gringos y menos aún, anaranjados. Esa tierra inmensa es paisaje de Gershwin y Simon & Garfunkel, silencio de un cuadro de Hopper y los versos como brisa de Walt Whitman. Allá sigue aunque como murmullo la grandeza de Edgar Allan Poe, el ingenio silente de Buster Keaton y el anónimo genio que inventó la malteada de vainilla con pedazos de tocino; es la partitura cómica de todos los artífices del stand-up, el universo de los cómics, las montañas rocallosas, por lo menos un himno de los Beach Boys y la biografía de Billy Joel como fondo para las extraordinarias galerías de arte sacro y no sacro, los archivos elementales del arte fotográfico… y sí, el abigarrado andar de un experimento ideado por granjeros esclavistas que, sin embargo, clamaron la independencia sobre la noción de igualdad universal e introdujeron ese raro derecho de que cada quien persiga su Felicidad con mayúscula.
Dos siglos bastaron para que el sueño no solo fincara envidiables frutos de convivencia ecuménica, Super Bowls y Fast Food, Seinfeld, Simpsons y Serie Mundial con elecciones libres y de vez en cuando escandalosa corrupción y politiquería de película, pero creo jamás se había imaginado que toda la licuadora de las barras y de las estrellas se decantase en la consolidación inconcebible del poder más poderoso del mundo en la mano tullida, tobillos hinchados, melena de peluco e infinita imbecilidad de un narcisista incurable, pedófilo siniestro, ignaro más que ignorante, pusilánime, mentiroso simplón y mitómano megalomaníaco, empresario en bancarrota, corrupto y canalla, cabrón y carroñero (casado con una prostituta, padre de androides subnormales, amigo de pedófilos y pederastas, etc.) que ha resucitado una forma gringa del Nacional Socialismo de Hitler punto por punto y paso a paso como paradoja palpable: ahora que eso que se llamó pensamiento socialista (y sus políticas) han perdido brújula, integridad, memoria y movilización la peor versión del Imperio Gringo avanza no solo en la abierta piratería, la invasión militar, el armamentismo como orgullo, la lesa humanidad como credo, sino también en la Gestapo entre pares, paisanos y toda persona de piel ajena al supremacismo racista, mecanización de la usura y celebración constante de la estupidez.
En el revuelto oprobioso de estos días aciagos se impone pensar seriamente en que no estamos para jueguitos de la FIFA ni para las amenazas de cambiar mapas con bombardeos. En México no estamos para volver a confundir a Maximiliano de Habsburgo como adalid contra el Cártel de Sinaloa o remedio para tropelías tabasqueñas y no estamos para la hipócrita esperanza de suponer que la garra de Trump resucite a PEMEX y reorganice el lavado del dinero y la longeva costumbre de la mordida burocrática… basta confirmar que el secuestro de Nicolás Maduro permitió no solo la continuidad de su gobierno y ejército, sino la supuesta purificación de su segunda de abordo, que el llamado Cartel de los Soles suena a un invento más para maquillar la gran transa y trama psicotrópica de la DEA y su CIA, que estamos ante un tirano que anuncia abiertamente sus bombardeos (ya en Irak o Caracas o Groenlandia) como si quisiera amainar el azufre de sus mañas malas y con ello hundirnos en el enredo de no poder saber quién tiene razón, quiénes procuran el bien y dónde quedó la bolita.
Aquí no se entiende nada y recuerdo más que Michelet la feliz tarde de hace muchos años en que llevé a mi hijo mayor al cine para ver en pantalla grande la segunda o tercera parte de la fantástica saga de La Guerra de las Galaxias y el niño de cinco años miraba absorto las estrellas en estallido, las naves supersónicas, lo solo que estaba Hans Solo y las ganas de ser Luke Skywalker. Al terminar la función y encenderse las luces le pregunté qué le había parecido el western-bíblico-esotérico-tropical y respondió (para carcajada de todos los vecinos de butaca): “¡Estuvo padrísima!, pero… ¿Cuál de todos era Taca?”.
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