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Starmer afronta una crisis interna tras revelarse que nombró embajador a Mandelson pese a las advertencias de su relación con Epstein

Los diputados laboristas se rebelan contra el Gobierno por su gestión del escándalo

Keir Starmer

Los nuevos documentos del multimillonario Jeffrey Epstein, publicados la semana pasada por el Departamento de Justicia estadounidense, han creado una tormenta en el Reino Unido que se extiende más allá de la familia real y de sus problemas con el expríncipe Andrés. Los datos surgidos en torno a la relación del financiero con Peter Mandelson, el veterano político que participó junto a Tony Blair en la fundación del llamado Nuevo Laborismo, amenazan con provocar una crisis de Gobierno que afectaría al propio primer ministro, Keir Starmer. Los diputados laboristas están rabiosos por la torpeza de un primer ministro que echó mano de un personaje del que le advirtieron que estaba contaminado.

Fue Starmer quien se empeñó, contra viento y marea, en nombrar a Mandelson, conocido como “el príncipe de las tinieblas” por su habilidad para manejarse en la sombra política y forjar alianzas, como nuevo embajador en Washington hace ahora un año. Las habilidades del personaje y sus buenos contactos en la capital estadounidense le convertían en el agente idóneo para tratar con la Administración de Donald Trump. Ocho meses después, Mandelson dimitió cuando salieron a la luz los primeros documentos de Epstein y revelaron una complicidad intensa entre ambos.

Starmer ha comparecido este miércoles en el Parlamento, para hacer frente a la sesión de control semanal. Allí ha intentado contener la avalancha, y mostrarse firme y duro con Mandelson, al que ha acusado de “traicionar a su país”.

“Mintió repetidamente a mi equipo al ser preguntado sobre su relación con Epstein, antes y después de su nombramiento como embajador. Me arrepiento de haberle nombrado. Si hubiera sabido lo que hoy sé, no le habría permitido acercarse a mi Gobierno”, ha respondido Starmer al acoso de la oposición respecto a este asunto.

Pero el primer ministro ha tenido que admitir también que fue advertido, durante el proceso de selección, de que Mandelson había mantenido una relación, al menos cuestionable, con Epstein en los años previos.

Aunque se ha comprometido a entregar a la policía y hacer públicos todos los documentos de Downing Street referentes al proceso de nombramiento como embajador del exministro de Blair y de Brown, no ha podido evitar una rebelión interna en las filas del propio grupo parlamentario laborista. En la propuesta inicial del Gobierno, este se reservaba el derecho a no entregar la información “que afectara a la seguridad nacional”.

Ha sido Angela Rayner, la defenestrada ex vice primera ministra y hoy rival de Starmer, la que ha encabezado la revuelta, al exigir en sede parlamentaria que fuera la Comisión de Inteligencia y Seguridad del Parlamento la que asumiera la competencia de decidir qué documentos se entregaban y cuáles no.

Era un modo de expresar la desconfianza de muchos diputados de la izquierda con Starmer y con su asesor Morgan McSweeny, al que culpan del giro a la derecha de muchas decisiones del Gobierno y de haber impulsado el nombramiento de Mandelson. El equipo del primer ministro ha cedido para frenar la revuelta, pero el escándalo amenaza con ser un quebradero de cabeza creciente para Downing Street.

La Policía Metropolitana de Londres ha abierto una investigación formal sobre Mandelson. Los papeles de Epstein revelan que presuntamente filtró información financiera confidencial al multimillonario estadounidense cuando el político formaba aún parte del Gobierno de Gordon Brown. Era en 2009, en medio de la crisis financiera, cuando los ciudadanos habían estallado de rabia contra los banqueros.

Mandelson intentó frenar en un principio el escándalo dándose de baja del Partido Laborista, incapaz de entender la tormenta que se avecinaba. Ha acabado abandonando la Cámara de los Lores, ha sido despojado de todos sus títulos y se enfrenta a una investigación que puede derivar en peticiones de penas de cárcel.

Y, sobre todo, ha contribuido a volver a poner contra las cuerdas a Starmer.

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