Ir al contenido
_
_
_
_
vino
Columna

Qué hay detrás de las cientos de antorchas encendidas en los viñedos en primavera

Proteger la cosecha del frío no deja de tener una reminiscencia atávica y profundamente insertada en la mente del viticultor: la viña hay que defenderla

Antorchas protegiendo un viñedo inglés de una helada de primavera.Chris Gorman (Getty Images)

La primavera nos trae una de las imágenes más espectaculares del año en el mundo del vino: cientos de pequeñas antorchas prendidas durante la noche para proteger de la helada a las vides que ya han brotado. Se trata de una imagen que se repite en algunas zonas españolas, Borgoña, Burdeos y otras partes del mundo.

Durante las noches despejadas y sin viento, el suelo pierde calor por radiación y el aire más frío, al ser más denso, se acumula cerca del suelo: es la llamada helada de inversión. Mover ese aire frío, ya sea con molinos o helicópteros para que se mezcle con el cálido de un estrato superior o aumentar la temperatura de esa zona apenas uno o dos grados puede ser la diferencia entre un brote helado y uno vivo.

Si bien la práctica de encender hogueras está documentada al menos desde mediados del siglo pasado, en los últimos años hemos visto que se ha repetido casi cada primavera. Son múltiples las causas de que cada año, en esta temporada, veamos miles de antorchas encendidas para proteger viñas: el cambio climático, nuevas plantaciones en zonas más expuestas a las heladas donde históricamente no había viña e incluso un poco de impostura y márketing en lugares y noches donde no había tanto riesgo. Y aunque detrás de todo haya un cálculo económico, en el que sólo merece la pena realizar esta operación en aquellas zonas donde la uva tiene mucho valor, salir a proteger la cosecha del frío no deja de tener una reminiscencia atávica y profundamente insertada en la mente del viticultor: la viña hay que defenderla porque no es sólo un negocio, es defender un territorio, un legado, una historia y una identidad.

Explicaba el escritor experto en vino Hugh Johnson en su Historia del Vino, publicada en 1989, que la plantación de vides por las órdenes monásticas durante la llamada reconquista de la Península Ibérica no era únicamente para el vino de las liturgias cristianas, sino que “plantar vides equivalía a realizar una afirmación de permanencia en la posesión de la tierra”. El viticultor no está de paso sino que afirma cada año su permanencia en esa tierra. Como decía el periodista Pierre Veilletet, no existen viñedos predestinados sino obstinaciones de generaciones. Las hogueras de madrugada son un reflejo muy fotogénico de esa obstinación que llega hasta nuestros días.

Cuando en la bodega alemana del Mosel Heymann-Löwenstein recogen las pizarras arrastradas por la lluvia y las vuelven a subir ladera arriba, cuando en Lanzarote se construyen socos, muros levantados a mano para proteger las viñas del viento, o cuando en el Valle de la Orotava, la bodega Suertes del Marqués conserva las viñas en cordón trenzado, solo por ser un patrimonio vinícola mundial y costando su cultivo un 300% más que con otros sistemas, estamos ante el mismo instinto que lleva al viticultor borgoñón a encender cientos de estufas de parafina contra una helada: el instinto de preservación de la viña.

Alastair Bonnett, profesor de Geografía Social en la Universidad de Newcastle, en su libro Fuera del Mapa, publicado en 2017, afirma que “los lugares no son simples decorados, telones de fondo sobre los que interpretamos nuestras vidas: son parte de nosotros”. Cultivar y proteger viñas también es un trabajo de preservación de lo que somos.

Los seres humanos creamos lugares y esos lugares se acaban convirtiendo en parte integral de nuestra identidad. Encender estufas, mantener el cordón trenzado o subir una ladera cargando con la pizarra arrastrada por las lluvias, no responden sólo a una lógica de negocio sino a un sentimiento del viticultor de que el lugar importa. La filósofa Simone Weil decía que “tener raíces es quizá la necesidad más importante y menos reconocida del alma humana” y alertaba de que “quien está desarraigado, desarraiga a los demás”. Lo contrario también es cierto, quien defiende un lugar lo mantiene para el que vendrá. Como han hecho, obstinadamente, generaciones de viticultores.

Cuando cada primavera veo encender antorchas para defender la cosecha del frío, pienso que en lo más profundo de cada viticultor vive el sentimiento que lleva siglos latiendo: que ese lugar importa y hay alguien que va a quedarse a cuidarlo.

Tu suscripción se está usando en otro dispositivo

¿Quieres añadir otro usuario a tu suscripción?

Si continúas leyendo en este dispositivo, no se podrá leer en el otro.

¿Por qué estás viendo esto?

Flecha

Tu suscripción se está usando en otro dispositivo y solo puedes acceder a EL PAÍS desde un dispositivo a la vez.

Si quieres compartir tu cuenta, cambia tu suscripción a la modalidad Premium, así podrás añadir otro usuario. Cada uno accederá con su propia cuenta de email, lo que os permitirá personalizar vuestra experiencia en EL PAÍS.

¿Tienes una suscripción de empresa? Accede aquí para contratar más cuentas.

En el caso de no saber quién está usando tu cuenta, te recomendamos cambiar tu contraseña aquí.

Si decides continuar compartiendo tu cuenta, este mensaje se mostrará en tu dispositivo y en el de la otra persona que está usando tu cuenta de forma indefinida, afectando a tu experiencia de lectura. Puedes consultar aquí los términos y condiciones de la suscripción digital.

Rellena tu nombre y apellido para comentarcompletar datos

Archivado En

_
Recomendaciones EL PAÍS
Recomendaciones EL PAÍS
_
_