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El ‘boom’ de las sartenes de acero inoxidable: cómo el miedo a los PFAS impulsa el regreso de un clásico

La búsqueda de productos más sostenibles y el temor a los metales presentes en algunas sartenes están favoreciendo a marcas históricas, como la francesa Cristel, que acaba de anunciar la apertura de una segunda fábrica para responder al aumento de la demanda de utensilios de acero inoxidable

Sartén de acero inoxidable. Imagen proporcionada por la empresa Cristel.

En abril de 2024, la Asamblea Nacional francesa aprobó una ley destinada a reducir progresivamente el uso de los PFAS, los llamados “contaminantes eternos”, en productos de consumo como cosméticos, textiles o ciertos materiales industriales. Aunque los utensilios de cocina quedaron finalmente fuera de la prohibición directa, el debate político y mediático en torno a la ley contribuyó a aumentar la conciencia pública sobre los PFAS y sus posibles efectos en la vida cotidiana. Pese a que el menaje se libró del veto, para el fabricante de sartenes Cristel el impacto fue instantáneo: “Vimos un pico muy fuerte de la demanda de material de cocina inox (inoxidable) en ese momento. Ahora llevamos dos años consecutivos anotando una progresión del 30%”, explica Julien Jean, director comercial de la marca, que acaba de anunciar que invertirán más de 12 millones de euros en la apertura de una segunda fábrica en 2027, que empleará a unas 30 personas.

Para Cristel, cuya fábrica se encuentra en el pueblo francés de Fesches-le-Châtel, cerca de la frontera con Suiza, la noticia se lee como una dulce venganza hacia el imperio de las sartenes antiadherentes, que estuvieron a punto de costarle el negocio. La marca nació en los años ochenta sobre las ruinas de la antigua fábrica Japy, heredera de una tradición metalúrgica iniciada en 1826. Tras el cierre del grupo industrial en 1981, varios trabajadores reabrieron el taller como cooperativa para salvar sus puestos de trabajo y el saber hacer local. Pero el experimento no terminaba de arrancar: Cristel era una ruina. Los 27 trabajadores recurrieron a una consultora en busca de auxilio, pero a la contable Bernardette Dodane no le daban los números. La única opción que veía viable era fabricar unas 1.600 piezas al día. Imposible. Su marido, diseñador en la fábrica vecina de Peugeot, la convenció para asociarse con los trabajadores y algunos amigos más, relanzando la marca con un cambio de estrategia: había que fabricar menaje de calidad para diferenciarse de la competencia. Así, la familia Dodane tomó el control de la empresa apoyándose en los trabajadores, que pasaron a integrar con sus modestos ahorros el capital de la nueva sociedad.

“Llevamos una gestión muy prudente y distribuimos muy pocos dividendos. No es que sea muy atractivo ser accionario de Cristel, pero hay cierto honor en formar parte de esa aventura”, dice Julien Jean, nieto del matrimonio Dodane. “Nuestros valores no han cambiado: la decisión de mis abuelos fue usar como bandera el ‘made in France’ y basar nuestra industria en la innovación y la durabilidad de nuestros productos. Lo que ha cambiado es la percepción de los consumidores, más sensibles a comprar un origen determinado y a primar la calidad y la sostenibilidad”, señala Jean.

El de Cristel es un buen ejemplo de en qué se ha traducido esa transformación del consumidor. Tras una década difícil, el confinamiento supuso un primer estallido en sus ventas: la gente tenía más tiempo para cocinar y la idea de tener un producto duradero se impuso en muchas cocinas. Su facturación aumentó ese año un 25%. Desde entonces, han triplicado su volumen de negocios, combinando el efecto confinamiento y el interés por utensilios inox, que ha pasado a representar en torno al 70% de la facturación. “Nuestra base de potenciales clientes se ha multiplicado por 10”, asegura el director comercial de la firma.

Aunque Francia representa el 75% de su negocio, el aumento del interés en productos de inox ha sido notable en otros países, además de Japón, su segundo mejor cliente: “Los países nórdicos ya habían hecho la transición. En Francia y en Suiza se está produciendo ahora y vemos cómo en el caso de España nos están solicitando cada vez más, con un aumento de las ventas del 27% en 2025”, añade. El pico de 33 millones de facturación global que anotaron en 2025 es para ellos un escalón, que seguirán subiendo, aseguran, impulsados por la preocupación de la contaminación a nivel mundial y la futura normativa europea.

El éxito del “PFAS Free”

El éxito de Cristel, que ha sido el rostro más visible de este resurgimiento del menaje en acero inoxidable, reposa en una red de distribuidores locales formados para explicar a los clientes cómo usar correctamente una sartén en inox, y en los miles de vídeos que han surgido en redes sociales con influencers explicando su manejo. Al contrario que las sartenes antiadherentes, el inox requiere una cierta técnica. Pero Cristel no es el único fabricante de menaje en inox que en los últimos años ha visto sus cifras disparadas. El debate sobre los PFAS y la futura regulación europea ha coincidido con una recuperación del mercado que ha favorecido a la mayoría de fabricantes: en 2024, Beka Cookware registró una subida del 15-20%, mientras que en De Buyer los utensilios de acero e inox crecieron entre un 20% y un 30%. Marcas como Le Creuset o Tefal han ampliado sus gamas cerámicas o sin PFAS ante un interés creciente de los consumidores por materiales considerados más duraderos y seguros, y la etiqueta “PFAS free” se ha convertido en un reclamo en tiendas físicas y virtuales.

En España, tiendas multimarca como Claudia&Julia llevan cuatro o cinco años notando de forma “muy evidente” el interés por productos en inox, aunque el cambio más fuerte se ha consolidado en los últimos dos años. “España ha sido tradicionalmente un país muy de antiadherente”, dice Clàudia Ferrer, fundadora de la plataforma de venta. “Pero hay varios factores que han impulsado el interés por el inox: mayor preocupación por los materiales y la salud en la cocina, más información y cultura culinaria, una búsqueda de productos más duraderos y sostenibles, y también una cierta saturación con antiadherentes que se deterioran con el tiempo: la gente está cansada de comprar dos veces lo mismo. Más vale comprar bien una única vez”, añade. Para ellas, el inox ha dejado de verse como “difícil” y ha empezado a percibirse como un material profesional, fiable y para toda la vida.

Aunque la ley francesa dejó fuera los utensilios de cocina, el público no siempre entiende esa excepción. El ácido perfluorooctanoico (PFOA), una sustancia usada antes para fabricar recubrimientos antiadherentes, está prohibido en la Unión Europea desde 2020 por sus riesgos sanitarios, pero otra sustancia dentro de los PFAS, el politetrafluoroetileno (PTFE) de las sartenes, más conocido como teflón, sigue permitido porque se considera estable y seguro en condiciones normales de uso.

“En los utensilios de cocina, la exposición alimentaria se considera baja cuando el recubrimiento está intacto”, explica Elisabeth Laville, fundadora de Utopies, consultora independiente de estrategia de desarrollo sostenible en Francia. “Pero cuando un riesgo invisible se asocia a un gesto cotidiano, el miedo puede ser inmediato. En el caso de la cocina, preparar comida para los seres queridos es un acto de cuidado, y cualquier duda sobre un utensilio tiene una fuerte carga emocional”. Para Laville, el auge del acero inoxidable o del hierro fundido no responde solo al temor a los PFAS, sino también a una búsqueda de productos duraderos, reparables y fabricados en Europa; un cambio que podría consolidarse si las alternativas mantienen calidad y precio. Para las marcas tentadas a seguir el “PFAS-washing”, las lecciones del pasado son claras: “Un asunto químico no es un detalle técnico. Muchas veces, la coherencia marca la diferencia: si se sustituye una sustancia sin reflexionar sobre la durabilidad, el rendimiento y el final de vida del producto, la confianza de los clientes no se recupera”.

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