La crisis en Cuba agita el corazón ideológico del Gobierno de Sheinbaum
Ninguna otra crisis regional, ni siquiera el ataque militar de EE UU a Venezuela, ha significado una reacción tan firme e insistente por parte de México, que tiene una larga tradición de sintonía con la isla


Cuba se ha convertido en una de las prioridades de la agenda internacional del Gobierno mexicano. Desde la escalada de presión estadounidense, que ha empujado a la isla a una situación límite, raro es el día que la presidenta Claudia Sheinbaum no salga al paso para denunciar la asfixia económica ordenada por Donald Trump y reafirme el apoyo de México a La Habana. Más allá del delicado juego de tira y afloja con la Casa Blanca, el respaldo a Cuba tiene también una profunda derivada interna que agita el corazón ideológico de Morena, el partido oficialista. Una larga tradición de sintonía iniciada por los gobiernos de hierro priistas y que el morenismo relanzó desde el sexenio pasado. Ninguna otra crisis regional, ni siquiera el ataque militar a Venezuela, ha significado una reacción tan firme e insistente por parte del Gobierno mexicano.
La activa defensa desde México no se ha limitado solo a las Mañaneras de Sheinbaum. Desde los portavoces en el parlamento hasta la presidente del partido, Luisa Alcalde, un río de voces de peso se han posicionado públicamente dentro del morenismo, una familia extensa y no siempre bien avenida, cuyo sector dentro de la izquierda más ortodoxa, o nostálgica, ha tomado la crisis cubana como bandera ideológica y presiona para que los puentes con La Habana se sigan ensanchando.
La propia Alcalde y la secretaria general del partido, Carolina Rangel, visitaron este lunes la Embajada cubana, que agradeció en un mensaje en redes “las muestras de apoyo de la militancia, legisladores y Gobierno de México”. Durante la última intervención pública del presidente cubano, Miguel Díaz-Canel, incluyó explícitamente a Morena entre su lista de agradecimientos. Fuentes cercanas a la presidencia reconocen que “hay un afecto y una solidaridad histórica con el pueblo cubano” y que eso pesa más que las posiciones más duras dentro del partido.
Dos buques de la Armada mexicana salieron este mismo domingo de Veracruz con 814 toneladas de víveres hacia Cuba. Un movimiento rápido para mantener las líneas de colaboración sin chocar con los castigos de Estados Unidos. Desde el ataque militar a Caracas, que se saldó a principios de enero con la captura de presidente Nicolás Maduro, la estrategia de la Casa Blanca parece buscar un efecto dominó con Cuba, con la que ya ha abierto un canal de negociaciones.
El Gobierno castrista asegura que desde diciembre no entra un solo cargamento de combustible al país. Cerrado el grifo de Venezuela, su principal sostén los últimos años, México es de los pocos aliados que le quedan a la isla. La presión de Trump, que a finales de enero declaró “la emergencia nacional” sobre Cuba y anunció sanciones económicas para todo el que le venda petróleo, provocó la paralización de los envíos mexicanos, que el año pasado le colocaron como el primer proveedor de Cuba.

Desde el mismo día del anuncio de las medidas de estrangulamiento de Trump, Sheinbaum insistió en que buscarían sin descanso “la solidaridad con el pueblo cubano sin poner en riesgo a México”. La retórica de la presidenta se concentra en la ayuda humanitaria, mientras aseguran siguen negociando para poder reabrir el canal de los envíos de petróleo. El discurso humanitario también fue esgrimido por la presidenta durante las semanas previas al ataque venezolano, que llegó a instar a una intervención de la ONU para evitar un “derramamiento de sangre”. También condenó la operación militar que derrocó a Maduro, invocando el viejo principio rector de la política internacional mexicana sobre la defensa y el rechazo a las injerencias. Un mantra que también ha servido a la mandataria para no posicionarse ante el premio Nobel de la Paz a María Corina Machado o para no entrar a valorar la polémica victoria del chavismo en las últimas elecciones presidenciales. Tampoco hubo una reacción muy firme ante los ataques de Trump al presidente colombiano, Gustavo Petro, uno de los aliados regionales de Sheinbaum.
La actitud negociadora y prudente ha sido una constante en su política internacional, siempre con la sombra de las amenazas de Trump, que tiene a México entre sus objetivos preferidos. La presidenta mexicana estaría siguiendo una tradición diplomática que viene desde la Revolución mexicana, cuando se forjaron esos principios de respeto a la soberanía y rechazo a las injerencias, precisamente, como principio de autodefensa frente a las políticas expansionistas de Estados Unidos.
Dentro de esos equilibrios diplomáticos, otro viejo principio de las relaciones internacionales, que parece todavía en plena vigencia, apuntaba a una especie de acuerdo tácito entre México y Estados Unidos por el que el vecino del sur podía tomar posiciones contrarias al del norte siempre y cuando no supusiera un problema serio. El caso más paradigmático era el apoyo de México en plena Guerra Fría a la Cuba castrista, enemigo máximo de Estados Unidos. Con ese movimiento, el gobierno priista de la época podía exhibir credenciales de izquierda pero sin amenazar la relación bilateral.
Sheinbaum está siguiendo esa misma lógica, recuperada con fuerza por el expresidente Andrés Manuel López Obrador. En 2022, el mandatario mexicano viajó a La Habana para ser condecorado con la Orden José Martí, la más alta distinción que conceden las autoridades de la isla a una personalidad extranjera. Desde la visita de López Obrador, la relación se fortaleció con una intensificación de los envíos de petróleo a cambio de servicios médicos. Sheinbaum ha prolongado ese acuerdo, hasta la última escalada de Estados Unidos sobre una isla que queda a apenas 200 kilómetros de las costas de Yucatán.
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