Entusiasmo y confusión en los primeros días del Tren Insurgente: “No me importa pagar el doble, mi tiempo vale más”
EL PAÍS viaja de terminal a terminal en el nuevo convoy que conecta Toluca con Ciudad de México y promete cambiar la rutina de miles de pasajeros


A las 05.00 de la mañana, el primer convoy del Tren Insurgente se detiene en la estación Zinacantepec. Suben apenas unas siete personas. El vagón es moderno, silencioso, con asientos amplios, espacios para guardar mochilas y ventanales grandes que dejan ver la oscuridad y la neblina de fuera. Aunque el tren ya funcionaba en algunas estaciones, el tramo Santa Fe-Observatorio, recién inaugurado este lunes por la presidenta Claudia Sheinbaum, es determinante: un trayecto que antes podía tardar hasta una hora en transporte público, ahora se recorre en unos 15 minutos. “Nos cambia la vida”, dice Andrés, un albañil de Zinacantepec que, como miles de personas, cruza a diario el límite entre el Estado de México y la capital.
Las personas que ocupan los asientos son una muestra del corredor que conecta el tren. Hay comerciantes, oficinistas, enfermeras, y padres de familia que llevan a sus hijos a escuelas de Ciudad de México de camino al trabajo. El personal acompaña a los pasajeros y los intenta orientar. Aun así, las dudas se repiten. Entre los usuarios hay consenso en dos desventajas. Las estaciones podrían estar mejor conectadas y el sistema de pago resulta confuso.
En las máquinas hay dos opciones, comprar un boleto sencillo, que debe presentarse al entrar y al salir, o recargar la tarjeta de movilidad integrada, válida también para el transporte de Ciudad de México. El problema es que la tarjeta debe tener un saldo extra, además del costo del viaje, para poder salir. De lo contrario, el sistema cobra una multa de 100 pesos. El reglamento aparece junto a las máquinas, pero es largo, con letra pequeña y es ignorado por los usuarios. Las verdaderas aglomeraciones no están en los vagones, sino frente a estas máquinas. Solo se puede recargar en efectivo y no se permite compartir la tarjeta. Evodio Sánchez, de 58 años, se detiene frente a la máquina de recarga. “No sabemos bien cómo hacerle, ya perdí el boleto una vez y hoy puse la tarjeta al revés, pero supongo es cosa de acostumbrarse”.







En la estación Lerma el tren comienza a llenarse. Hay quienes corren para alcanzarlo. Algunos llegan tras caminar 20 minutos desde donde los dejó el último transporte público y otros llegan en coche propio, pues la estación no está cerca del centro del municipio. Se forma una fila de taxis, vehículos de aplicaciones y autos particulares que dejan a familiares. El tren avanza en silencio. Una música suave de saxofón sale de las bocinas. Muchos duermen. Otros miran el teléfono y apenas se escuchan voces. Todavía no hay paisaje, pues la noche sigue cerrada.
En Santa Fe, zona de oficinistas, bajan muchos y suben pocos. Allí empieza el viaje de Aketzaly, de 28 años, que vive en Cuajimalpa y durante 12 años vio avanzar lentamente la obra del tren que hoy aborda por primera vez. “No puedo creer que ya terminaron, hasta se siente raro”, comparte. Hace un gesto para señalar una avenida cargadísima de coches. “El tráfico de Santa Fe”, bromea. “Normalmente, haría una hora, ahora supuestamente van a ser 15 minutos”. Suele tomar un transporte que cuesta 9.50 pesos, mientras el tren le cuesta 25. “No me importa empezar a pagar el doble. Mi tiempo vale más”. Hoy se dio el lujo de dormir una hora más. “Eso nadie te lo quita”, asegura. Además, apunta otra diferencia considerable: “Los choferes del camión manejan horrible y ponen música muy fuerte a primera hora de la mañana. Aquí una va tranquila”.
El Insurgente opera con 20 trenes y se presenta bajo el lema “Rápido, seguro y de bajo costo”. El servicio funciona de lunes a viernes desde las 05.00, los sábados desde las 06.00 y los domingos desde las 07.00, con cierre a las 00.00 horas. La tarifa varía según el trayecto: desde 15 pesos por una estación hasta 100 de terminal a terminal. “No solamente es un tren que mueve desde Toluca hasta Ciudad de México, sino que además es una visión completamente distinta de recuperación del espacio público y de integrar las zonas populares a un transporte de primer mundo”, dijo la presidenta durante la inauguración.
La obra nació en el Gobierno de Enrique Peña Nieto, luego pasó a formar parte del plan maestro para reactivar las vías férreas de Andrés Manuel López Obrador y, finalmente, ha sido el proyecto de conexión entre dos capitales del centro del país de Sheinbaum. La complejidad de la construcción hacía cada vez más larga la obra—una buena parte del tren está en un viaducto elevado y otra tiene que atravesar montañas a través de túneles—, así como por el ejercicio del gasto y los primeros indicios de una mala gestión.
Hasta ahora, el proyecto de López Obrador de conectar al país con trenes no marcha como probablemente se lo imaginaba. El Tren Maya, la gran apuesta turística para estimular el sureste mexicano, recibe apenas un 5% de visitantes y el Gobierno no ha conseguido darle el empuje necesario. Hace poco más de un mes, un convoy del Interoceánico se descarriló en Oaxaca, dejando 14 víctimas mortales y decenas de heridos. Por eso, la inauguración al 100% de una obra que tomó más de una década y costó 100.000 millones de pesos, debería ser recibida como victoria, pero es una especie de trago amargo. Tras el accidente en Oaxaca, los usuarios del Insurgente se confiesan temerosos de usar el tren. “Quería dejar pasar unos días antes de subirme para ver que no pasara nada, pero terminé usándolo ya por necesidad. La verdad se siente seguro”, comparte Ximena, una maestra de 22 años originaria de Metepec.






Mariana Rivas, de 30 años, vive y trabaja en una empresa automotriz en Lerma. Usa el tren para visitar a su familia en sus días de descanso, cruzando Ciudad de México. “Era tedioso el trayecto. Estamos hablando que un trayecto que era como de casi cuatro-cinco horas, pues me hice una hora”. Para llegar a la estación, sin embargo, debe ir a pie. “Hay que caminar demasiado de la estación a una gasolinera donde pasan los camiones y los colectivos. Entonces sí, son como unos 20 minutos”. Aun así, lo prefiere. “En esa carretera son muy frecuentes los accidentes y las inundaciones, entonces es más complicado con el autobús. A mí sí me gustó mucho el tren”. En costos, dice, “es similar”. A veces va lleno, pero siempre ha encontrado asiento.
Además de la cotidianeidad, el tren abre otros horizontes. “Vivo en una zona industrial y los fines de semana no hay muchas cosas que hacer”, dice Rivas. “Para ir a lugares recreativos, solamente tenemos Toluca y Metepec. Ahora con lo del tren ya da la posibilidad de un fin de semana ir a la ciudad. Sería muy fácil llegar al Zócalo”. Coincide Andrés Hernández, de 57 años, que vive en Zinacantepec y trabaja en una construcción en Iztapalapa y gasta unos 250 pesos diarios. “Toda mi familia lo usa, cada uno, hasta los niños, tenemos nuestra tarjeta y además lo vamos a usar ahora, imagínese, hasta para ir a la ciudad a pasear”. Tras poco menos de una hora, el tren se detiene en Observatorio, aunque para muchos el viaje apenas comienza. Hernández baja un piso y enlaza con la línea 1 del metro, también recién renovada. “Es un lujo”, asegura.
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