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Dentro de la Pasión de Cristo en Iztapalapa: una tradición de 183 años que ya es Patrimonio de la Humanidad

El viacrucis en este barrio de la capital mexicana, cargado de emoción y tensión por las escenas hiperrealistas del camino de Jesucristo a la cruz, sale en procesión este viernes 3 de abril con el reconocimiento por primera vez de la Unesco

Ensayo de la última cena en Iztapalapa, el 8 de marzo.REBECA HERRERA

Entre el murmullo y las trompetas, el ruido es abrumador. Hay más de 300 personas esperando a que inicie la oración que marca el arranque del penúltimo ensayo general de La pasión de Cristo, en Iztapalapa, la alcaldía más poblada al oriente de Ciudad de México. Una mujer abre la boca y habla, pero no se le escucha; quiere decir unas palabras de agradecimiento. Tras varios intentos, un hombre grita con furia: “silencio”. Silencio. “Les deseo mucha paz. Esta celebración ha crecido y la queremos mucho”, pronuncia la mujer. Todos los asistentes recitan el Padre Nuestro y el Ave María. El sonido vuelve a ser abrumador, pero al unísono. Al terminar la oración, varias personas se acercan a besar una cruz de madera enorme, que yace en el sitio y que cargará Arnulfo Eduardo Morales Galicia, el Cristo de 2026, el 183 en participar en el viacrucis de la capital. El viernes 3 de abril, la tradición que se acerca a los 200 años lo hará por primera vez bajo la insignia de Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad de la Unesco.

Toda la Semana Santa hay representaciones, pero el día con más folclor es el Viernes Santo. La procesión, que dura entre cuatro y seis horas, inicia en la Macroplaza del Barrio San Lucas, recorre los ocho barrios y culmina con la Crucifixión en el Cerro de la Estrella. Pero desde los primeros rayos de la mañana, la gente pasa por el patio de la casa de los ensayos para ver a Jesús, que espera impávido en una celda a que inicie la pericia. Ese día, las calles en Iztapalapa son impenetrables: hordas de gente se agrupan para seguir los pasos de Cristo; lloran, gritan, empujan a los policías y a los romanos que custodian, insultan; quieren defender al hijo de Dios, evitar lo que se avecina.

Según los relatos, la tradición inició en agradecimiento a un milagro. En 1687, una esfinge funeraria salió de Villa de Etla, un pequeño municipio al norte de la capital oaxaqueña, en dirección a Ciudad de México para ser restaurada. En el camino, quienes la transportaban se detuvieron a pernoctar en una cueva en las faldas del cerro de la Estrella, en Iztapalapa. Al amanecer, dicen, la figura de Jesús había aumentado de peso y de tamaño, por lo que los transportadores no pudieron cargarla ni continuar el trayecto.

Los pobladores interpretaron que al Cristo le había gustado el lugar y allí quería quedarse, así que le construyeron una ermita. Con el tiempo, la esfinge fue bautizada como “El Cristo de la cuevita”. Años después de aquel acontecimiento, el pueblo de Iztapalapa fue azotado por una epidemia de cólera. Los lugareños se acercaron al Cristo, como última esperanza, para que acabara con la enfermedad. Milagro o coincidencia, la epidemia cesó. Fue entonces que, en su honor, le construyeron una capilla, comenzaron las procesiones de Semana Santa y la representación del viacrucis. Ahora que es Patrimonio de la Humanidad, se siente más presión en los ensayos para que todo salga bien.

En la casa, los actores escenifican sobre el patio la tentación de Cristo en el desierto. Los visitantes miran atentos, en silencio. El Diablo, con mucha enjundia y hablando casi a los gritos, le ofrece todos los reinos del mundo si él decide adorarlo y Jesús, muy tranquilo, lo rechaza. Algunos espectadores suspiran; otros, sonríen y agachan la cabeza; unos pocos, se persignan. “A veces la gente llora cuando ensayan la parte de los azotes”, dice Joaquín Rueda, vicepresidente del Comité Organizador de Semana Santa en Iztapalapa A.C. (Cossiac).

Para la década de 1940, un predio en la cerrada Asunción, una calle diminuta entre calles angostas al norte del cerro de la Estrella, abrió sus puertas para que quienes preparaban el viacrucis y la representación de Cristo tuvieran un sitio donde ensayar. El lugar se convirtió en la mítica Casa de los Ensayos. Las hermanas Cano Reyes heredaron la casa que perteneció a sus abuelos. Ellas no actúan ni han actuado, dicen estar contentas y orgullosas de que aquí se lleven a cabo las actividades previas a Semana Santa.

La casa es verde limón; tiene un patio grande en el centro y alrededor se distribuyen, en sentido horario, cuarto, sala, cocina y, del lado derecho, unas escaleras de cemento suben a una terraza grande, donde se reparten más cuartos.

En el ensayo hay actores y espectadores por los pasillos y las habitaciones. Solo quienes actúan en el patio lo hacen con micrófonos de diademas: cuando la escena termina, la banda con sus trompetas acapara la atención. El sonido es tan fuerte —son más de seis trompetistas— que se cuela en todos los rincones.

“Dale una mordida, si no, no cuenta”, dicen unas 20 personas que se han reunido en la cocina, un poco a escondidas de los demás, pero sin miedo a ser vistos. Cantan las mañanitas con fuerza; no tanta como los trompetistas. “Somos una familia”, dice Rueda, mientras devora una rebanada de pastel. Luis Alberto Guzmán de la Rosa, secretario del Comité Organizador, agrega: “Tratamos de fomentar un espíritu de hermandad, porque es el mensaje que transmitimos al público”. Entre quienes se toman un momento para celebrar el cumpleaños está Arnulfo Morales, el Jesús de este año; Rueda, quien lo hizo en 2001; y Jair Cruz Peralta, quien no lo hizo ni lo hará nunca.

Peralta, de 34, lleva 16 años participando en La Pasión. Ahora lo hace como asociado, en la comisión de Cultura, que se encargó de dar seguimiento para obtener el reconocimiento de Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad. Algunos personajes que ha interpretado son el cuñado de Herodes, el apóstol Juan y un romano. También fue parte del staff de escenografías. Pero lo que más le ha gustado es dar azotes.

“Es un papel fuerte. Se dice que trae mala suerte, porque es de los que golpean a Jesús. Sí es fuerte, pero es bonito, porque nadie lo quiere hacer. En la calle te llevas muchas mentadas (insultos), la gente te grita: ‘No le pegues tan fuerte’; ‘Oye, ¿qué te pasa?’. Hace un año, por ejemplo, le di una cachetada que, obviamente, estaba planeada con el actor: le agarro la mandíbula con la mano, lo levanto y lo cacheteo”, dice entre risas, un poco pícaro.

Existen varios requisitos para representar a Cristo: ser nativo de alguno de los ocho barrios de la alcaldía, tener 18 años, ser católico, haber hecho la Primera Comunión, medir mínimo 1,75 metros, ser soltero, sin compromisos y sin hijos, tener una buena conducta y buenas costumbres, tener excelente salud y condición física, no tener tatuajes ni perforaciones, haber sido apóstol o haber tenido algún papel de reparto. Este último requerimiento lo incluyeron hace algunos años, explica Rueda, porque la gente se quedaba con el papel emblemático y no sabía en lo que se estaban metiendo.

Ese día se estrenarán también dos locutores que narrarán la transmisión en vivo en redes sociales. “Tengo sentimientos encontrados; sobre todo, emoción”, dice Miriam Sandoval García al darse cuenta de que será la primera mujer en ser una de las voces que se encargarán de relatar y llenar los espacios muertos entre escena y escena para que el público sepa qué es lo que vio y qué vendrá después. Sandoval, de 45 años, se interesó por La Pasión de Cristo desde niña, “como la mayoría de la gente de Iztapalapa”, dice, viendo la procesión, los trajes, los personajes. Hace 23 años que no ha participado: se casó y los proyectos de vida cambiaron de prioridad. Algunos de los personajes que ha hecho son Claudia Prócula, la esposa de Poncio Pilato; a la mujer samaritana que le da de beber agua a Jesús; a María Salomé, esta última en 1995.

Ese mismo año, Gerardo Granados Juárez, de 49 años, interpretó a Jesús. Granados acompaña a Sandoval en la locución. Él también vuelve tras una larga ausencia —12 años—, pero no entra en detalles. “Tuve problemas personales”, dice y repasa algunos puestos de los que estuvo a cargo: presidente del Comité Organizador de Semana Santa, vicepresidente, secretario, vocal... “Me recorrí todos los papeles”, dice entre risas. “Ahora soy parte de la Comisión de Honor y Justicia. Allí me puso Dios y pues... es lo que hay y hay que cumplir”.

El equipo que hace la estrategia de redes sociales es el más joven. Luis Zavala López, de 25 años, y Dannia Jabnel Guillén Reyes, de 17 años, se sienten honrados de poder ser quienes están tras bambalinas. Guillén llegó aquí por tradición familiar. “Mi abuelo fue Cristo en 1933”, dice muy sobria. Lo que a ella le gusta es la fotografía y aquí ha encontrado un espacio para practicar y desarrollar sus habilidades.

Zavala es el primero en su familia en ser parte de La pasión de Cristo. “Mis padres son católicos, también les gusta ver la representación, pero ellos están simplemente como espectadores. A mí me gusta estar aquí”, dice. Todos comparten un mismo objetivo: que la tradición se siga viendo cada año; que la costumbre siga vigente y que cruce fronteras, sobre todo ahora que ha sido declarada Patrimonio Cultural de la Humanidad; el distintivo lo señalan todo el tiempo, con la frente en alto.

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