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Opinión

El México más Mundial y sus propias contradicciones

Este boletín quiere recorrer los márgenes del evento. Las historias que quedan fuera del encuadre principal, las vidas que se cruzan con el Mundial sin formar parte directa de él, las tensiones que no desaparecen cuando rueda el balón

Una de las tribunas del Estadio Azteca durante un partido entre México y Estados Unidos, en 2017.Hector Vivas (LatinContent vía Getty Images)

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Hay un momento en todos los estadios del mundo en que el partido deja de importar. No es que el balón deje de rodar, ni que el marcador pierda sentido. Es otra cosa: una vibración que empieza en una esquina, un murmullo que crece sin dueño, una intuición compartida. Alguien se levanta, luego otro, luego una fila entera, y de pronto, sin que nadie lo ordene, sin que exista un director visible, la multitud se pone en pie como si respondiera a una señal secreta. La ola avanza. No es de nadie y es de todos.

Dicen que la inventó alguien en Estados Unidos, pero hay gestos que no pertenecen a quien los inventa, sino a quien los vuelve inevitables. Y la ola se volvió natural, como tantas otras cosas, en México. En un Mundial, el del 86, que todavía hoy se recuerda como una fiesta irrepetible, bendecido incluso con una mano divina. Hubo intentos antes, en otros países, en otros deportes, como si la idea hubiera estado flotando en el aire esperando el lugar adecuado para encarnarse. Hasta que llegó aquí.

En México lo colectivo tiene otra densidad. Aquí la calle se vuelve escenario, la celebración es lenguaje y el caos, a menudo, encuentra una forma de orden invisible. La ola no es solo un juego de estadio: es una metáfora precisa de lo que ocurre cuando miles de personas deciden, por un instante, moverse al mismo ritmo. No hace falta ponerse de acuerdo. Basta con sentirlo.

Por eso este boletín empieza ahí, en esa imagen. No en el primer gol, ni en la ceremonia inaugural, ni siquiera en el calendario de partidos. Empieza en la ola porque el Mundial, antes que nada, es eso: una experiencia compartida que se contagia, que se propaga, que recorre ciudades y fronteras como una corriente eléctrica. Esta vez, además, esa corriente no se detiene en un solo país: cruza de norte a sur un territorio compartido entre México, Estados Unidos y Canadá. Será un Mundial repartido en tres geografías, pero vivido como un mismo pulso, aunque aquí —inevitablemente— lo miremos desde México. Un movimiento que no se puede detener del todo, aunque el contexto invite a la cautela.

México llega a este Mundial cargando sus propias contradicciones. Hace apenas unas semanas, el país volvió a verse reflejado en el espejo más incómodo: el de la violencia. Un operativo para capturar a uno de los hombres más buscados del narcotráfico desató horas de terror que recorrieron el país y, sobre todo, las pantallas del mundo. La imagen que salió de ahí fue brutal, y también familiar: un país que lucha, que responde, que intenta imponerse, pero que no logra desprenderse del todo de sus sombras.

No es un caso aislado. Nunca lo ha sido. Los grandes eventos deportivos suelen convivir con las tensiones más profundas de los países que los acogen. Sudáfrica organizó su Mundial bajo el peso de una violencia estructural que parecía imposible de domesticar. Brasil lo hizo entre protestas, desigualdades y cifras de homicidios que desbordaban cualquier relato optimista. Rusia y Qatar ofrecieron otras narrativas, más controladas, más opacas, donde la seguridad se convirtió en espectáculo en sí misma.

México se sitúa en un punto intermedio, incómodo y real. Ni puede esconder lo que es, ni necesita exagerarlo. Las cifras recientes apuntan a una reducción de la violencia, los planes de seguridad se multiplican, los discursos oficiales insisten en la capacidad organizativa del país. Y, sin embargo, la percepción pesa. Siempre pesa. Porque el Mundial no se juega solo en los estadios, sino en la mirada de quienes lo observan desde fuera. El Mundial convierte a los países en versiones de sí mismos. Más intensas, más visibles, más observadas.

México sabe de eso. Ya lo hizo antes. Y lo volverá a hacer, más que nadie antes, el tercer Mundial como anfitrión. Este boletín quiere recorrer los márgenes del evento. Las historias que quedan fuera del encuadre principal, las vidas que se cruzan con el Mundial sin formar parte directa de él, las tensiones que no desaparecen cuando rueda el balón. El recorrido importa tanto como el destino. Aquí hablaremos de lo que el fútbol provoca, de cómo un evento global atraviesa lo local y lo transforma, aunque sea temporalmente. La ola ya empezó. Y lo importante, como siempre, no es dónde termina, sino todo lo que ocurre mientras avanza.

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