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En una isla del Báltico, Dinamarca se refuerza ante Rusia pensando en realidad en Groenlandia

En “un mundo que se tambalea”, los daneses se sienten amenazados desde el Este en Bornholm y ahora desde el Oeste por EE UU

Esta isla turística del tamaño de Ibiza se prepara por si al enemigo se le ocurriera atacar. En los últimos meses han llegado más soldados. Se construyen nuevos hangares en la base militar. La semana pasada se estrenaron 11 nuevos vehículos blindados que deben disuadir cualquier intento de invasión. Dinamarca es un país pequeño y no quiere arriesgarse a que una potencia nuclear devore un trozo de su territorio.

“Cada vez estamos mejor preparados, y ya hemos llegado a un cierto nivel”, declara a EL PAÍS el general Peter Boysen, jefe del Ejército de Tierra danés. “Lucharemos con lo que tengamos, pero necesitamos acelerar y reforzarnos, y es lo que estamos haciendo”.

La isla de Bornholm, en el mar Báltico, es el lugar más oriental de Dinamarca. Rusia está a 300 kilómetros y de ahí viene la amenaza de la que habla el general Boysen. Pero los daneses se enfrentan al mismo tiempo a otro peligro. En el otro extremo del Reino, el más occidental, y en una isla 3.700 veces más grande que Bornholm, la amenaza viene del máximo aliado, Estados Unidos, y de su presidente, Donald Trump, quien pretende hacerse con Groenlandia, “por las buenas o por las malas”.

Y así es como Dinamarca y estas dos islas ―la diminuta Bornholm y Groenlandia, la más grande del mundo― están atrapadas entre Rusia, el viejo rival de la Guerra Fría, y EE UU, la (en teoría) potencia protectora. “Por primera vez en 80 años, nos vemos amenazados por ambos lados”, analiza en Copenhague Jonas Parello-Plesner, director ejecutivo de la fundación Alianza de Democracias y exdiplomático danés. “Estamos en un mundo que se tambalea”.

Desde Copenhague, el avión tarda 25 minutos a Bornholm, al sur de Suecia y al norte de Polonia. Los ecos de Groenlandia alcanzan la capital, Ronne, laboratorio de la remilitarización de Europa, donde se dice medio en broma: “Ojalá Trump no se fije en esta isla”. El alcalde, Frederik Trolstrup, lamenta en tono más grave: “Estados Unidos era antes una fuerza beneficiosa para el mundo. Ahora quieren una parte de este Reino. Es triste”.

Viernes, 9 de enero. Almegaards Kaserne, el cuartel que, desde el verano pasado, acoge al Regimiento de Bornholm. Ese día, en Washington, Trump está repitiendo que no descarta la fuerza para conquistar Groenlandia y, mientras tanto, en uno de los hangares del cuartel, aún en obras, se presentan a la prensa y a las autoridades militares los recién llegados Patria 6x6. Son los blindados de infantería, de fabricación finlandesa, que deben servir para proteger a la isla ante otro presidente con ambiciones territoriales: el ruso Vladímir Putin.

“Necesitamos soldados en la isla de Bornholm. Es el lugar del Reino más cercano al enemigo”, comenta en el hangar el coronel Lars Nygaard, jefe del Regimiento. “Esto es como un portaviones, pero inmóvil”, dice el jefe del Ejército de Tierra, el general Boysen, que habla castellano tras vivir cuatro años en España, y añade: “Estamos en medio del mar Báltico. Es un área sensible. Por eso es importante, para nosotros, mostrar al enemigo potencial que estamos preparados para defender Borholm”.

La isla de Bornholm siempre fue un “área sensible”. Durante los años de la ocupación nazi era “un lugar somnoliento, con más caballos que automóviles”, como lo describe Ken Follett en la novela Vuelo final, que sucede en aquella época y este escenario. Al caer Hitler, la isla fue a parar a manos de la URSS. “En el cuartel general soviético en Ronne hay retratos del rey Cristian y la reina Alejandrina, y ninguno de Stalin”, contaba un corresponsal de The New York Times. “Los daneses mantienen la administración civil en Bornholm, pero el control ruso de todas las cuestiones militares equivale a la soberanía de Moscú sobre la isla”, añadía. La llamaban “la Dinamarca rusa”, y duró diez meses, entre 1945 y 1946, hasta que los soviéticos aceptaron marcharse y devolverla a Dinamarca. De aquella época queda un cementerio ruso y la conciencia de que un día este podría volver a ser un eslabón débil del Reino.

Al final de la Guerra Fría, se redujo la presencia militar danesa. Pero con la invasión de Ucrania por parte de Rusia en 2022, la tensión regresó al Báltico. Las señales eran visibles: la explosión, en septiembre de aquel año, del gasoducto ruso Nordstream, a unos kilómetros de Bornholm; la cercanía con el enclave ruso de Kaliningrado; o la flota fantasma que furtivamente navega por estas aguas.

Y hasta llegar aquí, en la Almegaards Kaserne, donde se construyen hangares, llegan soldados y se estrenan los Patria 6x6. El general Boysen se pone al volante de uno de ellos y nos lleva por abruptos terrenos helados y llenos de baches. De vuelta al cuartel, explica: “No hay amenazas directas contra Bornholm, en estos momentos, pero debemos estar listos. Es la mejor manera de evitar la guerra”.

Si se le pregunta por Groenlandia, Boysen responde: “Es una cuestión política, así que me abstendré de hablar de esto”. Cuando se le menciona el Real Decreto de 1952, citado en la prensa danesa, que obliga a los soldados daneses a luchar si su territorio es atacado (y esto es válido también si el agresor es un aliado), afirma: “Si eres soldado, en cualquier lugar, y te ataca un país extranjero, tienes el derecho de defenderte y a defender a tu país”.

Dinamarca, tras la II Guerra Mundial, no fue neutral, como la vecina Suecia, ni pacifista. Basta visitar el monumento a los caídos en la ciudadela de Copenhague para entenderlo. “Un tiempo, un lugar, un ser humano”, se lee en una inscripción sobre la piedra. La lista de nombres lo refleja, así como los lugares donde cayeron, desde Gaza en los años cincuenta a Afganistán e Irak, donde murieron 52 personas, un testimonio del precio de la lealtad hacia EE UU. Pero hoy la Casa Blanca hostiga a Dinamarca, y la prioridad de las fuerzas armadas ya no son las guerras lejanas, sino la protección de la soberanía nacional.

“Pensábamos muy poco en la defensa territorial”, reflexiona Parello-Plesner. “Ahora, de golpe, con Ucrania, no estamos en primera línea [ante Rusia], pero sí en la segunda línea, precisamente en Bornholm. Y en el otro lado, en el oeste, estábamos acostumbrados a tener a nuestro amigo, socio y aliado”.

Ya no, y todo esto está bien presente en la isla del Báltico. “Si queremos enviar un mensaje a Estados Unidos”, dice un soldado durante una conversación informal, “podríamos enviar a Groenlandia a nuestros muchachos de Bornholm”.

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Sobre la firma

Marc Bassets
Es corresponsal de EL PAÍS en Berlín y antes lo fue en París y Washington. Se incorporó a este diario en 2014 después de haber trabajado para 'La Vanguardia' en Bruselas, Berlín, Nueva York y Washington. Es autor del libro 'Otoño americano' (editorial Elba, 2017).
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