Ir al contenido
_
_
_
_

Israel se adentra por quinta vez en el lodazal libanés

El ejército apunta directamente contra periodistas y sanitarios. La nueva invasión trae a la memoria otras en el último medio siglo con similares objetivos declarados

Residentes libaneses inspeccionan los graves daños sufridos en sus hogares tras un ataque aéreo israelí en la localidad de Sakesakiye, cerca de Sidón, en el sur del Líbano, el 28 de marzo. Anadolu (Anadolu via Getty Images)

En Israel, suele utilizarse una palabra en hebreo, traducible como fango o lodazal, para referirse al cariz que acabó tomando su ocupación del sur de Líbano entre 1982 y 2000. Comenzó con promesas similares a las que hoy dominan el discurso político y mediático en el país (entonces contra la Organización para la Liberación de Palestina, OLP, y hoy, contra Hezbolá, nacida durante esa misma invasión) y acabó 18 años más tarde, en medio de un goteo de soldados muertos y de preguntas entre la población sobre su sentido.

La idea del lodazal está tan marcada que el propio Hezbolá la construyó (con grandes caracteres en hebreo) en su museo propagandístico en Mlita, con material militar tomado a las tropas israelíes o abandonado en la retirada apresurada que recrea la película israelí Beaufort, candidata al Óscar a Mejor Película Extranjera en 2008, dos años tras otra guerra con la milicia libanesa.

El Gobierno de Benjamín Netanyahu ha devuelto al país a la misma casilla. Es la quinta invasión que sucesivos Ejecutivos israelíes lanzan sobre el país vecino (en 1978, 1982, 2006, 2024 y la actual), en operaciones que siempre han presentado como el esfuerzo definitivo (esta vez sí) por asegurar la frontera norte y evitar el lanzamiento de ataques o proyectiles contra sus ciudadanos.

Esta vez, el ejército israelí, que ya mantenía cinco posiciones en territorio libanés (en vulneración del alto el fuego de 2024), extiende su ocupación del sur desde primeros de mes. Tras ampliar esta semana el alcance y objetivos de los bombardeos, el sábado apuntó de manera directa contra periodistas, trabajadores sanitarios y agricultores. La ofensiva ha causado ya 1.189 víctimas mortales (47, en las últimas 24 horas), según el Ministerio de Sanidad libanés. El balance incluye 51 paramédicos y 124 niños.

Maha Yahya, directora del Centro Malcolm H. Kerr Carnegie para Oriente Próximo, prevé que la nueva invasión “traerá mucha más miseria, destrucción, y abrirá la puerta a más militarismo en toda la región, no solo en Líbano”. La experta anticipa que alimentará el ciclo de la violencia y recuerda que “Hezbolá nació de entre los escombros de la ocupación que Israel inició en 1982”. “Avanzar por el mismo camino fortalecerá la razón de ser de Hezbolá y la creará para otros”, mientras las vías diplomáticas propuestas por Beirut, que ha llamado a negociar directamente con Israel, “no encuentran socios al otro lado”, señala por teléfono.

El ministro de Defensa israelí, Israel Katz, ha anunciado el objetivo de ocupar y despoblar el 10% de Líbano fronterizo con Israel —dos veces mayor que la franja de Gaza— para desterrar de la zona a Hezbolá. La ofensiva tiene lugar en un momento en el que la mayoría de libaneses apoya el desarme de la organización y cuenta con un Gobierno (el primero en su historia) que se compromete y toma medidas concretas para avanzar hacia ese objetivo.

Avi Issacharoff, comentarista del diario israelí Yediot Aharonot y coautor de la conocida serie de televisión Fauda, prevé una guerra “larga y difícil” que puede extenderse durante años “sin garantías de acabar en el desarme de Hezbolá, como ha sucedido con Hamás en Gaza”.

Esta versión de Hezbolá, prosigue, es “bastante más débil” que la que perdió en 2024 tras dos meses de guerra con Israel, impulsado por la explosión de los miles de buscas-trampa y el magnicidio de su líder histórico, Hasan Nasralá. Pero dista también de ser “la organización débil y destruida” que preveían —con cierta autocomplacencia— los dirigentes políticos y militares de Israel.

La coalición de Netanyahu no ha querido esta vez evacuar, a diferencia de 2023, a las decenas de miles de residentes cerca de la frontera con Líbano, pero su realidad diaria es otra vez decenas de cohetes y drones. La milicia ha matado además ya a cuatro soldados israelíes dentro de Líbano y herido de gravedad a otros dos este mismo sábado.

Las Fuerzas Armadas de Israel calculan que Hezbolá tiene un 20% de la potencia de fuego que poseía en octubre de 2023, cuando inició una guerra de baja intensidad en paralelo a la invasión de Gaza, y que Israel convirtió en abierta casi un año más tarde. Se suman un número indeterminado de armas que ha podido recuperar en el año y medio tras el alto el fuego. O sea, al menos entre 20.000 y 25 000 misiles y cohetes, la mayoría de corto alcance, y hasta 2.000 drones.

Según el Instituto Nacional de Estudios de Seguridad, un centro de análisis afiliado a la Universidad de Tel Aviv, Radwán (la fuerza de élite de Hezbolá) se preparó para la invasión descentralizando su estructura, con grupos más pequeños y móviles. Una estrategia más de guerrilla para empantanar de nuevo a las tropas israelíes en el lodazal libanés.

Espejo histórico

La invasión israelí para terminar con Hezbolá se mira en el espejo de manera paradójica con la que la vio nacer en 1982, cuando el objetivo era acabar con la presencia de la OLP, exiliada por segunda vez tras su expulsión de Jordania. La terminó en 2000 dejando una Hezbolá creada sobre el resentimiento local y a rebufo de la Revolución Islámica de Irán de 1979.

Las tropas israelíes llegaron a extender la ocupación hasta Beirut, que sitiaron tres meses hasta asegurarse el exilio del entonces líder palestino, Yaser Arafat, y los suyos. En 1985, tras dar acceso a los aliados cristianos locales que perpetraron las matanzas en el campamento de refugiado palestino de Chatila y el barrio limítrofe de Sabra, se replegaron del centro de Líbano y mantuvieron una franja fronteriza en el sur con el mismo argumento ―“mantener una zona de seguridad”— con el que hoy bombardean y desalojan ese territorio.

Fadi, un libanés que pide ser presentado con nombre falso por miedo a represalias, tenía 13 años cuando los israelíes se retiraron del todo. Aunque su municipio cercano a Tiro quedaba fuera de la zona ocupada desde 1985, su infancia quedó marcada por los bombardeos que le impedían ir al colegio o jugar en la calle. Su padre, agricultor, fue detenido en una de las frecuentes redadas que las tropas israelíes practicaron en los municipios meridionales durante el primer año de invasión, en las que se llevaban a buena parte de los hombres. “Era un doble mensaje”, asegura Fadi. “Al público israelí le demostraban estar luchando contra el supuesto terrorismo; al libanés, qué sucedía si se atrevían a oponer resistencia”.

Los israelíes, que fracturaron el sur con puntos de control, habilitaron centros de detención como el del municipio de Ansar, donde encerraron al padre de Fadi junto con miles de ciudadanos más. También abrieron un centro de tortura gestionado por el Ejército del Sur de Líbano, una milicia cristiana aliada, en Jiam, un municipio que hoy vuelve a estar bajo ocupación israelí, después de correr la misma suerte en 2024.

Desde la década de los 80 del siglo pasado, cada incursión israelí en Líbano ha llegado con fantasmas de una nueva ocupación prolongada en el tiempo. Más recientemente, la toma de territorio y violencia con la que opera en Gaza, Cisjordania y Siria alimenta en los libaneses el temor a que “Israel tenga una agenda expansionista”, según Yahya. El desprovisto ejército libanés, cuyos equipos dependen de las contribuciones de países como EE UU, no puede ni quiere impedir sus avances. Ese es, precisamente, “el argumento” que plantea Hezbolá, que señala “el precedente gazatí” como riesgo de lo que le puede ocurrir a Líbano si acepta desarmarse.

Tu suscripción se está usando en otro dispositivo

¿Quieres añadir otro usuario a tu suscripción?

Si continúas leyendo en este dispositivo, no se podrá leer en el otro.

¿Por qué estás viendo esto?

Flecha

Tu suscripción se está usando en otro dispositivo y solo puedes acceder a EL PAÍS desde un dispositivo a la vez.

Si quieres compartir tu cuenta, cambia tu suscripción a la modalidad Premium, así podrás añadir otro usuario. Cada uno accederá con su propia cuenta de email, lo que os permitirá personalizar vuestra experiencia en EL PAÍS.

¿Tienes una suscripción de empresa? Accede aquí para contratar más cuentas.

En el caso de no saber quién está usando tu cuenta, te recomendamos cambiar tu contraseña aquí.

Si decides continuar compartiendo tu cuenta, este mensaje se mostrará en tu dispositivo y en el de la otra persona que está usando tu cuenta de forma indefinida, afectando a tu experiencia de lectura. Puedes consultar aquí los términos y condiciones de la suscripción digital.

Rellena tu nombre y apellido para comentarcompletar datos

Archivado En

_
Recomendaciones EL PAÍS
Recomendaciones EL PAÍS
Recomendaciones EL PAÍS
_
_