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El arresto del expríncipe Andrés fuerza al Gobierno británico y a Carlos III a arrojar luz sobre los puntos oscuros de los Windsor

Los partidos políticos aprueban por unanimidad la publicación de documentos oficiales sobre las actividades del hermano del monarca

Peter Mandelson, entonces comisario de Comercio de la UE, recibe en Bruselas a su amigo el príncipe Andrés el 7 de junio de 2007.Yves Logghe (AP)

El pasado 24 de febrero, en un ejercicio insólito de parlamentarismo, los diputados británicos se despacharon a gusto con un miembro de la familia real. En concreto, con el expríncipe Andrés. Pero fueron más allá, al preguntarse por primera vez quién sabía y desde cuándo de sus desmanes.

Los usos y costumbres de la Cámara de los Comunes se habían aplicado hasta entonces de manera estricta, para impedir cualquier comentario de opinión sobre los Windsor. Hasta esa semana, cuando muchos ciudadanos tuvieron que pellizcarse para comprobar que lo que veían era cierto: la policía se llevaba arrestado de su propio domicilio al hijo favorito de la reina Isabel II para interrogarle a fondo sobre su relación con el multimillonario pederasta Jeffrey Epstein.

“Un hombre rudo, arrogante y que se consideraba con derecho a todo, incapaz de distinguir entre el interés público que aseguraba estar defendiendo y su propio interés privado”, definía a Andrés el secretario de Estado de Comercio del Gobierno laborista, Chris Bryant. Fue la sesión en la que todos los grupos parlamentarios, sin necesidad de debatirlo, respaldaron una moción por la que se ordenaba la publicación de todos los documentos relacionados con el tiempo en que el expríncipe ejerció de Enviado Especial del Gobierno para la Promoción del Gobierno Exterior, bajo la condición de que esos papeles no vieran la luz hasta que concluyeran las pesquisas oficiales en curso sobre Andrés.

La Policía de Thames Valley le investiga por un supuesto delito de comportamiento inadecuado en el desempeño de un cargo público. Sospecha que Andrés filtró información comercial confidencial del Gobierno a su amigo Epstein.

Los calificativos de Bryant eran gruesos, y acapararon titulares. Pero mucho más relevante fue la segunda parte de su declaración: “Claro que sabíamos desde hacía mucho tiempo lo que ahora es de dominio público. Está muy bien lamentarse y decir ‘si hubiéramos sabido entonces lo que sabemos ahora’, pero me temo que eso ya no vale. Porque de hecho, recibimos un montón de advertencias”, reconocía el miembro del Gobierno de Starmer.

Los políticos miraron para otro lado durante mucho tiempo, pero también la casa real. Y aunque Carlos III ha intentado levantar una barrera que los proteja frente al escándalo de Andrés, tanto a él como al príncipe heredero, Guillermo, la caída en desgracia de su hermano ha abierto la veda. Se acumulan las preguntas sobre el modo en que el palacio de Buckingham manejó durante todos estos años (15 desde que saltó la primera foto que vinculaba al entonces duque de York con Epstein) todo este escándalo.

“La casa real debe comenzar a hacer públicos todos los documentos que recibieron en el palacio de Buckingham relativos al tiempo en que [Andrés] fue Enviado Especial para el Comercio Exterior. Sé que hay miles de documentos guardados. Deberían, entre otras cosas, comenzar a mostrar todas las quejas y críticas internas que recibieron durante más de 15 años”, señala a EL PAÍS el historiador Andrew Lownie, autor de Entitled: The Rise and Fall of the House of York (William Collins, 2025; Privilegiado: auge y caída de la Casa de York), una sentencia demoledora y definitiva de 450 páginas contra el hermano del rey que ya contenía parte de las informaciones que ahora parecen haber sorprendido a tantos. “Hasta el pasado mes de diciembre, seguían dando instrucciones a la policía para que no hablaran con los periodistas. Ahora parece que han dado instrucciones para que lo hagan. Deben dejar claro a todos los que participaron en esos viajes con Andrés —agentes, secretarias, mayordomos… todo el mundo— que están obligados a contar todo lo que vieron”, señala.

Lo que Carlos III sabía… y también su madre

Cuentan ahora las filtraciones interesadas que el actual rey se opuso desde un principio a que su hermano se pusiera al frente de una misión tan comprometida y tentadora como la promoción del comercio exterior. De hecho, el principal padrino de Andrés fue su amigo Peter Mandelson, miembro del Gobierno de Tony Blair. Fue Mandelson, actualmente en libertad bajo fianza, e investigado por la policía por el mismo delito que el expríncipe, la filtración a su amigo Epstein de información económica confidencial, quien más defendió el nombramiento del hijo de la reina. Con el beneplácito y el apoyo de Isabel II, cuyo papel a la hora de proteger y consentir a Andrés comienza a ser cada vez más evidente.

No solo a la hora de nombrarle para ese puesto. También a la hora de mantener su ritmo de vida, preservar sus títulos y privilegios o ayudarle a pagar el acuerdo extrajudicial millonario con el que intentó acallar las acusaciones de agresión sexual que presentó contra él Virginia Giuffre, una de las víctimas de Epstein.

“Por supuesto, está claro que ocultó todo para protegerle. Sin ir más lejos, hace unos días revelaba la BBC que los masajes que recibía en sus viajes como enviado especial corrían a cargo del contribuyente. Cuando los contables quisieron cuestionar estos cargos, la respuesta fue ‘todo ha sido aprobado por la reina, dejad de preguntar”, recuerda Lownie.

Las dudas que surgen se remontan de lleno al reinado de Isabel II, pero delatan sobre todo un modo de proceder, por parte de todas las instituciones, en el que la autocensura o la presunción de lo que podría o no agradar al palacio guiaron muchas decisiones que hoy aparecen como de escaso juicio.

“Por lo que alcanzo a ver, hay al menos cuatro departamentos del Gobierno que tienen que ofrecer respuestas. Fue Downing Street [la residencia y oficina del primer ministro, entonces Tony Blair] quien nombró a Andrés Enviado Especial para el Comercio Exterior en 2001. Desempeñó el cargo en nombre del Ministerio de Comercio e Industria. El Ministerio de Exteriores organizó sus viajes. Y la seguridad la proporcionó la Policía Metropolitana, que respondía ante el Ministerio del Interior”, ha señalado a la BBC el historiador y documentalista Robert Hardman, autor de Carlos III: Nuevo reinado. Nueva corte. La Historia desde dentro, la biografía más rigurosa hasta la fecha del actual rey. “Aparte de todas las preguntas que deben ser respondidas por parte del palacio de Buckingham, también ellos deben ofrecer respuestas. Esta cola es muy larga”, señala.

El arresto de Andrés ha llevado a las instituciones británicas a atravesar un umbral en el que han dejado atrás un escándalo para entrar de lleno en una crisis constitucional. Cualquier intento de dar una patada hacia adelante a la pelota, para intentar ganar tiempo, solo servirá para aumentar la presión de políticos, periodistas y ciudadanos que reclaman cuanto antes respuestas dilatadas durante demasiado tiempo.

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