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¿Qué es y por qué triunfa el pop pijo en España? “El modernete canta sobre la ansiedad, pero yo me permito hablar de Dios”

Avenida, Inazio o Besmaya son grupos nacidos tras el éxito de Taburete y formados por jóvenes de entorno conservador. Encarnan un fenómeno heterogéneo e incómodo para algunos, pero claramente en auge

Avenida, de izquierda a derecha: Nacho Gómez, Jacobo Lois, Borja Carrera, Loren Marquina y Pablo Medina.Sam Scasso

Los chicos del grupo Avenida reciben donde nacieron como banda: el Colegio Mayor Moncloa de Madrid, gestionado por el Opus Dei, con mesa montada a doble cubierto y servilleta de tela. Desde que Chuck Berry inventó el rock en los años cincuenta, el mundo de la música no había visto unos modales como estos. Al terminar el segundo plato, uno de ellos se come la pera conSí cuchillo y tenedor, y otro hace lo propio con el plátano. “Nos lo enseñaron en protocolo, pero es una tontería”, se justifica uno de ellos. “Te sirve para no quedar como un maleducado con los padres de tu novia”, discrepa otro. Lanzo entonces la pregunta: si vuestro suegro se come el plátano con la mano, ¿os lo coméis igualmente con cuchillo y tenedor? Se descojonan.

Unas semanas antes, con solo tres canciones publicadas, este quinteto de universitarios tenía más de 100.000 oyentes en Spotify y había vendido todas las entradas de la Sala Sol de Madrid dos noches seguidas. El ambiente era animado, como una reunión de todos los malotes de la clase. Los bigotes y pantalones anchos de moderno habían sido sustituidos por mocasines y jerséis anudados al cuello. A mitad del concierto, uno de los vocalistas, Lorenzo, tomó el micro con cara de ir a hacer una trastada: “No vamos a esconder de dónde venimos, ni cuáles son nuestras raíces. ¡Un, dos, tres, cuatro! ¡Cayetano! ¡Cayetano!” La sala se rompió al escuchar el tema de Carolina Durante.

Avenida es el ejemplo más claro y reciente de la ola de música pija en España. Lo pijo, explica la periodista Raquel Peláez en su libro Quiero y no puedo (Blackie Books, 2024), es un concepto escurridizo. Todo el mundo puede ser el pijo de alguien. Ser pijo, además, no tiene que ver necesariamente con pertenecer a una clase privilegiada o acumular poder, a veces es solo una cuestión estética o ideológica.

En España, el ejemplo clásico de grupo pijo es Hombres G. Ellos no se percibían como tales y, de hecho, la película Sufre Mamón trata de una vendetta contra un über pijo llamado Ricky Lacoste, que le había robado la novia a Summers. Obtener la categoría de pijo apenas dependía del origen social. Hombres G proceden del madrileño Parque de las Avenidas, un barrio de clase media-alta, pero que está lejos de ser exclusivo. En cambio, a los Nikis, pese a venir de un entorno similar se les clasificaba como punk. La teoría del periodista Diego A. Manrique es que Hombres G degradó el espíritu gamberro de grupos como Siniestro Total, rebajándolo del punk al pop: rebeldía vacía de contenido. Buenos chicos que se van de fiesta.

“Estamos más cerca del ‘indie’. Tenemos un público pijo, pero no más que el que pueda tener carolina durante”
Besmaya

Se podrían citar otros ejemplos como Pignoise o El Canto del Loco quienes, de nuevo, no por su origen social, sino por el tipo de música y público que tienen, encajan dentro de este grupo. Pero nada que ver con la explosión actual que empezó con Taburete y ha culminado con artistas y grupos como Inazio, Besmaya, Malmö 040, Mafalda Cardenal o Hey Kid. Estos artistas, que no suelen aparecer en las revistas musicales, acumulan cientos de miles de oyentes (algunos, millones) y han llamado la atención grandes sellos discográficos y festivales.

Sin embargo ellos no se reconocen como parte de ningún movimiento o generación musical y defienden que sus propuestas no tienen demasiado en común. Pero, más allá de las particularidades de cada proyecto, resulta evidente que comparten un terreno sonoro que facilita que conecten con un mismo público. Es pop con un fuerte componente de épica emocional y estribillos que parecen creados para ser coreados por el público de un festival. Pueden recordar a grupos relativamente recientes como Morat, que a su vez remiten a Mumford & Sons. En los ochenta se les hubiera etiquetado como pop-rock, término que es a la música lo que “centro” a la política: una etiqueta tan neutra que en realidad no significa nada.

“Eso de la música para pijos siempre me ha parecido una auténtica gilipollez”
Willy Bárcenas

“Ahora hay muchísimos más artistas a los que podríamos llamar —odio la palabra— pijos. Solo hay que ver los carteles de los festivales”, señala Gonzalo Marrón, manager de Inazio, y uno de los impulsores de esta nueva ola musical. Cofundó el festival Jardín de las Delicias, que reúne cada año a muchos de estos artistas. En 2017 se dio cuenta de que había un gran vacío, un nicho sin explotar. “La idea era hacer un festival para gente que no fuese a festivales”. Para ello se basó en las playlists de sus amigas. Antes los festivales estaban muy marcados, explica, por géneros muy concretos: electrónica, indie, reggaeton... “Si quería ir alguien pijo se tenía que disfrazar. Ahora cada uno va a donde le apetece”, celebra.

Avenida es el final del proceso de aceptación de la estética pija dentro de la música. Javier Navarro, su mánager, quien les contactó tras solo tres vídeos subidos, desvela su secreto: “Se ve lo que son, y son lo que se ve”. Despojados de complejos, la banda incluso ha grabado un spot con el pequeño Nicolás. “Nos llamaban Celta de Pijos y cosas así”, recuerda uno de ellos. “Pero la verdad es que no nos ofendemos. No nos están diciendo nada que no seamos. Cantamos Cayetano y hacemos una publicidad con el pequeño Nicolás un poco para decirle a la gente que no nos acomplejamos”.

Sus antecesores, Taburete, no tuvieron elección. “Nosotros no podíamos disfrazarnos de nada. La gente sabía de dónde venía y cuál era mi apellido”, dice Guillermo Bárcenas, cantante y fundador. El grupo nació en 2014, un año después de que estallara el gran caso de corrupción del Partido Popular. El primer público que acudía a verles, recuerda Bárcenas, era gente pija. Pero, a medida que fueron sumando oyentes, pasaron a salas más grandes y les invitaron a festivales, su audiencia se diversificó. “Cuando vendes 17.000 entradas, ya no eres un grupo de nicho”, afirma Bárcenas, que acaba de sacar su sexto álbum con Taburete, El perro que fuma, y llenó el Movistar Arena el pasado mes de diciembre.

“No nos ofendemos. no nos están diciendo nada que no seamos”
Avenida

“A mí eso de la música para pijos siempre me ha parecido una auténtica gilipollez”, añade Bárcenas. “Taburete, durante muchos años, fue un islote en el mundo de la música. Y creo que ha servido —porque me lo han dicho ellos— para que muchos chavales se den cuenta de que se puede hacer una carrera dentro del mundo de la música”. Hay mucha gente, sostiene Bárcenas, que viene de familias en las que lo normal y lo que se espera es estudiar económicas o derecho, y no considera una opción ser artista. “Nosotros teníamos referentes musicales, claro, pero no veíamos a chavales como nosotros en este mundo. Hemos abierto esa puerta”.

No todos quieren subirse a la ola. Desde Sony aseguran que “Mafalda Cardenal no es una artista encasillada en un público acomodado, sino la voz de esta nueva generación”. Besmaya, el dúo formado por Javi Ojanguren y Javi Echavarri y que el año que viene publicará el disco La Vida de nadie, también se desmarca de esta tendencia musical. “Estamos más cerca del indie”, aseguran. “Tenemos un público pijo, pero no más pijo del que pueda tener Carolina Durante o Cupido”. Amigos y colaboradores de Íñigo Quintero, que en 2023 convirtió el pop cristiano español en un fenómeno mundial con Si no estás, que acumula 977 millones de escuchas en Spotify, celebran, eso sí, que en los últimos tiempos se hayan abierto huecos para hablar sobre ciertas temáticas como, por ejemplo, la fe, que ellos han tratado puntualmente.

“Y tampoco entendemos esta cacería social hacia los pijos”, dice uno de ellos por teléfono, desde el interior de su coche. Se quejan de que se hable mucho de los pijos, pero no de los nepobabies, hijos de cantantes establecidos, que hay en la industria. “La música se vende como un lugar muy inclusivo y abierto, pero muchas veces al final no lo es tanto. Al establishment le molesta que venga gente diferente”. ¿Al establishment? “Bueno, pues lo que tú dices: esa parte más progresista, más modernita”.

Todos estos grupos se acercan, en mayor o en menor medida, al pop como género. Héctor Sanahuja, músico y politólogo, observa que la temática de las canciones de estas bandas suele ser casi siempre el amor. “No existe ningún tipo de transgresión, nada disonante ni incómodo, son la encarnación del orden”. Este aspecto, según Sanahuja, les aleja de discursos radicales. “La extrema derecha tiene un discurso supuestamente rebelde y contestatario frente al sistema, algo que no sucede en estos grupos”. A su juicio, lo que ha cambiado es el marco de lo que socialmente se considera normal. “Ciertos discursos conservadores que hace años habrían sido automáticamente etiquetados como cayetanos, hoy se perciben como más neutros, más asumibles y, en definitiva, más normales”.

El negocio de la música en directo atraviesa un momento espectacular. Según el resumen anual de la SGAE, en 2024 la venta de entradas de conciertos de música popular aumentó un 66,6 % respecto a los niveles prepandemia. Si se suman los macrofestivales, el crecimiento roza ya el 80%. “Igual la gente pija iba más a discotecas y después de la pandemia se han apuntado a la música en directo”, especula un miembro de Besmaya. “De hecho, se nota que no tienen tanta costumbre de ir a conciertos. Igual es peña que tiene su máster de ICADE pero sus padres no les han llevado a ver música en directo. Puede que a veces sea un público un poco menos respetuoso”.

El perfil de esta corriente musical es heterogéneo. Inazio, que en 2024 lanzó el álbum Música para bailar sobre el agua, acaba de dejar su puesto de profesor de historia. Su sueño no es alcanzar un éxito ultraplanetario, sino retirarse tranquilamente al campo para leer y escribir. No se siente plenamente identificado con los demás artistas de este reportaje, al menos en lo musical. Sí, en cuanto al discurso. “El modernete probablemente cante sobre: ‘Oh, ansiedad’, o ‘oh, la vida es rara, me odian’. Yo, por ejemplo, me puedo permitir hablar de Dios. He crecido en un ambiente en el que es normal tener muchos hermanos, en el que se habla de valores, de matrimonios que duran toda la vida. Había mucha gente viviendo bajo este prisma, pero no había artistas que hablaran de ello”.

Pero todos los artistas que aparecen en este reportaje, prefieren dejar a un lado resentimientos y celebrar que ahora exista más diversidad dentro de la industria musical. “Que quien quiera pueda escuchar la música que quiera”, dice Inazio. “Ahora tenemos una convivencia más sana”, resume su manager, Gonzalo Marrón. “A mí es que me la pela cómo se vista la gente”, añade Bárcenas. La oferta, desde luego, es más diversa. Ahora caben tanto el sauvignon blanc de Rosalía como los cola-caos de los chicos de Avenida.

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