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Estilo
Opinión

Piénselo dos veces antes de comprar ese pantalón de bolsillos: el problema con disfrazarse de soldado para ir a por el pan

Cada vez más jóvenes llevan parches de banderas y mochila militar: lo llaman ‘tactical core’ y, con el actual clima político, es difícil no hacerse preguntas y sacar conclusiones incómodas

Desfile de la colección 'Warcore' de la maca Techwear Storm.

En el metro, en la puerta de cualquier instituto o saliendo del gimnasio, a poco que uno se fije, verá en la mochila de cualquier chaval parches con banderas. Y no solo la de España, la cruz de Borgoña o las de Palestina o Sudán. Hay otro parche que se ha hecho su sitio en el ecosistema urbano: la bandera estadounidense, pero virada a negro. Es la llamada versión táctica, suele lucirse en mochilas de lona sin marca repletas de velcros, y pertenece a un conjunto que se completa con pantalones cargo (Maharishi u otras marcas similares), cortavientos con toque militar o, si estamos ante un buen ejemplar, chaleco protector con bolsillo central en el pecho. ¿Traducción? Un look soldado, o elementos que recuerdan a un soldado, a miles de kilómetros de la contienda más cercana.

Aquí algunos verán simplemente una tendencia y otros se inclinarán hacia lo ideológico. Pero para muchos es pura semiótica. Ya hace unos meses la crítica de moda del New York Times, Vanessa Friedman, se preguntaba: ¿Está bien seguir usando ropa de camuflaje con este clima político?

Guerrilla urbana

Todo eran risas hace unos años cuando comprábamos ropa militar en la tienda vintage del barrio. Pero en un presente atrincherado, polarizado y saturado de conflictos, ciertas prendas ya no se perciben simplemente como ropa sino como señales de alarma: ¿por qué tanta gente quiere parecer preparada para un conflicto y para qué conflicto se están preparando exactamente? ¿Quién quiere llevar rangos, insignias o cualquier cosa que sugiera autoridad mientras patrullas del ICE atemorizan a todo Estados Unidos?

Lo están llamando tactical core, pero por nuestro bien conviene entenderlo sin recurrir a la caricatura o a los sufijos que denoten que hablamos de otra tribu o de otra burbuja pasajera. Se trata de un idioma visual compuesto por objetos concretos: nailon técnico, costuras reforzadas, redecilla elástica, velcro, módulos, siluetas utilitarias, bolsillos interoperables y el negro como uniforme blando, es decir, un uniforme sin institución, que no pide una pertenencia oficial (lo que en en el mundo anglosajón llaman stolen valor, el hecho de apropiarse de la autoridad como si fuera un accesorio).

Durante años el mundo de la moda se permitió jugar con símbolos y códigos militares como reciclaje o como ironía. Pero la ironía depende de un pacto mínimo de tranquilidad y hoy ese pacto está roto

Son elementos que, combinados, prometen orden y capacidad incluso cuando el uso real es ir a clase, currar o pillar el bus. Una estética que se vende como funcionalidad y se consume como identidad ligera: no necesitas una historia ni un oficio, solo ponerte encima una arquitectura de compartimentos, correas y telas duras que te hagan legible como alguien operativo.

La tendencia atraviesa generaciones y públicos muy dispares. La mochila utilitaria que se ha popularizado entre la juventud en general y entre los fans del crossfit en particular, por ejemplo, es una herencia directa del ejército: hasta ahora se conocía como MOLLE, siglas en inglés de equipo para transporte de cargas livianas, y que no es mi más ni menos que el sistema modular que los soldados europeos y estadounidense se echan a la espalda. Está disponible en verde militar en Amazon por poco más de 30 euros (con las banderas española y estadounidense táctica), y en negro, en Decathlon, por poco menos de 15.

Si la cosa militar seduce es porque ofrece lo mismo a todo el mundo: una manera rápida de vestir el control en tiempos en los que la gran mayoría lo estamos perdiendo. Y si suena exagerado hablar de militarización por llevar cuatro correas y una mochila es porque seguimos imaginando lo militar como uniformes oficiales, boinas, medallas, jerarquías y campos de batalla. Pero lo cierto es que hoy la guerra funciona sobre todo como gramática: ataque y defensa, bando y enemigo, táctica y posicionamiento. Ya no sólo el plano físico: basta darse una vuelta por cualquier hilo de comentarios en cualquier red social para comprobar hasta qué punto ha calado el lenguaje del enfrentamiento.

Todo en esta tendencia parece diseñado para una vida que se vive como un incidente potencial, aunque el incidente sea llegar tarde, perder las llaves, que te cambien el turno o que te roben el smartphone en una terraza

El tactical core no convierte a nadie en soldado, pero le coloca en un estado mental compatible con el entrenamiento permanente, con la idea de que el día es una sucesión de fricciones y que conviene ir equipado. Quizá es pura somatización: cuando la conversación pública se ve imbuida por las lógicas del combate, el cuerpo también empieza a necesitar vestirse como si estuviera dentro de esa estructura. Aunque no haya ninguna intención política.

¿Táctico o cómodo?

La ropa táctica aguanta, es práctica, tiene bolsillos para todo y tejidos que duran cientos de lavados. Las mochilas son prácticas y reparten el peso, y las chaquetas sirven igual para la lluvia, para ir con la bici o para un día de oficina. Bolsillos reversibles, correas, cierres de seguridad... todo en esta tendencia parece diseñado para una vida que se vive como un incidente potencial, aunque el incidente sea llegar tarde, perder las llaves, que te cambien el turno o que te roben el smartphone en una terraza. ¿Es nuestra ingeniería cotidiana suficiente para simular calma en un entorno que se siente impredecible? Sí.

La utilidad de la ropa es real, pero el fenómeno ha dejado de ser puntual para convertirse en un salvoconducto: permite entrar en el look sin admitir que se participa de un código mayor. No te vistes táctico, te vistes cómodo. No te disfrazas de las fuerzas aéreas, te organizas. Esa ambigüedad es clave porque de repente ya no vemos un uniforme: cunde la idea de que vestirse apropiadamente tiene que ver con parecer capaz.

La problemática es la misma que comparte cualquier tendencia que se extiende por TikTok, foros y remotos marketplaces desprovista de contexto: se normaliza como atrezo y queda disponible para que cada usuario la lea como quiera, o para que otro usuario decida proyectar sus propias interpretaciones sobre ella. Lo que para uno puede ser nostalgia dosmilera, comodidad o puro azar de compra, para otro significa adhesión, provocación, burla, amenaza, incluso una declaración de poder o superioridad.

Durante años el mundo de la moda se permitió jugar con símbolos y códigos militares como reciclaje o como ironía. Pero la ironía depende de un pacto mínimo de tranquilidad y hoy ese pacto está roto. En un presente donde las guerras no son antropología o documentales en Netflix, sino parte de nuestro scroll diario, el cinismo pierde su legibilidad. Entonces, ahora, este tactical core se puede leer como aspiración de autoridad: mano dura como receta salida a la incertidumbre. O sea, no hace falta que quien se vista así tenga una ideología conservadora. Solo basta con que el look active la fantasía de orden, y esa fantasía encaja demasiado bien con los discursos dominantes del momento, que venden disciplina y jerarquía. Pero bueno, tampoco será la primera vez que vemos a algún supuesto anarquista con pinta de Subcomandante Marcos. ¡Si hasta el cómico Dave Chappelle lleva camisas militares!

La manosfera no necesita convencerte de nada si ya te ha convencido de que hay que estar listo, ser duro, no depender de nadie y mirar el mundo de reojo porque está lleno de amenazas

Seamos claros: sobre el papel, el tactical core no es fascista, pero sí es compatible con un ecosistema de radicalización blanda donde la masculinidad se reeduca en internet a base de disciplina performativa, paranoia y una identidad basada en la supervivencia. O de otro modo: la manosfera no necesita convencerte de nada si ya te ha convencido de que hay que estar listo, ser duro, no depender de nadie y mirar el mundo de reojo porque está lleno de amenazas. El look no genera la ideología pero sí la vuelve verosímil, le da corporeidad y, acto seguido, circulación.

Prepárate (no sabemos para qué)

Esto sólo como apunte: en Estados Unidos, la figura del prepper (o preparacionista del fin del mundo) se inculcó durante décadas desde arriba, desde el mismo gobierno: refugios, mensajes de amenaza permanente en la posguerra... hasta que la pedagogía ya no hacía falta y quedó el paradigma del yanqui extraño que se pasa toda su vida construyendo un búnker para absolutamente nada. Aquí es donde conviene no confundir preparación con colapsismo (o survivalism en inglés, sujetos que más que pensar que puede llegar una guerra, creen en el colapso como horizonte 100% posible) porque ahí también se nos cuela el estereotipo. Prepararse (aquí se usa mucho el término preparedness), en su versión básica, es una forma de autocuidado, casi de higiene cívica: agua, botiquín, latas para unos cuantos días, linterna frontal, transistor o radio FM, una lista de contactos, un acuerdo con tus vecinos, saber qué hacer si se va la luz o si el barrio queda aislado por una tormenta eléctrica. Ese comportamiento no tiene por qué nacer del miedo a un apocalipsis zombi ni de un enemigo imaginario, sino que puede nacer de la experiencia de haber visto fallar lo más básico. Interpretado desde ahí, lo táctico deja de ser necesariamente una estética que inspire violencia para convertirse en una manera de decir: si ocurre algo, no me quedo completamente vendido.

Si un día sentimos la pulsión de hacernos con ese pantalón con decenas de bolsillos y tres usos distintos, deberíamos preguntarnos: ¿qué tipo de preparación estamos normalizando? ¿La hiperindividualista que convierte el mundo en su enemigo, la de “yo sólo llevo una camisa de camuflaje, a mí no me mires”, o la que funciona como síntoma de apoyo mutuo y resiliencia compartida? La performance de dureza te somete a un estado de alerta constante y, por tanto, el cortisol sube. Si sólo quieres ponerte indumentaria militar demuestras que el contexto global te importa más bien nada; y si la preparación es real y comunitaria, te devuelves a ti mismo cierta agencia: “Nunca se sabe lo que puede pasar”.

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