Adriana González, la gallega que hace vino ecológico en Austria
Lleva 17 años elaborando en la bodega que dirige junto a su marido, Martin Lichtenberger. Bajo los apellidos de ambos se etiquetan sus nueve referencias
En la austríaca región de Pannonia, entre las montañas Leithaber y el lago Neuisedler-See, en el pequeño pueblo austríaco de Breitenbrunn, la gallega Adriana González lleva 17 años haciendo vino. Lo elabora en la bodega que dirige junto su marido, Martin Lichtenberger, y bajo los apellidos de ambos, Lichtenberger González, se etiquetan sus nueve referencias que emplean viñedos viejos de las uvas autóctonas blaufrankisch, weissburgunder, grüner veltliner, neuburger y la rara muskatt ottonel:
“Crecí rodeada del mundo de la cocina y del vino”, cuenta Adriana González. “Mi familia tenía un restaurante en Pontevedra, una de esas casas de comida con solera, y desde muy pequeña viví ese ambiente donde se me inculcó algo muy importante: el amor y la pasión por el producto”. Dado que dedicarse a la cocina era un camino mal visto por aquel entonces, González optó por estudiar ingeniería agrícola en su tierra natal y enología en la Universitat Rovira i Virgili, en Tarragona. El encuentro con Martin Lichtenberger sucedió muy lejos de casa: “Fue mientras ambos hacíamos prácticas en California, y nos enamoramos. Tras un tiempo de relación —por carta en aquel tiempo, de ahí la etiqueta en forma de sello de sus botellas— decidí venir a Austria para hacer otras prácticas”. De aquello ya hace casi veinte años y la progresión fue natural, ya que Adriana se mudó a la casa familiar de Martin que, como muchas de las casas de la zona, tiene una bodega en su sótano, e hicieron su primer vino en 2009.

La región donde Lichtenberger-González cultiva sus viñedos y elabora sus vinos forma parte de Burgenland, una zona que desde hace poco más de cien años pertenece a Austria, pero que hasta entonces era parte del Imperio Austrohúngaro, siendo la zona germanoparlante de Hungría hasta el final de la Primera Guerra Mundial. En cuanto a vino se refiere, González señala que las diferencias de Burgenland con otras zonas de Austria tienen que ver con la cercana presencia del segundo lago estepario más grande de Europa, el Neusiedler See, y los veranos cálidos y largas horas de sol de esta región, una de las más soleadas del país.
“El otro factor clave es el suelo. Aunque el paisaje aquí es bastante suave, geológicamente estamos en las últimas estribaciones de los Alpes. Esto nos da una gran diversidad de suelos: desde pizarras con mica y hierro, como roca madre en las partes más altas, hasta zonas con depósitos calcáreos muy profundos. Esa combinación de clima continental cálido y suelos muy distintos es lo que da carácter a los vinos de Burgenland”, cuenta González.
Pero lo diferencial en sus vinos (que van de los 20 euros a los 50, según referencia y añada) es, sin duda, la forma de elaborarlos, basándose en una filosofía tradicional, de ritmos pausados, con fermentaciones espontáneas, levaduras autóctonas, largos tiempos de crianza y manteniendo siempre las lías hasta antes de embotellar. Hacen solamente 40.000 botellas por sus 9 hectáreas de viñedo. “Nos interesa que el vino pueda expresar el carácter de los grandes terruños con los que trabajamos, esa salinidad y esa tensión tan particular que tienen nuestros suelos. Por eso intentamos intervenir lo mínimo posible y no depender tanto de la tecnología, sino trabajar de una forma muy artesanal y respetuosa con el viñedo y con el vino”, dice González.
Sobre la blaufränkisch, por la que tiene un cariño especial, explica que es “la reina de las variedades tintas austríacas”. Su versatilidad permite elaborar espumosos, rosados y tintos con crianza y capacidad de guarda. Su desventaja, según como se mire, es que necesita tiempo. “Su verdadera grandeza suele aparecer con los años, porque tiene una acidez marcada y un tanino bastante presente. A menudo la comparan con la pinot noir, la syrah o incluso la nebbiolo, pero en realidad tiene una personalidad muy propia y es difícil de confundir”. Pero es con la Welschriesling con la que produce un vino que es pura conexión con España: su Tres Cuartos, de los que dispone de las sacas 2017 y 2023, nace y se cría bajo velo de flor, algo que era común en la zona durante los años setenta, según cuenta González.
Preguntada por el presente de los vinos austríacos, comenta que el país está positivamente marcado por las pequeñas producciones. “Nos sentimos afortunados por las estructuras que existen en el país: la gran mayoría de bodegas son pequeñas y familiares, y se mantiene un enorme respeto y amor por la tierra. Vemos el futuro del vino con mucho optimismo”, dice González, y recuerda que Austria es el país del mundo con mayor proporción de viñedos ecológicos, alrededor del 25%.
Vorder Brunn 2021, 7 Reihen 2022, Muschelkalk 2022, Mira Brunn 2023, Sau Spitz 2023, Rosado 2022 son algunas de sus referencias. ¿Cómo las entiende el consumidor español? González opina que “no se trata de entender el vino, sino de la sensibilidad de cada persona: el vino es algo que puede gustar más o menos y que a menudo polariza”. Por esa razón, cuenta que tanto ella como su marido no se obsesionan con notas de cata demasiado analíticas ni puntuaciones ni vinos perfectos, sino que en lo que se empeñan es en que el vino tenga personalidad. “Al final, el vino es un idioma universal que se puede entender en cualquier parte del mundo”, subraya.
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