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Rafa Guerrero, psicólogo infantojuvenil: “La manada tecnológica no aporta vínculo real”

El divulgador y experto en infancia y adolescencia publica ‘Adictos a las pantallas’, un libro que huye de demonizar la tecnología y en el que da pautas a los padres para poner límites coherentes a sus hijos

El psicólogo Rafa Guerrero explica que la adicción a las pantallas esconde otros problemas de fondo. Jesus G. Feria

La tecnología forma parte de nuestro día a día. De nuestra rutina. De nuestra vida. El problema llega cuando se hace un mal uso o se abusa de los dispositivos, ya sea la televisión, una tableta o el móvil. Con el fin de dar a conocer qué lleva a la adicción, el psicólogo infantojuvenil Rafa Guerrero (Madrid, 45 años) publica este próximo 29 de abril Adictos a las pantallas (Cúpula, 2026). El libro huye de demonizar la tecnología y pretende explicar cómo aprender a usarla mejor para que ella “no nos use a nosotros”. “No trato de parchear el problema de la adicción, sino que doy pautas a los padres sobre cómo averiguar qué lleva a un chaval a estar enganchado y qué no están viendo ellos”, explica por teléfono el también divulgador, que cuenta con más de medio millón de seguidores en Instagram.

“Puede ser un niño que se encuentra en una situación muy estresante por su día a día en casa o en el colegio, o que no se siente importante, se siente vacío, está triste o vive un reproche constante por parte de sus padres o de sus profesores, y todo esto le hace huir, ir al móvil y no pensar”, prosigue Guerrero. “Quiere sobrevivir, evitar el problema”, añade el también autor de una veintena de libros y cuentos. “Por eso el mensaje que quiero transmitir en el libro es que tengamos cuidado con culpar y señalar a la persona que tiene una adicción, hablemos de menores o mayores”, sostiene. Al final, “esa es su estrategia más potente, más efectiva, para sobrevivir a ese trauma, a ese vacío, a ese duelo o a ese abandono”, subraya. “El problema real es lo que hay de fondo”, incide.

PREGUNTA. ¿Hasta qué punto los adultos somos modelos de esta relación que nuestros hijos tienen con el móvil?

RESPUESTA. Es importantísimo. Los valores que les transmitimos a nuestros hijos, los hábitos, lo que es sano y lo que es insano, ellos lo están viendo. Si yo le pongo límites a mi hija, pero yo sigo haciendo lo que me da la gana, no funciona. Mal asunto. Aquí lo importante es diferenciar lo que es coherente de lo que no lo es.

P. ¿A qué se refiere con coherencia al poner límites?

R. Yo le puedo exigir a mi hijo o ponerle la norma de que la televisión solo se ve los fines de semana, pero luego tengo que ser coherente. Si luego veo la tele cuando se acuesta y la oye, el mensaje que transmitimos no es coherente. Eso le puede enrabiar, no gustarle. Por tanto, tiene que haber coherencia en la educación también con la tecnología: coherencia entre lo que decimos, lo que proponemos y los valores que van en pro de la salud mental, que tienen que ir de la mano con lo que luego hacemos. Si no, no tiene sentido. Es como cuando nos preocupamos por la alimentación: decir “come bien, niño mío” mientras yo me tomo tartas todos los días. O exigir que el niño vaya a una escuela deportiva cuando su padre y su madre jamás han hecho deporte.

P. ¿Qué diferencia hay entre poner límites desde el vínculo y no desde el control?

R. La gran diferencia está en por qué pones un límite. ¿Lo pones porque tienes miedo de que tu hijo se descontrole, de que se haga daño o de que se rían de él, o lo pones porque lo necesita? La diferencia está en dónde pones el foco. Cuando pongo el foco en el niño y no en mis miedos ni en mi necesidad de control, algo cambia. Cuando empiezo a pensar que soy demasiado blando o demasiado estricto y actúo desde ahí, ya tenemos un problema, porque no estoy mirando al niño ni viendo realmente qué necesita.

P. ¿Qué pregunta se deberían hacer los padres cuando detectan una adicción a la tecnología?

R. La pregunta sería: ¿qué está viviendo mi hijo en este momento? Puedes hablar con él y decirle, por ejemplo: “¿Te das cuenta de que cada vez que estás nervioso buscas el móvil, le pides a papá la tableta o quieres jugar a los videojuegos?”. O, al contrario, como consecuencia: “¿Te das cuenta de que cada vez que estás con tu primo jugando a la PlayStation luego estás de los nervios y te cuesta un montón acostarte?”. Lo esencial es hacerle consciente de cuáles son las causas y cuáles son las consecuencias de su comportamiento.

P. ¿Cuál es la mejor manera de actuar frente a esta problemática?

R. En primer lugar, el niño se tiene que sentir protegido y seguro. En segundo lugar, hay que empoderarle, confiar en su criterio y en su manera de hacer las cosas, y fomentar su autonomía. Y en tercer lugar, que sea un menor visto, y esto es muy importante, porque muchas veces el hijo se refugia en las redes sociales porque no se siente visto.

P. Las redes sociales fomentan la pertenencia…

R. Sí. La validación emocional la hemos trasladado, desgraciadamente, a los dispositivos tecnológicos: al Me gusta, a los compartidos, a los comentarios. Sobre todo en la adolescencia. La hemos sustituido por la validación social presencial. Y lo peor de todo es que quien te está validando socialmente es gente que no conoces ni has visto. No tienes ninguna relación con esa persona ni la vas a tener, porque estás en redes sociales, tu cuenta es pública y cualquiera puede opinar, darte un ok o decirte algo ofensivo. Hemos depositado la validación en el mundo tecnológico, pero el ser humano, el adolescente, no funciona así. Necesitamos tribu, necesitamos manada presencial. La manada tecnológica no aporta vínculo real.

P. ¿Cómo se puede acompañar el uso de pantallas sin demonizarlas?

R. No se trata de demonizar, sino de entender que la tecnología, para niños y adolescentes, es una manera de conectar. La tecnología facilita muchas cosas, permite conexión y ocio. Pero, como todo en la vida, hay que poner normas, límites y momentos. Para mí lo más importante es que mamá y papá se sienten, que la tribu de adultos decida qué hacer con esto; qué esperamos de los dispositivos, qué nos pueden aportar o qué peligros y beneficios hay. Poner normas que pueden ir cambiando. Son adaptables. No es lo mismo las normas que se le ponen a un niño de 8 años que a uno de 12 o 14.

P. Cuando se castiga sin tableta, sin móvil o sin videojuego, la primera reacción del chaval es brusca.

R. Es normal que el niño se enfade cuando le dejamos sin móvil o sin tableta, porque muchas veces este castigo resulta incoherente. No es lo mismo que te hayan expulsado del instituto, que hayas metido la pata hasta el fondo o que hayas suspendido varias asignaturas. Todo eso está mal, sin duda, pero ha ocurrido en el ámbito académico y no tiene una relación directa con el uso —o no uso— de los dispositivos en casa. Además, si mamá y papá han decidido que en el hogar se utilizan pantallas, no deberían convertirse en una amenaza ni en un castigo automático. Si se castiga, que sea con coherencia: si ha suspendido, por ejemplo, que dedique más horas a estudiar o que repase la lección con nosotros.

P. ¿Qué mensaje le daría a los padres que sienten que llegan tarde a afrontar la adicción a las pantallas de su hijo?

R. Que no llegan tarde. Que han tomado las decisiones que han tomado en su momento. Por supuesto que han cometido errores, y los errores que han cometido son los mejores errores que ha podido haber cometido. Ahora se trata de hacerse cargo, de ser más responsables y de reparar en caso de que sea necesario. Nadie tiene derecho a decirte cómo te tienes que sentir ni a decirte lo que tienes que hacer, porque cada casa es un mundo.

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