Mel Brooks a los 99: el “bufón” que ha hecho reír al mundo, ha sobrevivido a sus dos grandes amores y sigue en activo
El documental ‘Mel Brooks : The 99 Year Old Man!’ recorre la vida y carrera de un creador imprescindible para entender el cine del siglo XX que, lejos de pensar en jubilarse, acumula proyectos


“A veces me preguntan: ‘Mel, ¿cuál es el secreto de una vida larga?’. Y siempre respondo: ‘No morir”, dijo en una ocasión Mel Brooks. A sus 99 años, se mantiene fiel a su consejo. El actor, guionista, productor, director, escritor y compositor es el protagonista del documental de HBO Max Mel Brooks: The 99 Year Old Man! Es el tercero de Judd Apatow y Mike Bonfiglio dedicado a figuras legendarias de la comedia tras The Zen Diaries of Garry Shandling y George Carlin’s American Dream. El título no sólo homenajea al siglo que casi lo contempla, sino también a su primer gran éxito, El hombre de 2000 años, un dúo cómico que formó con el director Carl Reiner en los años cincuenta. En él, Reiner interpretaba a un entrevistador y Brooks, con peluca blanca y traje, a un hombre que lleva dos milenios en la Tierra y ha asistido a todos los acontecimientos históricos, pero se conserva muy bien “porque hace ejercicio”.
“Conocí a Jesús, sí”, le contaba al entrevistador, “un chico delgado, con sandalias y pelo largo que andaba con otros once tipos. Siempre entraba en la tienda y solo compraba agua”. También daba detalles de su vida privada. “¡Tengo más de 42.000 hijos y ninguno viene a visitarme!”, se lamentaba. Empezó como algo improvisado que hacían en fiestas y, una vez grabado, acabó vendiendo decenas de miles de copias. Uno de sus mayores fans fue Cary Grant, que se gastó mil dólares en discos para regalárselos a todos sus amigos.
Brooks y Reiner se conocieron en Your Show of Shows, un programa de variedades en el que Brooks recaló reclamado por su presentador, el cómico Sid Caesar, que lo contrató para que escribiese sus chistes. “Quieren que haga algo llamado televisión”, le dijo. Y así se embarcó Brooks en un medio que daba sus primeros pasos y le permitía mostrar todo su potencial. Había descubierto su capacidad para ser gracioso desde pequeño. Nacido Melvin Kaminsky, era un judío de Brooklyn, el menor de cuatro hermanos, que había perdido a su padre cuando tenía tan solo dos años. Ese dolor lo espoleó. “Puede que esté enojado con Dios, o con el mundo, por eso. Y estoy seguro de que gran parte de mi comedia se basa en la ira y la hostilidad”, confesó. “Al crecer en Williamsburg aprendí a vestir la vida de comedia para ahorrarme problemas, como un puñetazo en la cara”.

Era un niño endeble, víctima de las burlas de los demás y condenado a trabajar como casi todos los judíos de Brooklyn en la industria textil, pero se enamoró del mundo del espectáculo y se dio cuenta del valor que tenía la risa como arma. Y él sabía hacer reír, había nacido para ello. “Mel pensaba que la palmadita que el médico le dio en el culo al nacer era un aplauso”, bromea el guionista Larry Gelbart, “y no ha dejado de actuar desde entonces”.
Gracias a The Show of Shows conoció a Reiner y también trabajó con Neil Simon y Woody Allen; los inicios de la televisión estuvieron llenos de talento. Escribir para Caesar, “una mezcla entre un poeta y un cavernícola”, según Brooks, era un trabajo de riesgo. Un día llegaron a las manos por un chiste: Caesar lo quitó del guion y Brooks le dio un puñetazo. Caesar, mucho más fuerte, podría haberle golpeado o despedirlo, pero simplemente le dijo: “Bueno, si estás tan convencido, podemos probarlo”. El estrés lo consumía. No dormía, vomitaba y empezó a acudir al psiquiatra. Padecía un claro caso de síndrome del impostor. “No soy un genio”, se repetía. “Un día me descubrirán y me despedirán”.
Cuando cancelaron el programa, su salud se resintió. Necesitaba el dinero, tenía tres hijos a los que mantener. Se había casado a los 23 años con Florence Baum, una bailarina de su espectáculo que también trabajó con Jerry Lewis y Dean Martin. El seductor Martin estaba enamorado de ella y siempre le preguntaba: “¿Se puede saber qué haces con ese judío pequeño y torpe?”. Como Brooks reconoce en el documental, el estrés afectó a su relación. “El matrimonio se resintió porque era muy difícil vivir conmigo; me disgustaba haber llegado a un punto muerto en mi creatividad. No la culpo por pedir el divorcio.” Su relación con Baum apenas ocupaba tiempo en su autobiografía Todo sobre mí, y no hay mucho más de ella en el documental. Todo lo contrario sucede con el gran amor de su vida: Anne Bancroft.


Cuesta encontrar una pareja más opuesta. Ella, una italiana con carácter, famosa por interpretar papeles dramáticos y complejos, y él, un cómico chiflado que adoraba las bromas escatológicas. Coincidieron en la grabación de un programa de The Perry Como Show y él se enamoró perdidamente. Le gritó desde la platea. “Eh, Anne Bancroft” y ella se sorprendió. “Esta voz agresiva salió de la oscuridad”, recordó en una entrevista con Roger Ebert, “y pensé que debía ser una combinación de Clark Gable, Robert Taylor y Robert Redford, pero resultó ser Mel Brooks”.
A partir de ese día no le dio un respiro. Incluso le pagó a una mujer que trabajaba en el programa para que le dijera a qué restaurante iba a comer esa noche y así tropezarse “accidentalmente” con ella. Ella también se había enamorado perdidamente de él. “En cuanto lo vi, supe que me casaría con él. Se parecía a mi padre, pero se comportaba como mi madre”, bromeaba. Todos eran felices, excepto la madre de Brooks, que no entendía por qué su hijo se casaba con una italiana católica (el nombre de nacimiento de Bancroft era Anna Maria Louisa Italiano) en lugar de con una buena muchacha judía.
Por fuera les diferenciaban muchas cosas, pero en el fondo eran tan solo una chica italiana y un chico judío con un carácter endemoniado, lo que les llevaba a discusiones tremendas, y acostumbrados a lidiar con el racismo y con productores que no sabían ubicarlos. Solo había una diferencia esencial entre ellos: el dinero. Ella ya era una estrella consolidada, acostumbrada a un nivel de vida que él no podía permitirse, algo que terminó cuando desde una productora le hicieron una llamada que lo cambió todo. “Necesitamos un programa y queremos que lo escribas tú. El inspector Clouseau y James Bond son ahora lo más importante del mundo. ¿Tienes alguna idea?”. Así nació Superagente 86. Su tremendo éxito le permitió olvidarse de los aprietos económicos y centrarse en lo que verdaderamente quería hacer: un musical de Broadway. Y nació Primavera para Hitler, que acabó tomando forma por sí misma y transformándose en una película: Los productores (1967).

Hoy es un clásico, pero en su estreno le llovieron las malas críticas. Cuando estaba a punto de desaparecer de las salas, la reflotó un anuncio del actor Peter Sellers en Variety; el protagonista de El guateque contrató una página doble para animar a la gente a que fuese a verla. Luego llegaron los Oscars y Brooks ganó la estatuilla al mejor guion. También le llevó a los Oscar Sillas de montar calientes, la historia de un sheriff negro en el oeste americano, un alegato antirracista que, tal como se reconoce en el documental, hoy no se podría rodar. “La supervivencia del personaje era mi propia supervivencia: la de la loca verdad cómica contra las fuerzas represoras de los conservadores”, reconoció a EL PAÍS. “Muchos pensaron que era la comedia del siglo y muchos otros la estupidez más vulgar que habían visto jamás”.
La polémica volvió a sobrevolar su obra con La loca historia del mundo (1981). Lo acusaron de banalizar temas tan serios como la Inquisición y el sufrimiento del pueblo judío. Algo que no tiene ningún sentido para el cómico Conan O’Brien: “Brooks luchó en la Segunda Guerra Mundial y eso te da derecho a hacer lo que te da la gana”. “En la comedia no hay tabúes porque la comedia es un arma política sensacional”, sentencia Brooks en el documental. “La comedia ridiculiza, la comedia degrada, la comedia destruye la dignidad del enemigo”.

Ya había vivido la gloria con El jovencito Frankenstein (1974) y la volvería a disfrutar con La loca historia de las galaxias (1987): “Nunca he firmado tantos pósters de ninguna otra película”, reconoce. También tuvo éxito con otros spoofs como sus homenajes al cine mudo (Silent Movie, de 1976) y a Hitchcock (Máxima ansiedad, de 1977). Pero no tenía el respeto de la crítica. “Los intelectuales nunca lo aceptaron, nunca lo consideraron un genio. Nunca fue un sabio, nunca fue perspicaz, siempre fue comercial, tonto, un bufón”, afirma su hijo Max, autor del superventas Guerra Mundial Z.
Él quería demostrar su versatilidad. “Me encantaría ser capaz de hacer películas profundamente serias, así como comedias absurdas y tontas, pero una vez que te ganas una reputación, el público y los críticos son inagotables, te dicen: queremos más”. Así creó Brooksfilm para producir otro tipo de cine. Leyó muchos guiones y se enamoró de uno que contaba la curiosa y trágica historia real de Joseph Merrick, el hombre elefante. La casualidad quiso que en aquel momento un jovencísimo David Lynch estuviese desesperado por encontrar un proyecto. Su primera película, Cabeza borradora, había sido un éxito en el circuito de medianoche, pero no había ganado dinero y su mujer estaba embarazada. A pesar de considerarse un autor y no estar interesado en guiones ajenos, preguntó a su agente si había algún proyecto que pudiese dirigir y así llegó a él El hombre elefante (1980). A Lynch le fascinó su oscuridad, pero el productor, “un tal Mel Brooks”, quería ver antes Cabeza borradora. Lynch pensó que estaba fuera, pero tras verla, el productor lo llamó, lo abrazó y le dijo: “Estás chiflado, te quiero”. Vio en él a “un poeta con gusto por lo grotesco”.

Brooks, además, retiró su nombre de la promoción para que nadie se sintiese engañado pensando que iba a ver una película cómica. Confió en él y lo protegió frente a los furibundos ataques de Anthony Hopkins, que quiso despedir a aquel joven inexperto que no parecía saber qué hacer. Al final, El hombre elefante recibió ocho nominaciones al Oscar. El tipo de las bromas de pedos produjo una película sin estrellas, en blanco y negro, dirigida por un desconocido y regaló al mundo no sólo una obra maestra, sino la carrera posterior de Lynch.
No fue su única aportación al cine de género; hizo lo mismo con La mosca (1986). Cuando llegó a sus manos el guion sobre un hombre que se transforma en un insecto, se lo planteó a David Cronenberg, un joven director canadiense que había dirigido ya Scanners y Videodrome. Aunque todavía no era una estrella, les dijo que aceptaría si le daban carta blanca para reescribir el guion. Fue un éxito de crítica y de taquilla y ganó el Oscar al mejor maquillaje. También rondó los premios de la Academia la siguiente producción de Brooksfilm, Frances (1982). La trágica historia de la actriz Frances Farmer reportó una nominación a Jessica Lange y otra a la actriz secundaria Kim Stanley. El buen ojo de Brooks llevó a su productora a desarrollar proyectos tan delicados como Fatso (2008), dirigida por su mujer, o Mi año favorito (1982). Como productor podía mostrar otra faceta más del hombre que se regodeaba diciendo que era conocido por su mal gusto. Le faltaba por vivir un último éxito: la adaptación musical de Los productores le reportó doce premios Tony, un récord que todavía ostenta.

En el cine sus últimos proyectos no fueron demasiado exitosos, ni su versión de Ser o no ser (Soy o no soy, 1983), junto a Bancroft, ni Las locas, locas aventuras de Robin Hood (1993) ni Drácula, un muerto muy contento y feliz (1995), el proyecto que lo unió a otro genio del humor, Leslie Nielsen.
Bancroft falleció de cáncer en 2005 y Brooks quedó destrozado. “Era su mejor amiga, eran ellos dos contra el mundo, él era el agua y ella el vaso que lo contenía”, afirma su hijo Max. Brooks también tuvo que decir adiós a Carl Reiner, su mejor amigo. Tras enviudar, ambos quedaban todas las noches para cenar. Estaba con él cuando se desplomó y permaneció a su lado mientras trataron de reanimarlo. Durante meses mantuvo la misma rutina con Rob Reiner y su mujer y también les ha sobrevivido. A punto de coronar el siglo, prepara una segunda parte de La loca historia de las galaxias. Sigue haciendo reír, aquello para lo que nació. “La risa es un grito de protesta contra la muerte, contra el largo adiós”, escribió. Parece que le funciona.
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