La batalla de Morena vs Morena
La estancia idílica de la presidenta en el edén ha terminado rápidamente, ya que enfrenta esa caja de sorpresas delincuenciales que son sus compañeros de partido


El paraíso. Siempre inasible. Cuando sientes que se alcanzó, se escapa de las manos, se vuelve escurridizo, se nos va. Aquilatar los momentos que estuvimos en él se vuelve un gusto nostálgico envuelto en felicidad que se guarda muy bien, pues no se repetirá. Las cosas no pintan bien en el paraíso de la cuarta transformación. La estancia idílica de la presidenta en el edén ha terminado rápidamente, ya que enfrenta la realidad y esa caja de sorpresas delincuenciales que son sus compañeros de partido. Dinero a montones, derroche, robo, malversación de fondos, lujos, extravagancias, de todo aparece en esa caja en la que algunos chapotean en huachicol y otros tantos tienen lo que se les denomina “relaciones peligrosas”. La semana pasada, la presidenta perdió la templanza y montó en cólera contra funcionarios de Baja California a los que reprendió de manera enérgica.
Las cosas no salen bien. Adán ha sido expulsado del paraíso de la esfera presidencial, pero, paradójicamente, cayó en un oasis. Ahora no tendrá que rendir cuentas de nada, tendrá un bajo perfil, dejará de ser “una figura” muy pública y comenzará a cobrar favores que se le adeudan y, sobre todo, mantendrá el fuero protector. En política hay gente que cae para arriba. Claro, el tabasqueño tiene que pagar un precio. Los adversarios de la presidenta saludaron la remoción disfrazada de renuncia personal. Ya era hora de quitarse esa imposición, coincidieron desde el antilópezobradorismo. Pero los más duros con el senador fueron los simpatizantes claudistas que no dudaron en calificar de corruptazo al tabasqueño, vincularlo con lo peor de la política nacional, un estorbo para el proyecto de la señora presidenta, un sujeto con vínculos criminales y una lacra para el movimiento obradorista. Una vez desatada su furia contra el también conocido como galán otoñal, procedieron a dibujar la decisión de Sheinbaum —aunque niega que fuera suya— de quitar al nefasto elemento como toda una epopeya, una batalla heroica que se corona con un triunfo gigante a la altura de la visión de la presidenta. El problema es que la batalla ganada fue ¡contra ellos mismos! La presidenta vence a los de casa, no a los de afuera —que se supone que ya están derrotados—. Resulta que la gran decisión de la presidenta es deshacerse de las piedras —gigantescas rocas— que le dejó AMLO en el camino. ¡Ya quitó a Gertz! festejan; ¡ya removió a Adán Augusto!, celebran. Muy bien. Parece que hay que festejarle que se libere de los suyos. Cada quince días anuncian que, ahora sí, la presidenta va con todo.
El nombramiento del nuevo coordinador morenista en el senado recayó, but of course, en un expriista: el poblano Nacho Mier. Político con oficio, dicen algunos; hombre discreto y eficaz, dicen otros. Ya veremos. Como se sabe, los pleitos del morenismo son intensos. El senador Mier demandó hace unos años al entonces gobernador de Puebla —que ya murió—, al actual gobernador, su primo Alejandro Armenta, y al ahora director del INPI, Santiago Nieto, por tráfico de influencias y revelación de secretos. La denuncia está en la FGR.
Un fuerte hornazo a tequila llegó por la mañana al paraíso claudista. Uno de sus alcaldes de nombre conspicuo, Diego Rivera, fue apresado por fuerzas federales, acusado de extorsión y otras linduras propias de la delincuencia organizada. Se sabía: el vínculo de la narcopolítica con Morena es inocultable. Sin duda se trata de un éxito que se debe apuntar el Gobierno de Sheinbaum no solo por ir contra alguien de su partido, sino por el reconocimiento implícito de la presencia del crimen en el movimiento. Para algunos el munícipe paga las culpas del senador defenestrado, para otros es la muestra de que se empieza de abajo para arriba: ¿seguirán legisladores y gobernadores? Es la pregunta en las puertas del hoy desangelado paraíso de la cuarta transformación.
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