El retorno de Cristina Mittermeier a México: “Elijo la esperanza como acto de resistencia”
Es una de las voces más influyentes en la conversación internacional sobre conservación marina. Su regreso no es simbólico, es estratégico: “Mi causa es México”, declaró

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Esta es una buena noticia, de esas que generan mucha esperanza y alegría. Quiero contarles un poco sobre esta maravillosa mujer ahora que tuve la suerte de reencontrarme con ella, de palpar su sencillez y su forma tan accesible de tender puentes. Cristina creció en Morelos, en la misma ciudad en la que viví mis primeros quince años. Su madre, Cristina Cabello, quién aún vive, fue una amiga entrañable de mi madre y gran apoyo en la última etapa de su vida. La recuerdo cálida, inteligente y cercana, tal como lo es su hija Cristina. Ambas coincidimos en las aulas de El Colegio Morelos; tres años nos separan en edad, pero algo muy profundo me une a ella: su pasión por tener una causa y por hacer del arte un instrumento con propósito.
Cristina se fue de México en 1991. Recuerdo la foto de su boda, tomada en el jardín de su familia en Cuernavaca; mi madre me la mostró ilusionada, con el cariño de una tía. Cristina ya había terminado su carrera de Ingeniería Bioquímica y Ciencias Marinas en el Tecnológico de Monterrey, campus Guaymas, con varias prácticas profesionales en México, cuando conoció a Russell Mittermeier, antropólogo, experto en primates y presidente de Conservación Internacional. Se casaron cuando ella tenía 25 años, y a partir de entonces comenzó para ella una vida que la llevó a viajar por todo el mundo. En medio de la maternidad de sus dos hijos, por las noches se escapaba a tomar cursos de fotografía y así comenzó a documentar algunas de las labores de su esposo durante los viajes. Desde muy joven entendió el poder de la imagen para transmitir un mensaje y compartir una historia.
Para ella, ser testigo de la riqueza de nuestro planeta y, a la vez de sus graves heridas, así como conocer de primera mano la sabiduría de los pueblos originarios en todo el mundo, le ha dado un claro sentido de la justicia y de la importancia de defender la vida silvestre. Fotógrafa y miembro de National Geographic Society, en 2005 fundó la International League for International Photographers; fue asistente durante diez años de uno de los grandes fotógrafos de naturaleza, Paul Nicklen, con quien aprendió a ser una guerrera para salir a cazar fotografías en situaciones extremas. Como mujer, supo abrirse camino en una profesión tradicionalmente considerada para hombres por ser tan técnica, dura y los riesgos que implica; pocas mujeres lo han logrado y Cristina es una de ellas.
Paul y Cristina son pareja, cómplices en una cruzada por la salud de los océanos y en la denuncia de los brutales intereses que van en contra del cuidado de la única casa que todos tenemos: la Tierra. Ambos fundaron Sea Legacy, que les permite contar sus historias sin comprometer su narrativa ni editar aquello que, para ellos, es esencial difundir al mundo. Un legado de historias que comparten en su cuenta de Instagram de manera accesible y divertida, y al mismo tiempo, con un sólido conocimiento de sus causas. Durante la pandemia adquirieron un catamarán de aluminio construido en Nueva Zelanda, que ya ha dado la vuelta al mundo en tres ocasiones. Para ellos era fundamental la libertad de permanecer en el mar todo el tiempo que fuera necesario para estudiar y documentar sus historias.
En pandemia se instalaron durante un año en las Bahamas, lo que les permitió conocer y estudiar un pasto marino de más de 90.000 kilómetros cuadrados, que absorbe una cantidad enorme de carbono y ha dado lugar a una importante iniciativa para gestionar bonos de carbono azul. Hoy, Cristina es una de las voces más calificadas y aguerridas en materia de conservación, con una capacidad innata para conectar con todo tipo de públicos en todo el mundo y dejar mensajes muy claros.
Esta es parte de una conversación con ella.
Cristina, hace unas semanas declarabas “Mi causa es México”. ¿Qué significa para ti este regreso?
“Cuando digo que mi causa es México no hablo desde la nostalgia. Hablo desde la responsabilidad. He pasado más de tres décadas documentando la belleza y la fragilidad del planeta. He visto arrecifes colapsar, comunidades desplazadas, bosques arder. Pero también he visto algo más profundo: la capacidad humana de regenerar cuando decide actuar con conciencia.

Volver a México es volver al origen, pero también al frente de batalla. México concentra los grandes dilemas de nuestra era: la crisis climática, la erosión de democracias, la violencia estructural que despoja la dignidad. Aquí conviven una biodiversidad extraordinaria y desigualdades profundas. Aquí se cruzan la promesa de soberanía con la presión de intereses globales.
Para una mujer —sin importar la escala de su influencia— tener una causa no es un lujo. Es una forma de coherencia. Es decidir que nuestra voz no será neutra cuando el futuro está en juego. Mi causa es México porque aquí se decide qué tipo de nación queremos ser: ¿una que exporta su territorio como corredor de intereses externos? ¿o una que protege su patrimonio natural y cultural como base de su dignidad?”.
México tiene una oportunidad única con la creación de la Reserva Natural de Dos Mares en Baja California. ¿Cómo empezó tu oposición frente al Proyecto Saguaro y que está en juego para México?
“El Proyecto Saguaro no es un proyecto mexicano en su esencia. Es un megaproyecto de exportación de gas licuado que pretende transportar gas proveniente principalmente de Estados Unidos a través de territorio mexicano para enviarlo a mercados asiáticos desde Puerto Libertad, Sonora: México pone el territorio. México pone el mar. México asume el riesgo ambiental. Pero el gas no es nuestro y la mayor parte del valor generado se dirige a mercados y corporaciones fuera del país. Eso es lo que muchos llamamos colonialismo ecológico.
El Golfo de California no es un espacio vacío. Es uno de los ecosistemas marinos más biodiversos del planeta. Es hábitat crítico de ballenas, tiburones, tortugas, delfines. Es también el sustento de comunidades pesqueras ribereñas y una base esencial para la economía turística de estados como Baja California Sur.
La introducción de megabuques de LNG, el ruido submarino, el riesgo de colisiones, la industrialización de rutas marítimas y la alteración de ecosistemas sensibles representan una amenaza real para esa biodiversidad y para economías locales vivas. Lo que está en juego no es solo una planta. Es el modelo de desarrollo.
Saguaro es tan sólo el corazón de una serie de megaproyectos de GNL que pretenden instalarse en la región, incluyendo El Proyecto Amigo que ya tiene la aprobación de la presidenta. Al igual que Saguaro, la empresa que lo impulsa es de origen extranjero, en este caso LNG Alliance de Singapur. Estos proyectos no fortalecen la soberanía energética del país: no diversifica las fuentes de generación de energía y sigue apostando por combustibles fósiles, beneficiando al mercado asiático y a las empresas de capital estadounidense sin considerar a la población mexicana y a la biodiversidad que mantiene el equilibrio ecológico en nuestro país.
Para un Gobierno que llegó con la promesa de primero los pobres, apoyar una infraestructura que pone en riesgo a pescadores artesanales y economías costeras plantea una pregunta incómoda: ¿a quién beneficia realmente este proyecto?
Si México se convierte en un simple corredor energético para exportaciones fósiles, debilitamos nuestra soberanía estratégica y enviamos un mensaje contradictorio frente a nuestras aspiraciones climáticas. La transición energética no puede significar que el sur global cargue con los costos mientras el norte captura las ganancias.”
En esta nueva etapa quieres conocer y estar cerca de las comunidades indígenas de México. ¿Cuál es el mensaje con esa búsqueda?
“México no se entiende sin sus pueblos originarios. Y el planeta no se entiende sin la sabiduría de quienes han sabido vivir dentro de los límites de la naturaleza. Durante años he trabajado con comunidades indígenas en el Ártico, en el Pacífico sur, en América Latina. He aprendido que la ciencia y la tradición no son opuestas; son complementarias.
En esta nueva etapa quiero escuchar más y hablar menos. Quiero documentar la relación íntima entre territorio, memoria y dignidad. Quiero mostrar que el conocimiento indígena no es folclor: es una tecnología de supervivencia que ha funcionado por siglos. En un mundo que enfrenta colapso climático, necesitamos mirar hacia quienes han sabido mantener equilibrio con la tierra. No para romantizar, sino para aprender.
México tiene una oportunidad histórica: construir un modelo de desarrollo que respete su diversidad cultural y su riqueza natural. Pero eso requiere valentía política. Y congruencia.”
El último libro de Cristina, que presentó durante la semana del arte en Ciudad de México, se titula HOPE (Esperanza). Ella, a pesar del miedo de conocer a fondo la pérdida de nuestra biodiversidad y los extremos que ya vivimos en terminos de cambio climático al lograr documentar algo tan dramático como un oso polar a punto de morir de hambre en el Ártico, lo cual generó una reacción viral de dos mil millones de usuarios, deja claro en la primera página de su libro: “La esperanza quizás no sea un plan ni una estrategia, pero es vital para nuestra supervivencia. Rechazo con toda el alma la apatía, el cinismo y el miedo, armas del conformismo que paraliza. Con coraje, tenacidad y una voluntad inquebrantable, elijo la bondad y la esperanza como actos de resistencia".
Las imágenes de Cristina, como lo dice Robert Redford en el prólogo del libro, “son un recordatorio de que el destino de la humanidad está inextricablemente ligado al destino de nuestro planeta, y de que el momento de actuar es ahora.” Durante la semana del arte, la organización Fomares, formada por gente apasionada y profesional, organizó una exposición con las imágenes de Cristina y Paul, no como una muestra más, sino como una estrategia de conservación. Más de 3.000 personas la visitaron.
En un pueblo indígena, alguien le dijo: los blancos hablan demasiado. “Tenemos que regresar a nuestros valores. Nadie debe tomar más de lo que necesita. El más rico no es el que tiene más, sino el que comparte y ayuda más.”
El espíritu indomable de Cristina, Mitty, como la llaman de cariño, regresa a México. Y yo le diría que, tal como ella entendió el saludo de reconocimiento en una tribu del Amazonas, viviendo en comunidad, Cristina, te veo. México te ve.
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