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¿Hasta qué punto tienen que socializar los padres por el bien de sus hijos?

El papel de los progenitores para que los niños desarrollen habilidades interactivas es supervisarles sin entrometerse y crear oportunidades para que se relacionen de forma segura

Para que un menor aprenda a relacionarse no es necesario que sus padres estén presentes en todos sus planes.Oliver Rossi (Getty Images)

Cumpleaños, fiestas escolares, citas con los amigos. La vida social de los niños es muy importante para su desarrollo y los padres también se ven arrastrados a los compromisos grupales de sus hijos. Pero, ¿qué ocurre si los adultos no tienen tiempo (o ganas) para dedicar a estos eventos? Lejos de sentirse culpables por creer que no lo están haciendo bien, hay que tener claro que no son expertos en encuentros interactivos ni monitores de tiempo libre. “Los padres no tienen que convertirse en organizadores profesionales para que su hijo desarrolle habilidades sociales adecuadas, pero sí es importante que generen un contexto que facilite oportunidades razonables de socialización”, explica Montserrat Díaz, responsable de Neuropsicoteca y colaboradora de la Clínica Movemento.

Para que un menor aprenda a relacionarse no es necesario que sus progenitores estén presentes en todos sus planes. “No implica asistir a todos los eventos o participar activamente en ellos, sobre todo si no encajan con sus gustos. Más bien, su papel es abrir puertas, acompañar de manera indirecta y asegurar espacios para relacionarse de forma segura y adecuada a la edad del niño”, afirma Díaz.

“Tener menos disponibilidad no convierte a los hijos en menos sociales, simplemente implica buscar otras opciones, como facilitarles que tengan contacto con otros niños aunque sea a través de terceros adultos”, aclara la experta, a la vez que destaca la posibilidad de diseñar otras estrategias para cubrir la faceta social del menor, como utilizar los espacios habituales en que desarrolla sus quehaceres diarios. “El colegio, las actividades extraescolares, los parques cercanos o la comunidad del vecindario”, agrega. La coordinación con el entorno social habitual del niño es una buena red para crear y fomentar interacciones cuando los padres no pueden estar presentes. “Por ejemplo, con la familia de un compañero del colegio, para que se pueda quedar un rato más en el parque después del horario escolar o participar en alguna actividad semanal. No es necesario que los padres mantengan una vida social intensa para que su hijo tenga la suya propia”, continúa Díaz.

Fomentar las interacciones entre niños es clave para que aprendan a conocerse a sí mismos y a conocer el valor de la amistad. “Los amigos les ayudan a crecer, a ser mejores personas y a descubrir sus virtudes y defectos. Además, no tener amigos provoca un vacío existencial imposible de sustituir”, sostiene la pedagoga Pilar Guembe, también profesora, orientadora familiar y coautora de Lo que se da no se quita (Desclée De Brouwer, 2026). “La educación siempre ha de ser personalizada y más en la familia. Puede haber niños que necesiten un empujón para socializar y otros que no lo requieran por su carácter. Pero la relación con los demás, al nivel que sea, les ayuda a superar el egocentrismo infantil y a aprender a colaborar, ceder, compartir y respetar”, detalla.

Cuando a los niños no les gusta socializar demasiado y son más selectivos con quienes se relacionan, hay que guiarlos para que lo hagan a su ritmo y no forzarlos a socializar. “Conviene convencerle y no vencerle. Se pueden proponer pequeñas metas para que conecte con algún compañero y tener en cuenta que el hecho de buscar la soledad no es necesariamente negativo”, añade Guembe. “También se le puede apuntar a actividades extraescolares con otros niños, que haga deportes de equipo, no individual, o aprovechar sus gustos y preferencias para impulsar su socialización”, propone la experta.

Se puede caer en el error de pensar que la mejor forma de socializar es llenar la agenda de actividades grupales, pero no se trata tanto de la cantidad como de la calidad de los encuentros sociales. “Un niño no necesita planes constantes ni relaciones complejas para desarrollarse bien en esta área de su vida. Un par de experiencias sociales de calidad a la semana pueden ser más que suficientes, especialmente si el niño es introvertido o prefiere interacciones tranquilas”, aconseja por su parte Díaz. “Se trata de ofrecer experiencias sencillas, pero regulares, donde pueda practicar habilidades, jugar y sentir pertenencia”, matiza.

Es un aprendizaje que puede llevarse a cabo a temprana edad. Incluso desde bebé, un niño puede comenzar a socializar con su entorno. “Con meses de edad, ya interactúa con sus cuidadores y familiares. Hasta los cuatro años no se tienen propiamente amigos, pero a partir de esa edad se crean de forma natural los lazos de amistad al comenzar la etapa escolar”, retoma Guembe. “Los dos procesos básicos de socialización son la imitación y la competición. Por el primero, el niño reproduce el comportamiento de las personas que conviven con él. Con el segundo, el niño busca la aprobación de los demás”, explica la especialista.

Pero, ¿por qué es importante que los padres supervisen al proceso de socialización de su hijo? Según ella, los progenitores deben permanecer en segundo plano, pero atentos a la evolución de sus hijos en cuanto al desarrollo de sus habilidades interactivas. “Solo conviene intervenir cuando haya un peligro inminente, pero no elegir a los amigos o inmiscuirse en sus relaciones. Es decir, velar en la distancia con delicadeza, dando opinión, pero sin imponerla”, aclara, a la vez que señala la influencia natural de los padres en los vínculos de sus hijos: “Actúan como los promotores de sus interacciones, porque se desarrollan en los ambientes donde se mueven los adultos, al decidir el barrio para vivir, los lugares de ocio y veraneo, el colegio o los clubes deportivos”.

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