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La guerra que nunca pierde Israel: sus servicios secretos vuelven a encadenar magnicidios en Irán

Años de preparación y toneladas de información posibilitan ‘asesinatos selectivos’ inéditos como los de Jameneí y, desde 2023, líderes de Hezbolá y Hamás

Miles de personas participan en el funeral de Ali Lariyaní, figura clave del régimen y secretario del Consejo de Seguridad Nacional, el 18 de marzo en Teherán. ABEDIN TAHERKENAREH (EFE)

El Gobierno de Benjamín Netanyahu inició su anterior guerra contra Irán, en junio de 2025, con una oleada sorpresa de los denominados “asesinatos selectivos”. La mayoría de víctimas estaba en sus casas, fuertemente custodiada por una unidad especial de la Guardia Revolucionaria. Se las había asignado el entonces líder supremo, Ali Jameneí (al que Israel mató al principio de la actual contienda bélica), temeroso de que agentes del Mosad apareciesen en motocicleta y les disparasen, como habían hecho con científicos nucleares. También les prohibió usar dispositivos electrónicos, para que nadie trazase su ubicación, pero no a los guardaespaldas, aumentando el riesgo de errores humanos e infiltración. Así fue: uno incluso compartió su geolocalización en Facebook mientras estaba de servicio. Tras la guerra de 2025, las autoridades iraníes corrigieron la brecha de seguridad y quitaron los aparatos geolocalizables a los guardaespaldas.

Israel, sin embargo, ha podido localizar de nuevo con total exactitud (en parte pinchando las cámaras de Teherán y usando algoritmos) a los líderes que quería matar en el conflicto que lanzó hace casi un mes con Estados Unidos. “Sus servicios de inteligencia sabían con quiénes se reunían y dónde. Por la mañana y por la tarde”, cuenta por teléfono Ronen Bergman, destacado periodista israelí experto en inteligencia y autor del ensayo Rise and Kill First: The Secret History of Israel’s Targeted Assassinations (Levántate y mata primero: la historia secreta de los asesinatos selectivos de Israel).

Bergman cuenta estos detalles para ejemplificar cómo los servicios de inteligencia de Israel no solo han encadenado asesinatos selectivos al máximo nivel (incluido, por primera vez, un jefe de Estado, Jameneí) desde el ataque de Hamás de octubre de 2023, sino que mantienen tal red de capacidades que pueden seguir haciéndolo, pese a que cada ataque da pistas, expone métodos y quema agentes. “El único motivo por el que Israel puede operar con tanta precisión apenas ocho meses después [de la anterior guerra] es porque se estuvo preparando muchos años para todas estas guerras y desarrolló infiltraciones que se solapan, de forma que si pierdes una no necesitas años para volver a infiltrarte”, apunta.

“Mucha antelación”

Es parte de su historia y enfoque de inteligencia, que lleva a operaciones especiales, como sabotajes, ciberataques o asesinatos. “Si uno cree que algún día irá a la guerra, o a un enfrentamiento limitado, entiende que necesita prepararse con mucha antelación y de una forma distinta a la simple recopilación de información”, explica Bergman.

Lo demostró la semana pasada, acabando en pocos días con cuatro nombres de peso: Ali Larijaní, figura clave del régimen; Gholamreza Soleimani, jefe de la milicia Basij; Esmail Jatib, ministro de Inteligencia; y Ali Mohammad Naini, portavoz de la Guardia Revolucionaria.

Son los últimos de una larga lista que no se limita a esta guerra y que incluye objetivos antes considerados demasiado ambiciosos, a veces por miedo a las represalias. Desde que Netanyahu decidió transformar Oriente Próximo a sangre y fuego, a raíz del ataque de Hamás, ha matado, entre otros (a partir de precisa información de inteligencia), al líder de Hezbolá, Hasan Nasralá; a su número dos, Fuad Shukr; y al de Hamás, Ismail Haniye, justamente en la habitación en Teherán a la que le habían invitado las autoridades iraníes.

Grosso modo, y aunque a veces se solapan, cooperan o compiten, el Mosad es la agencia de inteligencia para el exterior y el Shin Bet, su equivalente para Israel y Palestina. Los últimos magnicidios en Irán —y en general estos años en Oriente Próximo— tienen más que ver con la tercera pata, menos conocida: la inteligencia militar. “Es de donde procede, desde 2023, la información de inteligencia más sustanciosa para las operaciones selectivas. Como regla general, el 90% se obtuvo por inteligencia militar, a veces trasladada a operaciones que luego efectuaron el Mosad o el Shin Bet”, señala Bergman. En particular, la unidad 8200, la agencia dedicada a la vigilancia digital, la ciberguerra, las tecnologías de la información o la gestión masiva de escuchas.

Aunque no fue solo su operación, el Mosad se llevó más bien los laureles por la operación más comentada: colocó explosivos, a través de empresas pantalla, en miles de buscas y walkie-talkies que Hezbolá había encargado y distribuyó entre cientos de miembros de sus distintas ramas, no solo la militar. En septiembre de 2024, los explosionó a distancia, ensagrentando rostros y manos y dejando un número de ciegos nunca difundido.

El golpe introdujo a Hezbolá en estado de pánico. Aquellos días, cada aparato electrónico —sobre todo en manos de periodistas extranjeros— era considerado potencialmente explosivo. Y las cámaras de vigilancia instaladas por Hezbolá en las calles (a veces modelos baratos pedidos por Internet) estaban tan hackeadas que las imágenes de los ataques llegaban antes a los grupos de la red Telegram en Israel que a los periodistas en Líbano. Poco después, la aviación militar mató a Nasralá.

Años de guerra encubierta

Fue una operación preparada durante años de guerra encubierta. Como la de Jameneí, el pasado día 28.

En Teherán, casi todas las cámaras de tráfico llevaban años pirateadas. Las imágenes —encriptadas, transmitidas a servidores en Israel y combinadas con inteligencia artificial— permitían a los servicios secretos determinar a 2.000 kilómetros de distancia el “patrón de vida” (como se denomina en la jerga) de los guardaespaldas de los líderes iraníes: sus direcciones, horarios de trabajo y rutas habituales, según la reconstrucción del magnicidio que efectuó Financial Times.

Los servicios secretos israelíes también habían logrado acceso a otras decenas de miles de cámaras que el régimen había instalado a toda prisa en la capital, sobre todo a raíz de las protestas de enero, reprimidas con al menos 3.000 muertos, según la agencia Associated Press. Aún así, antes de lanzar las bombas, Israel desactivó también componentes de una decena de torres de telefonía móvil cerca de la calle (Pasteur) donde estaba. Los guardaespaldas no pudieron recibir avisos y sus teléfonos sonaban como ocupados, sin estarlo.

Pese a la importancia —simbólica, política y religiosa— de Jameneí, Nadav Eyal, uno de los principales comentaristas de Israel, da más importancia al magnicidio dos semanas más tarde del también relevante, pero menos, Larijaní. El primero, argumentaba en el diario Yediot Aharonot, “demostró el profundo alcance de la infiltración de la inteligencia israelí en el régimen iraní”, pero bebía también “de una estratagema y del efecto sorpresa”. El de Larijaní, en cambio, puso de manifiesto la “vulnerabilidad” de Teherán para evitarlos.

Israel mató al secretario del Consejo de Seguridad Nacional y figura clave del régimen en una de las distintas viviendas entre las que se movía para dormir sin ser localizado. En la noche del lunes 16, los servicios de inteligencia israelíes recibieron información de Larijaní estaba en una a las afueras de la capital a la que apenas iba, según filtraciones a la prensa local. La aviación lanzó simultáneamente 20 bombas de una tonelada (que destrozan todo decenas de metros alrededor), matando también a uno de sus hijos.

Israel plantó hace dos décadas las semillas que lo permitieron. Entre 2006, cuando 34 días de guerra con Hezbolá dejaron una sensación nada victoriosa en Israel (perdió 121 soldados), y 2008, con la primera de sus ofensivas en Gaza que entonces parecían grandes: la actual superó los muertos de la anterior, más de 1.400, en solo dos días de bombardeos.

La inteligencia israelí comenzó a prepararse entonces “para una guerra que creía que ocurriría con seguridad, tarde o temprano (con Hezbolá); otra que podría ocurrir, con Irán; y una que nunca ocurriría, con Hamás. Y se observan los logros o fracasos basados ​​en esto”, señala Bergman. El resultado: Hezbolá, fuertemente magullada en solo 11 días; Irán, infiltrada, pero en pie pese a los magnicidios; y Hamás, capaz de sorprender a Israel y causar 1.200 muertos. Su establishment político y de seguridad venía tratando de dramáticas las voces internas de alarma.

Consenso

En Israel, estos asesinatos selectivos generan mayoritariamente satisfacción, orgullo y venganza redentora, pese a su ilegalidad y sus problemas éticos. Y a su (dejando de lado la dimensión moral) cuestionable utilidad desde hace décadas en numerosos sitios: de Gaza a Dubái, donde agentes del Mosad disfrazados de tenistas mataron al dirigente de Hamás Mahmud Mabhuh, o a Jordania, donde acabó entregando el antídoto del veneno con el que había intentado matar a otro dirigente de Hamás, Jaled Meshal, en uno de sus mayores fiascos.

Avi Issacharoff, periodista israelí especializado en asuntos palestinos, exmiembro de una unidad de elite y coautor de la conocida serie de televisión Fauda, señala que, pese a ser “motivo de gran satisfacción para la población israelí e incluso para los medios de comunicación”, “no han logrado precipitar cambios tangibles”. Pone como ejemplo a la milicia libanesa Hezbolá: el sucesor de Nasralá, Naim Qassem, carece de su autoridad y aura. Su oratoria acartonada y falta de carisma han sido, de hecho, objeto de mofa. Pero ha “logrado estabilizar a Hezbolá” en poco más de un año, y lanza estos días decenas de cohetes y drones contra Israel.

Incluso fuera de Israel, todo lo relacionado con su espionaje causa una mezcla de fascinación (por las operaciones más atrevidas) y repulsa, incluido por las muchas víctimas colaterales que quedan fuera de los titulares. Sobre todo si aparece el Mosad. Libros, películas y series de televisión contribuyen a imaginarlo en todo lo que sucede en los cinco continentes, alimentando tanto a quienes se benefician de su temible imagen de ubicuidad como a los antisemitas que siempre ven una misteriosa mano judía.

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