Tomasín, leyenda de la lucha canaria y ahora actor: “No puedes aprender a tirar a otra persona si no sabes caer tú”
El deportista protagoniza su primera película, ‘La lucha’, inmersión en el histórico arte marcial de las islas, vinculado a los pobladores guanches. A sus 48 años, es el combatiente profesional de mayor edad


La fórmula del drama deportivo en el cine es tan simple como eficaz. Es difícil no haber visto una película sobre alguien cuya vida se trunca por un accidente, una mala decisión o una tragedia y logra salir del agujero mediante el boxeo o el kárate, donde el rival se convierte en reflejo de las debilidades propias o adversidades por superar. Pero, hasta ahora, nadie había aplicado esa ecuación con la lucha canaria, el histórico deporte autóctono del archipiélago, cuyo origen se cree que puede remontarse a los pobladores guanches. El vacío acaba de corregirse: este viernes 30 de enero se estrena La lucha, sobre la relación entre un padre y una hija atravesada por la competición, mientras ambos superan la reciente muerte de la madre, también luchadora. Al frente del reparto está Tomasín Padrón (Valverde, El Hierro, 48 años), leyenda en activo de este deporte: es el combatiente profesional de mayor edad.
De hecho, pese a que el tiempo y las heridas de guerra inviten a pensar en una retirada cercana, Tomasín continúa superándose a sí mismo. De casi dos metros de altura y con 150 kilos de peso, en la temporada anterior subió de categoría, lo que le llevó a batir su propio récord, el de persona de más edad en ascender (la anterior marca la fijó a los 42). Ahora acaba de debutar en el cine, otro terrero –como llaman los luchadores a la arena en la que se enfrentan– del que ha salido victorioso. “Se ve que está gustando mucho, por los premios que hemos tenido”, dice contento Tomasín por videollamada desde Fuerteventura, donde compite en la Liga del Cabildo, dentro del Rosario Club de Lucha. Dirigida por José Alayón, la película pudo verse en el pasado Festival de San Sebastián y ha recibido distinciones en certámenes de Francia, Italia o Brasil. Su fotografía, en 16 mm, corre a cargo de Mauro Herce, nominado al Goya por Sirât.
“Ellos tenían idea de hacer la película solo con la niña [a la que interpreta Yazmina Estupiñán], tropezaron conmigo de casualidad y vieron que podía dar juego”, cuenta el luchador, al que pidieron no dar clases de interpretación a fin de explotar su naturalidad. Aunque Tomasín no se interpreta a sí mismo, probablemente no le haya costado meterse en la piel de su homólogo: Miguel, el hombre al que interpreta en La lucha, arrastra una lesión que le complica seguir en la disciplina, mientras que, en la realidad, Tomasín ya no tiene cartílagos en las rodillas y, a los 36 años, una rotura de abductor le hizo vivir su primera retirada. “Estoy luchando porque el equipo me ha dado la oportunidad, si no, no podría. Ningún presidente ficharía a un luchador de casi 50 años”, admite el deportista, que es puntal B y todavía podría ascender a puntal A, si bien cree que pensar en esa posibilidad es “soñar demasiado”. El puntal A es el líder del equipo, el luchador más fuerte y destacado.
“Yo lo comparo con una partida de ajedrez. Somos 12 por equipo, tenemos peones, alfiles, torres, caballos, el rey y la reina. Años atrás, era la reina, me tocaba bailar con la más fea para dejar el camino limpio al rey. Este año, yo soy el rey”. En la lucha canaria, el objetivo es derribar al contrario, entendido como hacerle tocar el suelo con cualquier parte de su cuerpo que no sean, lógicamente, las plantas de los pies. No hay golpes ni llaves. Los combates duran minuto y medio como máximo. Los luchadores en el círculo de arena, el terrero, se agarran frente a frente introduciendo su mano izquierda en el remango derecho del pantalón del contrario. Inclinados hacia delante, sus hombros derechos deben quedar juntos a la misma altura. Para hacer caer al otro, se usan las denominadas mañas, técnicas que pueden tumbar al adversario o hacerle perder el equilibrio, por agarre, bloqueo o desvío de movimientos. A diferencia de otros deportes de contacto, en las competiciones de lucha canaria no hay tanta recuperación y lo normal es pelear una vez por semana. Pese a ello, Tomasín no baja el ritmo. “Todo lo contrario. Al ser más viejo, tengo que entrenar el doble para estar a la altura”.

No obstante, a su edad sabe celebrar pequeñas victorias: el Rosario perdió el combate anterior a la entrevista, frente al C.L. Unión Antigua, pero su balance de la pelea es bueno porque “nadie se lesionó”. “Cuando tienes 20 años, no sientes ese castigo en el cuerpo. Ahora, yo entreno un día y lo noto tres días después. A lo mejor, entreno cinco horas y no tengo ganas ni de cenar, solo de meterme en la cama, dormir e ir a trabajar al día siguiente”. ¿Merece la pena tanta paliza? “La lucha canaria es mi vida”, responde, tajante. “Todo gira alrededor de la lucha canaria, me cojo vacaciones cuando termina la temporada y nunca acepto trabajos que coincidan con días de entrenamiento o pelea, ni siquiera una cita en el médico. Es algo que lleva uno dentro. Aquí en Canarias, lo que más se vive es este deporte”.
Tomasín compagina la lucha con un trabajo como vigilante de seguridad a jornada completa, pensando en “el día de mañana”, cuando no pueda seguir compitiendo, si bien asegura que gana más peleando: “Para ser un deporte autonómico, mueve bastante dinero”. Por no hablar de otras ganancias que uno pueda sacarse. Se dice que la lucha canaria se empleaba como medio de resolución de discusiones, algo que Tomasín confirma que sigue sucediendo. Él y sus amigos se han podido jugar quién paga una cena con un combate amistoso, pero sabe de conflictos mucho mayores solventados por esta vía. “Conozco algún caso de disputarse herencias mediante lucha canaria, totalmente en serio. A lo mejor dos hermanos quieren una cosa u otra, así que echan una lucha y el que gana elige”.
Los pies en la tierra
En La lucha, a la difunta mujer del protagonista le erigen una estatua como homenaje, mientras él parece camino de convertirse en piedra ante la perspectiva de perder también el deporte. Parco en palabras y gestos, cuando al personaje se le ve más presente en el mundo es durante las peleas, a la manera de esa danza pantomímica del Baile del vivo que se referencia en la película, típica de El Hierro y popularizada por Valentina la de Sabinosa. El interés de su hija por la lucha canaria abre otra vía, la de la transmisión generacional. En las imágenes, es como si las agarradas de los luchadores tuvieran un segundo sentido, el de un abrazo, y los pies descalzos en la arena conectaran con algo telúrico, una memoria de resistencia insular entre gigantes solitarios, el guanche contra el godo.

A Tomasín la lucha se la enseñó su padre. Fallecido hace dos años, no puede contener las lágrimas al hablar de él. “Pienso que se sintió orgulloso de mí, de que fuera luchador”, dice emocionado. “Normalmente, los luchadores canarios vienen de grandes sagas. Yo no. Mi padre en su día fue luchador no profesional. A un equipo le faltaba alguien y entonces le llamaban. Tenía su trabajo y, cuando hacía falta, iba a luchar”. Antes de que muriera, Tomasín organizó un evento para reactivar la lucha canaria en El Hierro e impulsar que la isla volviese a tener un equipo. “Fue la última vez que me vio luchar. El pobre pensó que era mi despedida. Él nunca me enseñó una maña, pero sí me enseñó los valores que ahora intento transmitir, el respeto, el saber estar dentro del terrero. Como te digo, siempre he hecho eso para que él se sintiera orgulloso”.
Tomasín no es un apodo, lo cual igualmente debe a su padre. “En el registro, como yo era chiquitito, mi padre, en vez de decir Tomás, dijo Tomasín. Y el del registro apuntó Tomasín”, explica. “Luego, cuando me hice el DNI, corrigieron ese fallo y me pusieron Tomás. Pero todo el mundo me ha llamado siempre Tomasín. Con 14 o 15 años, quería que me llamaran Tomás, porque ya era un hombre. Y a partir de los 40 empezaron a llamarme Tomás, ¡después de toda mi puta vida llamarme Tomasín! Tuve la oportunidad de volverme a cambiar el nombre en el registro, así que ahora me llamo Tomasín como acto de rebeldía”.
Además de un diminutivo irónico por su envergadura física, es un nombre mítico en la lucha canaria, una baza mental cuando tantos se obsesionan con derribarle, con poder contar que ellos tumbaron a Tomasín. “Muchos vienen a pelear no contra mí, sino contra mi nombre. Eso juega a mi favor”, reflexiona. El luchador percibe en muchos jóvenes una pérdida de aquello que se le inculcó a él, el saludo al adversario, la mano tendida cuando el otro cae. “Antiguamente, lo primero que se enseñaba era el respeto y lo segundo que nos enseñaban era a caer, porque tú no puedes aprender a tirar si no sabes caer. No puedes aprender a ganar si no sabes perder. Hoy no. Vienen muy jovencitos pensando solo en el éxito. Lo que solemos decir es que ya los ponemos nosotros en su sitio para que se les bajen los humos”.

Criado en el pueblo de Echedo, al norte de Valverde, Tomasín dice que creció siendo el único niño “en 5 o 6 kilómetros”. Tiene una foto enfundado en la ropa de combate con unos cinco años y computa su tiempo competitivo “desde los 13 o 14”, cuando fue campeón cadete de Canarias. Con una baja densidad poblacional, recuerda que, entonces, la isla de El Hierro “debía de tener no más de 6.500 habitantes”. “O follabas cabras o fumabas porros”, resuelve riéndose. “No había otra cosa. Ni cines, ni discotecas, nada. Era y sigue siendo la isla más abandonada, más apartada y menos moderna del archipiélago. A lo mejor necesitabas algún especialista médico y tenías que viajar a Tenerife”. Con una casa en la costa del Charco Manso, él ve ahora lo positivo de esa desconexión. “En mi casita no tengo cobertura. Para mí, es el paraíso. No hay agobios, no hay prisas, es calidad de vida. Te sientas a comer y saboreas, sabes que no vas a tener cola, no hay semáforos. De las siete islas, es la que queda más virgen”.
Aunque en la península la lucha canaria no es muy famosa, Tomasín cita algunas peleas o exhibiciones recientes bien acogidas en ciudades como Madrid o Donostia. También menciona la resistencia al paso del tiempo de la lucha leonesa, con la que guarda bastantes similitudes. La lucha canaria y leonesa están reconocidas como bienes de interés cultural. En el programa La vida moderna, de la Cadena SER, el cómico tinerfeño Ignatius Farray difundió este deporte, retando al público a pelear bajo el sobrenombre Pollito de Troya y autodenominándose mencey en el exilio, en referencia a la máxima autoridad guanche. “He visto algunos vídeos. A mí todo lo que sea difundir la lucha canaria, aun en plan de broma, me parece muy bien”, dice Tomasín. El otro crecimiento viene del lado de las mujeres, algo que refleja La lucha. “Pasa como con el fútbol femenino, mucha gente se da cuenta de que ver a dos mujeres luchando es igual que ver a dos hombres. Ahora tienen su competición, sus equipos y están empezando a cobrar, que es algo que me alegra. Pero mucha gente piensa que la mujer está empezando a luchar ahora en este mundo. Yo siempre he visto a la mujer luchando”. Y la lucha (canaria) sigue.
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