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La tregua en Líbano enciende el norte de Israel por las promesas incumplidas de Netanyahu

La principal ciudad de la zona cierra los colegios en protesta por el alto el fuego. Lo consideran una rendición después de que el Gobierno les vendiese una victoria total sobre Hezbolá

Un hombre reza en las calles de Kiryat Shmona, en el norte de Israel, tras la tregua en Líbano, este viernes.ATEF SAFADI (EFE)

En Misgav Am, un kibutz a 400 metros de Líbano, el estruendo de un disparo de la artillería israelí se cuela en la conversación y Ori Mogel reacciona con sorna: “Perdona, me ha interrumpido el alto el fuego”. El sonido procede de la franja —de hasta 10 kilómetros de profundidad— que el ejército israelí sigue ocupando en el sur del país, también durante la tregua iniciada el jueves, y que acaba de delimitar con una nueva “Línea Amarilla”, emulando la que divide en Gaza el devastado y despoblado 52% que controla del restante 48%, aún en manos de Hamás. En Líbano y pese al alto el fuego, el ejército sigue destruyendo a diario, en explosiones controladas, infraestructuras —incluidas casas y escuelas— para convertir 56 aldeas en un puñado de escombros deshabitado que ejerza de “zona de seguridad” frente a Hezbolá. En la parte israelí de la frontera, poco apunta a la desescalada: el trasiego en dirección norte de blindados y vehículos militares es constante y cada poco se oyen disparos de artillería y arma automáticas, así como explosiones y el zumbido invisible de los drones. Es la banda sonora del “derecho” que le reserva el acuerdo de tregua a “adoptar todas las medidas necesarias en legítima defensa, en cualquier momento, contra ataques planeados, inminentes o en curso”.

En Misgav Am, o en las cercanas Margaliot y Kiriat Shmoná, la única diferencia sonora este domingo entre la guerra —de hace unos días— y la tregua —que ahora reina— es la ausencia tanto de las sirenas antiaéreas que avisan de la inminente llegada de un cohete, dron o proyectil antitanque de la milicia chií como de los bombardeos aéreos israelíes que mataban diariamente a decenas de libaneses.

Hay, sin embargo, otra importante diferencia que no se oye, pero se siente: el enfado de una población que se considera olvidada por el Estado central y a la que el primer ministro, Benjamín Netanyahu, prometió una victoria definitiva (esta vez, sí) contra Hezbolá para acabar justificando a duras penas un alto el fuego que no quería, pero le impuso Donald Trump. Hace apenas nueve días, Netanyahu comparecía orgulloso ante la nación para jactarse de seguir bombardeando Líbano, pese el alto el fuego acordado por EE UU e Irán, con frases como “No hay alto el fuego en Líbano” o “No pararemos de golpear a Hezbolá hasta restaurar la seguridad en el norte” del país.

Este domingo, Hezbolá sigue en pie, sí hay un alto el fuego en Líbano y Mogel, de 32 años y portavoz de Misgav Am, está “enfadado”. “Por un lado, me dijeron que la victoria está garantizada hasta el final. Por otro, hay un alto el fuego. No tiene sentido. No se puede hacer la paz con alguien cuya ideología es matarte. Es imposible”, argumenta.

Mogel quiere que el ejército establezca en el sur de Líbano lo que llama una línea de “aniquilación”, “cuanto más profunda mejor” y al estilo de Gaza: quien la cruce, morirá. “Eso no significa que los soldados estén ahí, hay medios tecnológicos para hacerlo”, aclara.

No es el único que la desea en el norte de Israel, donde la población (unos 100.000 personas en un país de 10 millones) suele emplear palabras como “abandono” u “olvido” para describir cómo se sienten tratados por las autoridades centrales.

Huelga

La principal ciudad de la zona, Kiryat Shmoná, luce deprimente. Miles de los evacuados en 2023 (cuando Hezbolá inició una guerra de baja intensidad al día siguiente del ataque de Hamás y de los primeros bombardeos israelíes en Gaza) nunca regresaron. Otros miles se marcharon al empezar el actual conflicto. En conjunto solo quedan 10.000 de sus 25.000 habitantes.

En el tablón municipal de anuncios solo hay esquelas. Al olvido histórico y las calles vacías se suma, este domingo, la huelga. Colegios y edificios municipales están cerrados, por decisión del Ayuntamiento, en protesta contra lo que llama un acuerdo “peligroso” y una “paz falsa”. “Esto no es una victoria completa; ¡es darles la espalda a los habitantes del norte!”, señalaba el Consistorio, que fletó autobuses para protestar frente a la Embajada de Estados Unidos en Jerusalén con pancartas con lemas como “Hezbolá da las gracias a Trump”.

La Alcaldía pide “desmantelarlo” como partido político y milicia. El vicealcalde, Rafael Slav, de Sionismo Religioso (uno de los socios ultranacionalistas de Netanyahu), propone ocupar un 10% de Líbano, hasta el río Litani, demolerlo y montar allí asentamientos judíos.

El Ayuntamiento ha colocado carteles en contra del alto el fuego, como: ¿Dónde está la victoria total?” o “El norte lucha para tener seguridad”. En los refugios móviles de hormigón contra los proyectiles, dos jóvenes pegan banderas israelíes, con motivo de los días en recuerdo de los soldados caídos y de la Independencia, que se celebran seguidos a partir del martes. Este año, usan una cinta adhesiva que contiene una frase crítica con la tregua: “Os deseamos un Día de la Independencia Victorioso”.

David Hai Cabeza (subraya, señalando su origen sefardí) lleva 67 años en Kiryat Shmona, salvo el año y medio evacuado que pasó evacuado en Tel Aviv y Tiberias, en la anterior guerra. Trabaja como panadero y se muestra comprensivo con Netanyahu por haber aceptado la tregua que le forzó Trump: “Es cierto que prometió una victoria total, pero Israel, desafortunadamente, es un proxy de Estados Unidos. Nos apoya económicamente y con armas. No puedes morder la mano que te da de comer. No teníamos opción”.

Tampoco le preocupa, porque la vive más como una especie de pausa entre guerra y guerra que ilustra con un símil pugilístico: “Destruir a Hezbolá es imposible porque es una ideología. Habrá guerra cada diez años. No es posible lograr una victoria absoluta de una vez por todas y para siempre. No se puede por KO, sino ir ganando por puntos. Les damos cien golpes y ellos nos dan 10″.

De repente, se oye un disparo de artillería y Cabeza resume en qué consiste el alto el fuego: “No pasa nada, es artillería nuestra de este lado del Litani”.

Myriam sale con un carrito de la compra. Tiene 80 años y un marido aún más anciano con dificultades para moverse. Cuenta que es la primera vez, gracias al alto el fuego, que se atreve a ir al mercado desde que Hezbolá se unió a la guerra, el pasado 2 de marzo.

“La guerra no ha terminado”

Apenas se topa con gente porque, dice, la mayoría desconfía de un alto el fuego tan frágil y el tiempo para resguardarse de los proyectiles es escaso, por la cercanía de Líbano. “La guerra no ha terminado. En una semana, o así, dirán que la tregua se ha acabado”, asegura. Como no pocos en Israel, ve la guerra perpetua como una especie de suerte inevitable en la que Dios está de su lado: “El mundo nos detesta”.

El enfado y la sensación de olvido del norte no es nuevo. Igual que en las localidades israelíes en las proximidades de Gaza, hasta la sangrienta invasión a raíz del ataque de Hamás, viene de largo y toca la brecha centro-periferia, profunda en el país.

Son las zonas fronterizas, objetivo durante años del grueso de los proyectiles de Hamás y de Hezbolá viendo cómo políticos de uno y otro signo ninguneaban su situación o prometían soluciones mágicas. Generalmente, con la fórmula habitual aquí: si la fuerza no resuelve un problema, apliquemos más fuerza.

Esta vez, el alto el fuego ha dolido más, por la abismal distancia entre promesas y realidad y por una cierta sensación de protectorado, con Netanyahu obligado a actuar al dictado del gran aliado estadounidense, sin cuyo inmenso apoyo diplomático, armamentístico y económico, Israel sería otro país.

Los responsables políticos del norte salieron en tromba contra la tregua. El alcalde de Kiryat Shmoná, Avijai Stern, señaló que la seguridad de los israelíes se debe decidir “en Jerusalén, no en Washington ni en Beirut”. Shimon Gueta, líder del fronterizo consejo regional Maale Yosef, tildó de “inaceptable que otro país determine las reglas de seguridad” del país y criticó “cualquier alto el fuego que no incluya el desarme completo de Hezbolá y plenas garantías de seguridad para los residentes del norte”. “Preferiríamos sufrir un poco más y saber que se ha eliminado la amenaza a estos pocos días de falsa calma que hacen innecesario todo el proceso y nos harán despertarnos con el próximo desastre”, dijo Amit Sofer, del consejo regional Merom Hagalil. El alcalde de Metula, una localidad que prácticamente roza con la divisoria con Líbano, David Azoulay, se sentía “traicionado de nuevo”.

Pérdida de votos

Es el tipo de enfados que definen unas elecciones ya disputadas y a las que la coalición de Netanyahu llega mal en las encuestas. Los sondeos más recientes muestran que aquello que solía darle votos durante sus 19 años en el poder (una guerra), esta vez se los está quitando. El conflicto con Irán que inició, junto con EE UU, se ha enquistado sin logros que celebrar. Tres de las últimas encuestas dan a los partidos judíos de la oposición la mayoría justa (61 de los 120 escaños del Parlamento) para desbancar al primer ministro sin necesidad de apoyarse en alguna formación árabe.

La tregua es impopular en todo Israel (un 69% se opone), pero sobre todo entre los votantes de la coalición de Netanyahu, la más derechista de las siete décadas de historia del país y donde el rechazo aumenta hasta el 90%, según una encuesta efectuada tras el alto el fuego por el centro de análisis Instituto de Estudios de Seguridad Nacional, adscrito a la Universidad de Tel Aviv. Un 36% de consultados en otra encuesta del canal 12 creen que Netanyahu debe seguir siendo primer ministro. Un 56% prefieren a alguien distinto.

En el norte, en concreto, un 65% de los residentes se sienten abandonados por el Estado, según una encuesta del canal 12 de la televisión nacional, que muestra un deslizamiento del voto hacia los partidos judíos de oposición. Lo sabe el exjefe del Estado Mayor Gadi Eizenkot, uno de los principales candidatos de la oposición. Ha colgado en Kiryat Shmoná una valla publicitaria con el lema: “Honesto con el norte”.

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