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Jugar, caer, probar: qué enseña un aula de psicomotricidad

Este tipo de salas son un espacio cuidado donde los menores pueden desplegar con sentido lo corporal, lo emocional y lo relacional siempre que alguien les acompañe y escuche

Antes que corregir un comportamiento o precipitar una etiqueta, los niños necesitan ser escuchados.Westend61 (Getty Images/Westend61)

Módulos gigantes de colores apilados formando casas, montañas y rampas; espalderas, telas colgadas de una viga, espadas de gomaespuma, un cajón lleno de pañuelos gigantes de tela… Apenas se ve el suelo. Desde fuera, junto a la puerta donde esperan los zapatos, el aula resulta irresistible para criaturas desde el primer año de vida. Habrá quien la vea como eso, como un lugar puramente lúdico; sin embargo, su composición está pensada para cumplir una función educativa y, en algunos casos, también preventiva y terapéutica. Se trata de un aula de psicomotricidad.

Y aunque, como recuerdan las directoras de la escuela infantil Garabatos, Ana Cristina Jara y Elena Romero Díaz, “en el currículo de las escuelas está la psicomotricidad como vehículo de identidad y autonomía”, poco tiene que ver este espacio con el que suele encontrarse en muchos colegios, donde niños y niñas entran con zapatos y practican una suerte de pregimnasia. También cambia la lógica de lo que ocurre dentro: aquí no hay una secuencia de consignas del tipo “ahora toca botar el balón” o “ahora toca saltar el aro”, sino otro tipo de acompañamiento.

No es una moda reciente ni una ocurrencia blanda. El European Forum of Psychomotricity sitúa la disciplina entre lo educativo, lo preventivo y lo terapéutico. Una de sus corrientes más influyentes, la de Bernard Aucouturier [pedagogo francés, considerado el principal referente internacional de la psicomotricidad educativa y terapéutica], nació en la Francia de posguerra, y esa herencia sigue viva en España, donde convive con proyectos como Psicopraxis, un centro de formación y práctica psicomotriz con más de 25 años de trayectoria en Madrid. “La psicomotricidad es expresión, es cuerpo, es lenguaje, es claridad, es un espejo”, resume Carmen Pascual, su fundadora y directora.

Lo que ocurre en una sala de psicomotricidad va más allá del movimiento. “Jugando van descubriendo una manera de relacionarse más espontánea y, en el fondo, más clara”, señala Jara. Es también en ese espacio donde, añade, “comienzan a decir todo lo que les está pasando en casa, en el colegio, en la calle”. Algunos lo hacen con soltura; otros, “con angustia, a veces con situaciones de estrés e incluso con pasividad”. En todos los casos, asegura, el cuerpo va diciendo algo de cómo están y de cómo se sienten los menores: “Y ahí es donde aparece la figura de quien es capaz de leer la sala y actuar en consecuencia”.

Pero al no ser una actividad guiada al estilo del predeporte, la psicomotricidad no funciona sin alguien que acompañe. “Una persona formada sabe qué está ocurriendo y sabe cómo facilitar y guiar a los niños”, explica Pascual. “No está allí para dirigir una secuencia de ejercicios, sino para sostener un espacio donde lo corporal, lo emocional y lo relacional puedan desplegarse con sentido", agrega. Jara lo formula de manera parecida: “Esa mirada nos va a permitir ver qué necesita” la criatura y qué parte corresponde al adulto como guía, “poniendo como protagonista al niño y a su capacidad”.

“Compartir, saltar, tirarse al vacío, rodar, construir, destruir”. No como desahogo, sino dentro de un marco seguro: así describe Ares González, maestro y autor de Educar sin GPS (Planeta, 2021), lo que permite esta práctica: “Porque la sala no es una suspensión de normas, sino un espacio cuidado donde la libertad corporal existe porque hay presencia, escucha y límites”.

“Cuando no hay límites ni normas, hay abandono e indefensión”, advierte Pascual. Lejos de reprimir, el límite orienta, señala. “Cuando nosotras les aportamos límites claros… Descubren que hay un no”, añade. Y ese acompañamiento no solo contiene; también escucha: “Para poder expresarnos, necesitamos que alguien quiera escucharnos”. Jara insiste, además, en que una de las tareas más importantes del o la psicomotricista es acompañar la frustración, para que el menor descubra herramientas y no se quede atrapado en la represión o en la idea de que no puede. “A veces solo ponemos el foco ahí”, lamenta Jara. Y, sin embargo, detrás de un hito visible (atreverse, sostener el equilibrio, probar, esperar, volver a intentar) no hay solo una destreza conquistada, sino todo lo que ha ido descubriendo en ese proceso: “Un resultado no es simplemente un hito, también lo que ese recorrido ha ido construyendo”.

La psicomotricidad y las necesidades específicas

González añade otra alerta útil para leer lo que sucede dentro y fuera de la sala: “Muchas veces no es que sea mala conducta, es que su sistema nervioso todavía no sabe regularse bien”. La psicomotricidad parte justamente de ahí: no de domesticar el cuerpo, sino de acompañarlo para que pueda organizarse: “También cumple otra función menos visible, pero clave: la de puente”. Según este maestro, no trabaja el síntoma aislado, sino la base sobre la que luego podrá sostenerse lo demás: “Esa idea cobra más sentido en criaturas con necesidades específicas: niños con TDAH, con dificultades de coordinación o de planificación motriz, con bajo tono, con perfiles muy inhibidos o con cierto retraso madurativo”. “Antes de pedirles rendimiento”, prosigue, “muchas veces necesitan sentir mejor su cuerpo, organizar el movimiento, ganar seguridad y afianzar la propiocepción [sentido que informa al cerebro de la posición exacta, movimiento y tensión de las partes del cuerpo sin necesidad de mirarlas]”.

Pascual lo explica a partir de lo que ve en sala: “Niños que van de un sitio a otro, repiten movimientos, descargan rabia o parecen no poder parar”. Y antes que corregir ese comportamiento o precipitar una etiqueta, propone otra lectura: “Los pequeños necesitan ser escuchados, que no se les ponga etiqueta”. Y explica que la tarea consiste en estar cerca y facilitar, desde la presencia, la palabra, el gesto o los propios objetos de la sala, “una salida posible para eso que el cuerpo está expresando”.

Por eso, un menor que se mueve mucho deja de ser solo inquieto. Pascual lo formula desde la pertenencia y el sufrimiento: “Su agitación es parte de la falta de saber que pertenece a ese lugar, o de que se le quiere, o de que siente que es un ser que lo está pasando mal o sufriendo”. La psicomotricidad no trabaja el síntoma, según informa, sino la base corporal y afectiva sobre la que luego se sostiene lo demás. Pascual añade que un niño con bajo tono, con dificultades para planificar una secuencia motriz, con un perfil muy inhibido o con cierto retraso madurativo probablemente necesite antes sentir su cuerpo, activarlo y organizarlo que sentarse durante largos ratos a hacer fichas: “Lo mismo ocurre con quienes se desbordan, con los que parecen permanentemente en otro lado o con quienes no logran encadenar acciones aparentemente simples”. “La sala les ofrece ese trabajo de base: conciencia corporal, regulación del tono, planificación motora, propiocepción, confianza y relación con el límite”, agrega.

Vista así, la sala de psicomotricidad deja de parecer solo un lugar para moverse. “Yo no tengo que hacer para que él haga; tengo que estar para que él pueda ser”, resume Jara. “En una infancia cada vez más acelerada, más sobreestimulada y más propensa a confundir quietud con madurez”, continúa, “la psicomotricidad no es una actividad física previa a lo importante; es una de las raíces que permiten a la vida adulta abrirse paso”.

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