Cómo el cerdito ‘Babe’ llevó el animalismo a Hollywood: “Me hice vegano al segundo día de rodaje”
Producida por George Miller, creador de ‘Mad Max’, ‘Babe, el cerdito valiente’ obtuvo siete nominaciones a los Oscar. Pero su éxito, además, impactó en el consumo de carne

A los niños de los noventa aficionados al cine de animales les quedó perfectamente claro que podían ser lo que quisieran. En Air Bud (1997), el golden retriever protagonista se convertía en héroe deportivo después de que unos árbitros concluyeran que ninguna regla impedía a un perro jugar al baloncesto (el cánido, en las secuelas, se mostraría también brillante en fútbol o béisbol). Poco antes, en Babe, el cerdito valiente (1995), un cerdo sorprendía al mundo con su habilidad en un concurso de pastoreo.
No fue la única competición donde cayeron rendidos al animal. Además de las excelentes críticas y su éxito de taquilla –254 millones de dólares, que, aplicando la inflación, equivaldrían actualmente a unos 472 millones de euros–, Babe obtuvo siete nominaciones a los Oscar, incluido mejor película, y ganó el premio por sus efectos especiales. “Teníamos una oveja animatrónica en el rebaño. El equipo hacía apuestas sobre cuál era la falsa”, contaba hace poco el actor James Cromwell en un reportaje en The Guardian por el 30 aniversario.
Cumplidas tres décadas desde su estreno, la película australiana continúa siendo asombrosa, y no solo por el realismo de los muñecos del taller de Jim Henson. Fábula moderna sobre el enfrentamiento a los roles impuestos por la sociedad mediante una mirada limpia de prejuicios, el impacto de Babe rebasó lo cinematográfico. El propio Cromwell, de 85 años, que obtuvo su primera y única nominación al Oscar por su interpretación del lacónico granjero Arthur Hoggett, se convirtió en vegano: “En el segundo día de rodaje, fui a comer y sobre la mesa había animales iguales que aquellos con los que venía de trabajar, troceados, guisados, asados y chamuscados”. El director Chris Noonan tampoco volvió a comer cerdo. Por su parte, George Miller, creador de la saga Mad Max (1979) y coproductor y coguionista de Babe, es vegetariano desde hace mucho tiempo. Pero, tras la película, se dio lo que algunos llamaron “efecto Babe”, cuando muchos menores (especialmente, niñas) dejaron de comer animales, el departamento estadounidense de agricultura informó de un estancamiento en el consumo y la patronal porcina se movilizó para encubrir noticias negativas sobre su industria.
Basada en el libro infantil El cerdo ovejero (1983), de Dick King-Smith, Babe, el cerdito valiente sigue los pasos de un lechón que, separado de la jaula de una instalación industrial donde vive confinado con su madre y hermanos, va a parar a una granja rural. Allí se relaciona con distintos animales, entre ellos, un pato que, temeroso de que los humanos se lo coman, intenta servir como gallo cacareando todas las mañanas. Babe aprende, aterrado, que cada especie tiene una función en la granja y la suya es ser sacrificado como alimento en Navidad. No obstante, su conducta le hace ganarse el aprecio del granjero, que observa cómo tiene una habilidad insospechada para guiar a las ovejas, por la que le inscribe en la competición anual de pastoreo. Con una premisa parecida, el cuento superó en popularidad a un clásico en el mundo anglosajón como La telaraña de Carlota (1952), donde un cerdo posponía su destino con ayuda de una niña y una araña.

Aquel libro versaba sobre la aceptación de la muerte como algo natural e inevitable. Babe, en cambio, cuestiona la naturalización de los sacrificios de determinados animales o las diferencias jerárquicas en el trato; en otras palabras, la visión especista. “¿Habría merecido Babe la muerte si hubiera fracasado como cerdo pastor? La respuesta de la película es no. Los animales son más de lo que nosotros decidimos que son”, dice a ICON Matthew Chalmers, activista por los derechos de los animales al frente del canal de historia The Liberator, en YouTube. “El que un animal sea criado para alimentarnos y otro como mascota es una mera decisión. Babe nos desafía a considerar si el sistema de cría y maltrato de animales tiene sentido racional o moral, dado que ningún animal quiere ser nuestra comida”.
Más allá del componente fantasioso típico de la fábula, Chalmers destaca que la película hace, realmente, un buen trabajo reflejando cómo son los cerdos. “Se les puede entrenar para que realicen trucos, son lo suficientemente inteligentes como para aprender a abrir pestillos con el hocico o incluso a seleccionar símbolos en una pantalla para conseguir una chuchería”, explica. Amplios estudios han ilustrado que los cerdos se encuentran entre los animales más inteligentes del planeta, con mayor capacidad de resolver problemas que los perros, los gatos o los chimpancés, además de emociones y empatía. “Quizá no podrían convertirse en cerdos pastores, pero puede que la lección más poderosa de Babe sea que, si diéramos una oportunidad a los animales, igual descubriríamos que están llenos de maravillosas sorpresas”.
“Muy bien, cerdo”
A causa de su rápido crecimiento, hasta 47 cerdos, aparte de un animatrónico, fueron empleados para encarnar al personaje protagonista. Pese a que se extendió la leyenda urbana de que todos fueron enviados a mataderos al terminar el rodaje, el responsable de la coordinación de la acción con animales –que fue, además, monitorizada oficialmente por American Humane– detalló en una entrevista a The Chicago Tribune en 1995 que habían ido a granjas o institutos de agricultura, cada uno con documentos firmados indicando que no debían destinarse a comida ni a ejercicios de disección. La compleja puesta a punto abarcó un año y medio de entrenamiento de animales, seis meses de filmación y otro año más de posproducción. Las tensiones creativas entre el director Chris Noonan y el productor George Miller, que no volvieron a trabajar juntos, tampoco facilitaron el proceso. Miller rechazó que la historia fuera leída exclusivamente en clave animalista.

De hecho, aunque las aventuras de los humanos no ocupan mucho tiempo, en la película se dibujan otros conflictos en torno al granjero Hoggett, que enriquecen el fondo temático. Por ejemplo, se nos presenta de manera breve a un hijo que le reprocha su escasa eficiencia en la gestión de la granja y le regala un fax para no tener que invertir tiempo en hablar con él por teléfono. La sensibilidad de Hoggett, fruto de la observación y el contacto con la naturaleza, es contrapuesta a un sentido del progreso industrial basado en la racionalización y la deshumanización, de la que es máximo exponente el recinto que se muestra en el prólogo, donde los cerdos permanecen hacinados y son cebados sin ver jamás la luz del sol (el modelo intensivo bajo el que, actualmente, viven y mueren la mayor parte de los 1.500 millones de cerdos sacrificados al año en el mundo). La mirada, en definitiva, frente al rechazo a mirar.
La profesora Kylie Crane, de la Universidad de Rostock (Alemania), doctora en literatura inglesa y especializada en estudios culturales, ve interesante que oigamos hablar tan poco a las personas –James Cromwell, en el papel del granjero, solo tiene 16 frases–, mientras a los animales los escuchamos con más detenimiento. “Cuando más voces son entendidas, el diálogo se vuelve más polifónico”, reflexiona, preguntada por ICON. Para Crane, que en 2014, dentro de una antología ecocrítica, publicó el ensayo Cuando los cerdos lloran, el núcleo de la película es nuestra relación con la comida. La académica menciona otra producción australiana contemporánea de gran éxito internacional, la serie Bluey (2018), que también “se centra en personajes que utilizan su ingenuidad como mecanismo para cuestionar las estructuras que les rodean”. Babe, que no sabe nada, pone delante de un espejo a los espectadores, que se explican desde cero su sistema de alimentación y el orden especista. Cerdo pastor y también figura socrática.
La Gran Patata
Con motivo del aniversario, Babe, el cerdito valiente ha vuelto a los cines en algunos países. La efeméride, sobre todo, estaba marcada en rojo en el calendario del pueblo australiano de Robertson, en Nueva Gales del Sur, lugar de apenas 2.000 habitantes al que pertenece la granja y los bellísimos parajes que se muestran en pantalla. Para el 5 de octubre, se anuncia un festival en torno a la película, con proyección y múltiples actividades familiares. Comunidad agrícola, antes con una gran fábrica de queso, Robertson es conocido fundamentalmente por las patatas, hasta el punto de que su monumento más importante tiene por nombre La Gran Patata (The Big Potato). “Es una estructura metálica construida por un cultivador de patatas local a finales de los setenta. O la amas o la odias”, dice con humor Michelle Hall, portavoz de Robertson Events, contactada por ICON. Debido a los fastos, este año el monumento ha sido pintado por el muralista local Samuel Hall con imágenes de los personajes de la película y convenientemente rebautizado: por el cerdo (en inglés, pig), The Big Potato ha pasado a ser The Pig Potato.

Tan esenciales son estos tubérculos que un evento estelar en el pueblo es una carrera anual de 400 metros donde los concursantes portan bolsas de 50 kilos. Así, con tal densidad de patatas, Hall puede garantizar que los diez restaurantes de Robertson cuentan todos con opciones vegetarianas o veganas. En cuanto a la película, están orgullosos y la recuerdan con cariño. “La familia propietaria de la granja sigue siendo la misma a día de hoy y se convirtió prácticamente en una segunda familia para los actores y el equipo. Todavía conserva algunos accesorios”, cuenta la portavoz de la organización, que dice que, entre los vecinos, es habitual escuchar batallitas al estilo de “¿Sabes que hice esta voz en la película?” o “¿Sabes que fui un extra en el público de la competición?”.
Terror porcino
Tres años después, George Miller regresó en solitario al frente de una secuela, Babe, el cerdito en la ciudad (1998), que contó con mucho mayor presupuesto y mucha menor taquilla. Perfectamente uno de los largometrajes infantiles más extraños de la historia, en esta continuación, la mujer del granjero debe viajar en avión con Babe para una lucrativa exhibición de pastoreo con la que salvar la economía de la granja. Antes de una escala, el cerdo es retenido por la sospecha de que porta drogas. Al perder el vuelo, Babe y su dueña se quedan en un hotel que aloja animales clandestinamente y al cochino lo secuestran unos monos, con los que participa en un minicirco ambulante que realiza funciones para niños con cáncer. Con amagos de ahogamientos, experimentación animal, hambre y depresión, Babe conoce de primera mano el frío de la urbe y, con él, una generación de espectadores para la que aquello bien pudo ser la primera película de terror de su vida.
La realidad supera a la ficción. De una esperanza de entre 15 y 20 años en condiciones de libertad, la mayoría de cerdos apenas vive un total de seis meses. Las cerdas parideras, hasta su sacrificio, duran tres años en un ciclo continuado de gestación y lactancia. Casi el 80% de las granjas porcinas en España son intensivas. Según datos del ministerio de Agricultura, Pesca y Alimentación, el pasado año en nuestro país se sacrificaron 53,9 millones de cerdos, más que el censo de personas. “La granja de Hoggett es, en realidad, un lugar mucho mejor para vivir que la gran mayoría de granjas actuales en Europa, e incluso así, la película la muestra como un lugar angustioso para los animales, que viven constantemente bajo un manto de violencia”, recuerda Matthew Chalmers. “Los Babe reales hoy no tienen graneros espaciosos ni campos abiertos en los que vivir, sino jaulas de hormigón, apretujados con otros animales, lugares plagados de moscas, excrementos y muerte”. Perspectivas de lo que es y no es una película de terror.
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