Yerai Cortés: “El flamenco no se estudia en casa, tienes que salir a tocar con tus primos a la calle”
Un año después de ganar el Goya, y tras una gira triunfal y un accidente, el músico presenta ‘Popular’, un disco moderno y flamenco que ha conseguido gustar a flamencos y modernos


Repiquetea la copa de cristal con sus uñas largas de guitarrista. A Yerai Cortés (Alicante, 30 años) le encanta la decoración del Botín, nos dicen al llegar. Tras ver los cochinillos y probar el jamón, propone quedarse a comer en el restaurante más antiguo de Madrid. No podrá. Una avalancha de turistas invade el local y antes de que adviertan la presencia de un real flamenco star salimos pitando a una terraza donde sirven nachos con queso naranja fosforito. Nada más reanudar la entrevista un músico itinerante se arranca con un tema de Los Panchos. “Solo falta que nos cague una paloma y acabemos todos abrazados”, bromea el músico. “Al menos hay sol”.
Cortés conserva ese aura de niño que nunca ha pedido atención, y por eso nunca ha dejado de recibirla. A los 17 años, en Alicante, con una guitarra y una melena que le llegaba por el culo, enamoró a toda una cantante venida de Madrid, de presencia imponente y voz milagrosa, llamada Tania García, La Tania. Algunos años después, en una fiesta organizada por el productor musical Javier Limón, la historia se repitió con Antón Álvarez, C. Tangana, quien tras verle tocar junto a la cantaora Montse Cortés, acabó haciendo un documental sobre su historia familiar.
En 2025 la película, que se llamó La guitarra flamenca de Yerai Cortés, igual que el disco, ganó el Goya a mejor documental, y Cortés se llevó el de mejor canción original. En un año, pasó de ser un guitarrista bien valorado y conocido en el mundillo del flamenco a tener un lugar en el mainstream y en el catálogo de Sony. Un éxito que a muchos les resulta indigesto, pero que a él le ha empujado a seguir. De ahí nace Popular, su segundo álbum, publicado la semana pasada, y hace referencia a ese nuevo estatus. “Al acabar el primer disco y la película me sentía lleno de cosas que contar”, dice.

Cortés ha sabido pulsar esa misteriosa tecla que activa el interés del público. Su flamenco es minimalista, masticable, emotivo: su virtuosismo no pasa por la verborrea de notas, sino por un uso delicado del silencio. Además de un lavado estético, se ha rodeado de productores que introducen, con prudencia, elementos del pop contemporáneo, abriendo su música a públicos muy distintos. Este verano tocará en el BBK de Bilbao, ante una audiencia muy alejada de la solemnidad de citas como el Festival de Jerez o la Bienal de Sevilla. “Habrá gente que no ha dormido en dos días. Pues que canten, que canten a voz en grito”, afirma.
Cortés no llega a permitir que se le caiga del todo esa máscara que todos llevamos. Pero sí lo suficiente para intuir a alguien a quien no le cuesta improvisar, que sabe contar historias, y que busca el humor y la celebración ante lo que venga. “Es cierto que yo no me castigo. Tampoco soy alguien que se conforme. Pero sí abrazo el momento vital en el que estoy, y cómo toco, cómo escribo en cada momento, porque al final lo que me interesa es eso: sacar una fotografía de ese instante, ¿sabes?”
“No disfruto tanto cuando me meto al estudio: hay claqueta, se pincha, se corta… Me mola más dejarlo fluir. Y si hay algún fallo, algún error, también hacerlo parte de la obra. No intentar embellecerlo”
Un buen resumen de su actividad como artista es la de querer sacar la luz de la oscuridad, convertir las desgracias en algo parecido a un final feliz. Su primer disco indagaba en la turbulenta relación entre sus padres y, sobre todo, en la figura de su hermana Tania —no confundir con La Tania—, a quien durante años creyó su tía. Aun así, lo que Cortés le repetía a Tangana es que quería un final feliz para la historia, un final Disney. “Yo soy fan de El Rey León”, confiesa. “Y creo que aunque sea una historia dramática al final te deja buen cuerpo”.
El experimento fue un triunfo. Cada uno a su manera, conectando más con las canciones que con las confesiones personales de la película, sus padres entendieron esa pena que Cortés arrastraba desde pequeño. Esa pena que le causaba tantos años de silencio. “La nube negra se esfumó. En lugar de tenerla encima, como que ahora la tengo muy bonita puesta, ¿sabes? La he convertido en una escultura preciosa que forma parte de la historia. Como los cuadros de guerra. Hay cuadros de gente matándose, pero el cuadro es eso y, aun así, forma parte de la historia”.

Tras esa herida, sin embargo, se abrió otra. Cuando ya tenía en la cabeza las canciones y la forma que iba a tomar el disco, Cortés se rajó un tendón al coger una copa de una estantería con puerta de cristal. La lesión le dejó siete meses sin poder tocar la guitarra y le obligó a concebir más de la mitad del álbum sin instrumento, desde la cabeza. “Cambió mi relación con la guitarra y mi forma de entender el arte”, asegura. “Descubrir que puedo escribir canciones en las que la guitarra no es la prota también me hace muy feliz. Toda la creatividad que hay alrededor del disco —el concepto, lo visual, el porqué de la movida, cómo escribir—, toda esa parte también me interesa”.
Fue su padre, Miguel, a quien le dedicó la canción Maikel Nai en el primer disco, quien le puso una guitarra en la mano cuando era pequeño, como a otros niños se les pone un balón de fútbol en el pie. No todos los guitarristas de flamenco tienen que ser Paco de Lucía. Cortés crea desde la sencillez, desde una mirada amable y oxigenada hacia el instrumento, lejos de la obsesión. En lugar de imponerse una rutina de horas, encuentra su método en el caos. “No sé lo que es la rutina”, reconoce. “Pero eso sí: no hay un solo momento del día en el que no piense en la guitarra”.
“Tengo amigos que me dicen que se levantan 20 minutos antes para meditar, y yo digo: ‘¿Qué guapo, ¿no? Pero cuando me explican que meditar es quedarte solo, cerrar los ojos, repetir una nota una y otra vez hasta que la cabeza deja de pensar… me digo: ‘Si eso a mí ya me lo da el instrumento”
Así ha conseguido algo poco habitual en una industria que vive un renovado interés por el flamenco, con voces como Ángeles Toledano, María José Llergo, Rocío Márquez o, por supuesto, La Tania. Cortés es el único que ha llegado ahí desde el dominio de un instrumento —la guitarra— y la originalidad en la composición. “Hay gente que toca mucho la guitarra en su casa y luego le cuesta tocar en el escenario. Yo dejo mucho espacio al azar. Y eso me da paz, decir: ‘Coño, es que puedo hacer lo que quiera’. Si un pasaje un día me parece muy complicado, no lo hago; me invento otra cosa en el momento y lo soluciono”.
Popular nace de un directo que ha girado durante dos años y que en Madrid pasó por el Teatro Real, al que ahora ha sumado nuevas composiciones. En ese espectáculo, el guitarrista alicantino salía acompañado de seis mujeres, palmeras y bailaoras profesionales, a las que ponía a cantar por primera vez. “Lo que me molaba era que no cantaran del todo guay, que se viera la imperfección, el desorden, que sonara más a pueblo, a plaza”. El único problema, bromea, es que después de decenas de actuaciones por toda España, todas han acabado afinando perfectamente.

Aunque no cante, Cortés es el autor de las letras. Tanto en la temática como en la forma de presentarlas, se ha alejado de cierta tradición del flamenco, donde muchas veces los temas se titulan simplemente con el nombre del palo. Se inspira en formas populares como la copla y en el lenguaje de la calle. “El flamenco no se estudia con un libro y un lápiz, tú solo en tu casa. También tienes que salir a tocar con tus primos, a la calle; si no, no te enteras”, dice. Y remata con una cita de Manuel Machado: “Hasta que el pueblo las canta, las coplas, coplas no son; y cuando las canta el pueblo, ya nadie sabe el autor, ¿no?”.
Al inicio de La guitarra flamenca de Yerai Cortés, C. Tangana aparece sentado en el Café Gijón recordando la primera vez que lo vio, en la famosa fiesta de Limón. Lo que más le llamó la atención fue “que los modernos le trataban de moderno, y los gitanos le trataban de gitano”. En su primera obra posdocumental, Cortés asegura seguir encajado entre ambos mundos, aunque a veces se decante uno de ellos. “Yo le decía a Arto, mi productor: ‘Vamos a meternos al estudio y vamos a ser los más contemporáneos del mundo entero. Vamos a hacer cosas modernas’. Y cuando nos hemos dado cuenta, el álbum se ha quedado en… yo creo que en un álbum bastante tradicional”.
“A muchos modernos les han gustado las partes más complicadas y a muchos flamencos las partes más pop”
Cada una de las canciones es un palo flamenco, toca por farruca, por serrana, hay unos verdiales, unas cantiñas, una colombiana. Como ya hiciera en su primer álbum, todas están grabadas en directo, sin mezclar las voces por separado. “Creo que es una forma que me representa bastante y que me gusta. No disfruto tanto cuando me meto al estudio: hay claqueta, se pincha, se corta… Me mola más dejarlo fluir. Y si hay algún fallo, algún error, también hacerlo parte de la obra. No intentar embellecerlo”.
Hay una especie de ley no escrita: cuando algo se altera dentro de un sistema, este tiende a resistirse. Sin embargo, en el caso del flamenco, la reacción de los más puristas no ha sido negativa. “A muchos modernos les han gustado las partes más complicadas y a muchos flamencos las partes más pop”, dice. Su mayor temor era que exponer los secretos familiares resultara demasiado agresivo. “Nosotros lo expresamos con el arte y luego somos más callados a la hora de hablar entre nosotros. Y hay también algo muy masculino en eso, ¿no?”. Pero ocurrió justo lo contrario. “Les ha dado igual la bulería, la seguiriya… Lo que me han dicho es: ‘Qué bonito que hayas contado la historia, tío. Porque a mí un día me pasó algo parecido”.
La vida, dice, le ha ido llevando. Lo que en cierto modo equivale a decir que ha tenido suerte. Aquel flechazo con Tania García, que le llevó a cometer lo que en su ambiente familiar era una locura —mudarse con una paya a Madrid con 17 años—, le salió tan bien que hoy en día siguen juntos. En Madrid se mezcla con todo tipo de gente: modernos, flamencos, gitanos. Tiene necesidad de lo social. Y, de vez en cuando, también necesita desaparecer. “Tengo amigos que me dicen que se levantan 20 minutos antes para meditar, y yo digo: ‘¿Qué guapo, ¿no? Pero cuando me explican que meditar es quedarte solo, cerrar los ojos, repetir una nota una y otra vez hasta que la cabeza deja de pensar… me digo: ‘Si eso a mí ya me lo da el instrumento”.
Maquillaje y peluquería: Lucas Margarit (Another Artist). Asistente de fotografía: Ángel Vidarte. Agradecimientos: Casa Botín (Madrid).


























































