Rusia intensifica con drones la ofensiva sobre los ferrocarriles de Ucrania, una infraestructura esencial
Moscú ha llevado a cabo casi 5.000 ataques y ha causado daños en más de 25.000 infraestructuras en cuatro años

Andrii Hlemba, de 48 años, hace sonar la bocina de la veterana locomotora de fabricación checa al paso de los pequeños pasos a nivel que motean el este de Ucrania. El transcurrir por distintos pueblitos junto a la vía aparece a veces salpicado por cementerios donde las flores multicolor y las banderas nacionales advierten en todos ellos de la presencia de tumbas de los caídos durante el conflicto. Por la ventanilla, son visibles también casas bombardeadas, vagones calcinados y hasta restos de drones Shahed lanzados por los rusos. El maquinista es parco en palabras, pero no esconde el orgullo que supone poder realizar este trabajo que considera esencial: “Ukrzaliznytsia es la aorta del país, sin esta compañía no podríamos sobrevivir”.
Rusia ha llevado a cabo casi 5.000 ataques y ha causado daños en más de 25.000 infraestructuras en cuatro años contra el sistema de ferrocarriles de Ucrania. Se trata de un pilar crucial para el transporte de personas y mercancías de todo tipo, incluido armamento, en tiempos de guerra. El perfeccionamiento de los drones permite a Moscú golpear cada vez más no solo estaciones, puentes o vías, sino también convoyes en movimiento, denuncian responsables de la empresa, que ha perdido a más de un millar de empleados durante la invasión rusa a gran escala desatada en febrero de 2022.
Desde este invierno, ante la ofensiva, se han visto obligados a reforzar los protocolos de seguridad, reconoce un portavoz de la empresa. Ukrzaliznytsia es la máxima empleadora del país con unos 230.000 trabajadores de los que 15.000 se encuentran alistados en el ejército. Al mismo tiempo, han tenido que cancelar las llegadas a algunos de los destinos más próximos a zonas de combate por el incremento de los ataques.
Las autoridades de Kiev, con el presidente Volodímir Zelenski a la cabeza, no ocultan que los trenes son uno de los objetivos predilectos de las tropas del Kremlin. EL PAÍS ha acompañado desde Kiev hasta Lozova (Járkov) a los empleados de la compañía y a los viajeros, muchos de ellos militares camino del frente, a lo largo de una de las líneas más peligrosas que se mantienen en circulación. La tarde antes, un dron ruso había impactado en un vagón cerca de Krivi Rig (sur) y mató a uno de los pasajeros.
La importancia de los trenes “no es ningún secreto para los rusos”, asume durante una conversación en la capital el director ejecutivo de la compañía, Oleksandr Pertsovsky, que vaticina un incremento de los bombardeos durante la primavera. En todo caso, la seguridad es un asunto que, cuando funciona, nadie repara en ella, afirma. “Desafortunadamente, a veces falla por múltiples razones. La principal es que el enemigo está constantemente ahí y cambia las frecuencias con las que funcionan los drones”, añade. “Tenemos cientos de trenes todos los días” y el protocolo puede ser efectivo “en el 99,9% de los casos”, pero, cuando no funciona “estamos ante una tragedia”, concluye Pertsovsky, que no deja de atender llamadas y mensajes mientras responde a las preguntas.
Ante el acoso ruso, los ferrocarriles dejaron de llegar a la región oriental de Donetsk a finales de 2025. Entonces quedaron cerradas estaciones importantes como las de Sloviansk y Krmatorsk, principales bastiones ucranios en un este del país mayoritariamente bajo ocupación enemiga. En enero de 2026, un impacto acabó con la vida de seis viajeros en Barbinkove (Járkov) cuando esta localidad se había convertido en la última estación de esa ruta. Ahora, la vía muere unos 65 kilómetros antes, en Lozova, desde donde los pasajeros han de seguir el viaje en minibuses.
En los vagones impera el silencio y muchos viajeros no quieren hablar. Svitlana —se ríe en vez de dar su edad— regresa a su casa en Kramatorsk, ciudad objetivo primordial de los rusos, donde “el tiempo dirá si podemos seguir viviendo”. Sergey, militar de 47 años, y Maxim, de 24, retornan a sus posiciones tras pasar dos semanas de vacaciones con su familia, lo estipulado cada seis meses por las autoridades castrenses.
“Más allá de Lozova es demasiado peligroso, no hay ni catenarias”, advierte Hlemba, maquinista desde hace 22 años. Con la llegada del tren a Poltava saltan las alarmas ante la posible llegada de proyectiles rusos, pero, tras unos minutos en la estación, el viaje se retoma con normalidad. Desde este punto en adelante el peligro es potencialmente mayor. Como jefa del convoy, Iryna Petrushchak, de 41 años, es la encargada de tomar decisiones como detener el tren o, incluso, evacuarlo. Para ello es ayudada desde el centro de mando que vigila en todo momento en tiempo real la posible amenaza de los drones rusos, su dirección, altura o distancia de la vía por la que transitan. La compañía no considera del todo útil que militares armados viajen en los convoyes.
“Ser jefa en estos momentos supone una gran responsabilidad por mi vida, por la de mis compañeros y por la de los pasajeros. En Kiev vivimos más o menos seguros, pero esto es otra cosa. Sabemos cómo hay que proceder” si algo ocurre, comenta sentada en uno de los compartimentos esta mujer que ocupa el cargo desde hace casi dos décadas. Los trabajadores reciben adiestramiento y apoyo psicológico. “Al principio sentía cierto miedo, pero, con el paso del tiempo, se impuso la responsabilidad. Tengo que hacer bien mi trabajo y tratar de tener todo bajo control delante de los demás”, agrega orgullosa de haber llegado a Ukrzaliznytsia con 18 años, la misma empresa en la que están contratados su madre, su hermana y su marido.
Los datos de la compañía dan cuenta de su importancia como pilar de Ucrania. En estos cuatro años de gran invasión ha movido más de 97,5 millones de pasajeros. Al permanecer el espacio aéreo cerrado, es el principal cordón umbilical con el resto del mundo, cuyas autoridades llegan a Kiev gracias al programa denominado Diplomacia de Hierro. También permite viajar al presidente Zelenski y las autoridades locales.
Los rusos son conscientes de ello y han acometido 4.775 ataques desde febrero de 2022. Entre las más de 25.000 infraestructuras ferroviarias dañadas se encuentran 2.370 vagones y máquinas además de 73 estaciones, entre ellas, la de Lozova. Los trabajadores muertos ascienden a 1.038 —38 durante su labor profesional, 832 en el frente y el resto en ataques a sus domicilios— y los heridos a 2.928, según datos de la empresa de principios de marzo.
El fallecimiento de compañeros “supone una gran pérdida, algo muy doloroso. Somos como una gran familia, pero tenemos que seguir adelante”, resuelve Iryna Petrushchak. “Casi todos nuestros trabajadores han acudido ya al funeral de algún compañero”, lamenta un portavoz, que destaca el esfuerzo que supone para los ferrocarriles seguir llegando estos días a destinos tan expuestos al conflicto como Zaporiyia, Jersón o Sumi.
Frente a las dificultades por la coyuntura bélica, Oleksandr Pertsovsky, el jefe de los trenes, señala cinco prioridades de la compañía. Uno, mantener los trenes en movimiento pese a la presión rusa; dos, soportar la presión económica y una deuda importante difícil de afrontar con una importante pérdida del transporte de carga; tres, mantener la mano de obra que permita seguir funcionando a la compañía ferroviaria y a las otras del país; cuatro, seguir desarrollando proyectos más a largo plazo como la digitalización, la Inteligencia Artificial, la renovación de los trenes o la apertura de nuestras vías a Europa; y cinco, que los ferrocarriles sigan siendo un símbolo de la resiliencia del país.
El corazón bombardeado de la estación de Lozova recibe al tren ocho horas después de partir de Kiev. La jefa de las instalaciones, Nina Zabela, de 55 años y 32 empleada en los ferrocarriles, recuerda entre las ruinas la madrugada del pasado 5 de agosto, cuando tuvo lugar el ataque con una quincena de drones Shahed que, agradece, no causaron más que enormes daños materiales. Ser ahora la última parada a la que llegan los trenes en el este del país ha aumentado el número de usuarios, por lo que ha habido que construir un nuevo refugio para cuando saltan las alarmas.
Los viajeros, muchos uniformados, van descendiendo de los vagones mientras una treintena de vecinos evacuados de localidades del frente esperan para ser realojados en otras zonas del país más hacia el oeste. En la lista del día anterior a este viaje, realizado el 3 de marzo, además de los refugiados figuraban dos perros, un gato, un pez y un loro. “No dejamos a nadie atrás”, defiende orgulloso un portavoz de la compañía.
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