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Estar sin estar
Columna
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Instrucciones para un año par

Cada mes merece por lo menos un minuto de silencio por los santos difuntos personales y por cada uno de los miles de desaparecidos diarios, muertos en masa, mujeres ultrajadas y maltratadas

Abra el libro y lea en silencio hasta alcanzar una penúltima línea de algún párrafo al azar que parece declamar ―aunque susurrando― las sílabas que forman las palabras que quizá alivien el paso de las primeras horas, noches o semanas de un año par. También se aplica a la lectura en pantalla o al audio en voz de la autora que parece murmurarnos al oído esa frase que se puede volver tatuaje o imán para la navegación sobre toda incertidumbre imprevisible. Procure el propósito de leer al menos un libro al mes y llegar a la última página con el que se cumpla la docena tendrá ya en mente las instrucciones para enfrentar un año impar.

Abra la libreta virgen y anote al azar los verbos que mejor ejerciten su memoria o imaginación. No importa si se trata de un ejercicio jamás ejercido: conceda a la tinta (o a la pantalla) párrafos cortos que borren recuerdos funestos o congelen ya para siempre sensaciones intactas. Intente llenar cada página en blanco de una libreta por mes, con frases sueltas o ideas impostergables, reclamos a distancia y anhelos olvidables… Al año quizá alcance la docena de bitácoras que en el mejor de los casos se empolvarán para añejarse sin debilitar su terapéutica magia de conciencia.

Vuelva a escuchar la sinfonía supuestamente memorizada o la sonata desconocida, la canción pegajosa de adolescencia o infancia, de preferencia con audífonos y con un volumen que ―sin aturdir― establezca una íntima burbuja de inexplicable recreación. Repita la audición una vez cada semana de cada mes hasta hilar un inmenso biombo anual como soundtrack secreto.

Observe detenidamente un cuadro al óleo cada mes del año que hoy nace (o bien, ciertas acuarelas) y fije la vista en cada detalle, anotando en la mentada libreta obvios detalles y desconocidas minucias. Alterne el ejercicio con fotografías en blanco y negro (con o sin el uso de lupas o cuentahílos) e intente influir los sueños de su insomnio con parlamentos inventados o tramas simuladas a partir de las imágenes.

Para cada mes del año par que inicia hoy mismo busque una campana al vuelo, una niña con gafas, dos perros dormidos, un anciano riéndose a carcajadas, una hoja con caligrafía en cursivas, un dedal sin hilo a la vista, el moño intacto de color morado, la huella de un caballo en el lodo, una nube en forma de oveja, siete señoritas sin uniforme, el tatuaje de una serpiente en el brazo de un jubilado, la matrícula de un taxi, el instrumental desinfectado listo para una endodoncia, la capa con caperuza de una anciana feliz y el reloj de oro con leontina que cuelga del chaleco de un hombre callado… Intente además volver a tirar una canica que lleva en su esfera de cristal una mínima ola de agua, palpe el hilo de un yo-yo y dibuje un laberinto en tierra o arena. Cada mes un birlibirloque como ocurrencia: saludar a un ave, perdonar al roedor rapaz o acariciar a un gato.

Cada mes del año en cuestión merece por lo menos un minuto de silencio por los santos difuntos personales y por cada uno de los miles de desaparecidos diarios, muertos en masa, mujeres ultrajadas y maltratadas, niños sacrificados por sacrificarse y tanto doloroso fantasma que transpira México.

Luego… Entonces… intente memorizar para cada mes del año ya en curso que todos los políticos mexicanos ―absolutamente todos― son una punta de rateros propensos o cautivos de la corrupción en alguna de sus formas; que los militares y marinos han vuelto dudosa su ejemplaridad heroica y que lo que llaman crimen organizado es ya un confuso amasijo de sicarios rumiantes y capos de corbata.

No olvide que por lo menos en México nada es lo que parece y que las apariencias engañan, que las cifras de la mayoría de las estadísticas están distorsionadas y que una inmensa mayoría de calles, callejones y bulevares (además de viaductos y carreteras) están en obra continua y laceradas por baches, hoyancos y socavones.

Recuerde que una inmensa mayoría de prójimos son analfabetos o cuasi, iletrados o ágrafos y que el milagro de la lectura se restringe por azar, que la propensión al tarareo de melodías tiende a ritmos, sonsonetes y redobles hipnóticos pero estupefacientes y que la mayoría de las imágenes compartidas por millares son memes efímeros y chistes instantáneos… y grábese la inaplazable convicción de que en medio de tanta basura, mediocridad, mentira, abuso, engaño, insulto, simulación, despropósito y demencia, hay un instante ―que parece inasible― en que nuestro más entrañable silencio manda todo al carajo y abona por día o por horas el milagro inmarcesible de la felicidad.

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Sobre la firma

Jorge F. Hernández
Autor de libros de cuentos y de las novelas 'La Emperatriz de Lavapiés', 'Réquiem para un Ángel', 'Un bosque flotante', 'Cochabamba' y 'Alicia nunca miente'. Ha publicado artículos sobre la historia de México y ha sido colaborador de las revistas 'Vuelta' de Octavio Paz y 'Cambio' de Gabriel García Márquez. Es columnista de EL PAÍS desde 2013.
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