La Menorquina retira Punky, el helado-pingüino que marcó a toda una generación
Punky nace en los ochenta, una década en la que la saturación de azúcar, los colorantes chillones y los sabores artificiales eran símbolo de modernidad. Los adultos tenían lentejuelas, hombreras gigantes, tejanos nevados y technopop. Los pequeños, a Punky, con su corazón radioactivo de vainilla pop sintética y caramelo


En las calles reina un silencio espeso. Ramos de flores y velas encendidas se amontonan a los pies de los quioscos de helados, donde los banderines ondean a media asta. Es el fin de una era. El lunes amanecimos con noticias funestas. En la cuenta oficial de Instagram de La Menorquina, fabricante de helados desde 1940, se leía: “Nos despedimos de Punky. Deja nuestro catálogo. El mercado ha hablado: las nuevas generaciones buscan otras cosas y los adultos… bueno, os acordáis de él con cariño, pero os da demasiada vergüenza pedirlo en público. La timidez ha ganado a las ventas. Punky nos deja. Alza el vuelo. Gracias por tantos veranos”.
Murió una infancia. Punky era el último superviviente de una familia icónica de postrejuguetes que fueron mucho más que un pingüino, un elefante, un león y una vaca; y mucho más que helados: fueron artefactos culturales de una era que termina.
Punky nace en el universo ochentero, cuando las pesquisas de los laboratorios de la industria alimentaria dan con un descubrimiento formidable que las hará muchimillonarias en poco tiempo: el poder del niño como consumidor. Punky, el Kinder sorpresa y los Happy Meal de McDonald’s son la prueba mitad plástico-mitad comida de que la amenaza del berrinche es capaz de doblegar la voluntad del adulto más sesudo con una eficacia que ningún departamento de marketing ha logrado igualar jamás. Seduce al niño, y los padres pagarán.
Hasta entonces, el niño come lo que deciden los mayores. Ahora, el pequeño se alza y con un dedo índice pegajoso señala “quiero ése” en un menú visual de cartón hecho a su medida. Y el adulto que le atiende obedece. Elegir helado es uno de los primeros actos de soberanía que ejerce un niño. Por eso Punky no se parece a comida. Con sus ojos enormes, sus colores saturados y su estética caricaturesca, es un personaje que compite con los dibujos animados por la atención infantil. ¡Es divertido! Y además, no se comparte: no se corta, no se sirve, no se negocia. Es propiedad total del niño.
Y reina en una década en la que la saturación de azúcar, los colorantes chillones y los sabores artificiales no son un problema, sino un símbolo de modernidad, tecnificación y progreso futurista. Los adultos tenían lentejuelas, hombreras gigantes, tejanos nevados y technopop. Los pequeños, a Punky, con su corazón radioactivo de vainilla pop sintética y caramelo. Tan dulce que da dolor de cabeza.
Además, estamos en plena época dorada del plástico. En los ochenta, el plástico no es sólo una solución barata para la producción industrial a gran escala, sino el material de que están hechos los sueños, magia capaz de transformar algo tan banal y utilitario como un envase en un juguete. Punky es para los críos, pero a los adultos también les gusta este juego: el helado al whisky de la valenciana Avidesa venía en un contenedor de porexpan donde había una botella que se transformaba en copa y después en macetero. La experiencia gastronómica podía durar cinco minutos. El cachivache podía pasar una vida entera en la repisa del salón.
Para los restaurantes, Punky es un dispositivo de desactivación de conflictos de tecnología punta. Ofrece un fin de fiesta barato que complace al cien por cien de paladares infantiles, no requiere trabajo de cocina, se guarda en un envase a prueba de golpes, se sirve tal y como viene, y compra la paz social en el comedor. Por eso triunfa y reina en bodas, bautizos, comuniones y fiestas de cumpleaños, los grandes eventos sociales de la infancia, porque es postre, premio, espectáculo y entretenimiento fáciles.
Hoy, los pilares culturales que sostenían el mundo de Punky se derrumban. La nutrición infantil es una cuestión seria que observamos con lupa. Tenemos a azúcar y plástico bajo sospecha por un montón de motivos razonables, y colorantes y saborizantes ya no son símbolo de progreso. Preferimos helados artesanos, ingredientes naturales, colores tenues y listas de aditivos cortas.
En este nuevo paisaje gastronómico, el pingüino de plástico rígido relleno de helado no podía sobrevivir mucho tiempo más. Era uno de los últimos de su especie, habitante de una infancia dulce, chillona y llena de diversión sin remordimientos ni cubos para el reciclaje.
Se acaba el helado, pero Punky podrá guardar canicas en el cielo para siempre.
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