Así se fabrica la olla centenaria que todo el mundo quiere tener
Las cacerolas de Le Creuset, que cumplieron un siglo de vida en 2025, se elaboran en un pequeño pueblo francés. Entramos en su fábrica para ver cómo se da forma a estos auténticos objetos de deseo


Abril de 1924. La ciudad de Bruselas acoge una nueva edición de la Feria Internacional del Comercio, donde fabricantes procedentes de más de una veintena de países acuden a mostrar los últimos avances en su sector. Allí coinciden dos industriales belgas, Armand Desaegher y Octave Aubecq, uno especialista en hierro fundido y otro en esmaltado, que comienzan a darle forma a la que acabará siendo una de las cacerolas más icónicas del siglo XX. Sin saberlo, estaban sembrando la semilla de un imperio de utensilios de cocina centenario.
Un año después de este encuentro, nacería Le Creuset. Lo hizo al otro lado de la frontera, en el pueblo de Fresnoy-le-Grand, situado al norte de Francia, donde Desaegher y Aubecq establecieron su fábrica. A pesar de su reducido tamaño, por estar junto a las vías del tren, Fresnoy-le-Grand contaba con una ubicación privilegiada para recibir todas las materias primas que iban a necesitar. En esta fábrica, hoy renovada y ampliada, nos adentramos para ver de cerca cómo nacen las célebres cocottes de hierro esmaltado.

La cocotte u horno holandés, un recipiente de hierro fundido con tapa, lleva entre nosotros desde el siglo XVIII y su éxito radica en la capacidad que tiene para distribuir el calor de manera uniforme y retener la humedad de los alimentos. De ahí la fama de que todo lo que se cocina en ella sabe mejor. Al unir sus conocimientos, Desaegher y Aubecq no inventaron nada nuevo, pero sí mejoraron lo que ya existía. Esmaltar el hierro hacía que las ollas fueran más resistentes, duraderas y fáciles de limpiar. Aplicarles color las diferenciaba de todas las demás. Eligieron el hoy ya característico naranja “volcánico”, un homenaje al metal incandescente que da origen a sus piezas.

A la entrada de las instalaciones de Fresnoy-le-Grand, una pequeña tienda exhibe en su escaparate algunas de sus coloridas cocottes. Destacan entre la niebla que envuelve al pueblo en la fría mañana de nuestra visita, algo similar a lo que ocurre cuando atravesamos las puertas de la fundición. Ahí dentro predominan los tonos grises, pero los ojos se desvían hacia aquellos puntos donde el naranja corporativo de la marca aparece de forma recurrente: el metal fundido y la ropa de los trabajadores, protagonistas en todo el proceso de fabricación. En Fresnoy-le-Grand, Le Creuset incorpora la última tecnología industrial, pero el factor humano sigue siendo clave: cada producto, aseguran, es inspeccionado por 15 personas a lo largo de toda la cadena. Los más de 800 empleados que trabajan en esta fábrica consiguen que, a diario, salgan de aquí 10.000 piezas de hierro fundido.

Además de por sus vibrantes colores, las ollas de Le Creuset son conocidas por sus precios: la cocotte redonda insignia de la marca oscila entre los 175 euros y los casi 600, dependiendo del tamaño. Tienen, eso sí, “garantía de por vida”, lo que permite justificar el gasto como una inversión. Acercarse a su proceso de fabricación, sin embargo, ayuda a comprender de forma más clara por qué cuestan lo que cuestan.
Estas cacerolas son fruto de una equilibrada combinación entre técnica y artesanía. El proceso de esmaltar hierro, nos explican, no es tarea fácil. El metal y el vidrio se expanden a ritmos diferentes cuando se calientan, lo que supone un problema cuando te dedicas a fabricar piezas que van a pasar buena parte de su vida en una cocina, en contacto directo con el fuego y el calor. El esmalte de las ollas de Le Creuset está formulado de tal manera que, a temperatura ambiente, permanece ligeramente constreñido; así, cuando se calienta, se puede expandir junto al metal sin resquebrajarse.

Todas las cacerolas se elaboran a partir de bloques de hierro, acero reciclado, fragmentos de raíles y material sobrante de la propia fabricación. Estos ingredientes se combinan en la proporción adecuada, según su receta, y se funden en el crisol, el recipiente que da nombre a la marca e inspira su logotipo. Una vez fundido, el metal se introduce en unos moldes de arena, únicos para cada pieza, que se destruyen y se reciclan una vez que han cumplido su función.
Ya frías y desmoldadas, varios operarios las revisan a medida que salen de la cinta transportadora para asegurarse de que cumplen con los estándares de calidad. A continuación, unos robots las escanean y liman las rebabas resultantes de la unión de las dos partes del molde. Estas gigantescas máquinas solo llevan cinco años en la fábrica; antes, este proceso también lo hacían a mano los trabajadores.

“En el esmaltado es donde empiezan nuestros problemas”, bromean, haciendo un guiño al primer reto que Desaegher y Aubecq tuvieron que superar cuando comenzaron a fabricar sus cocottes en 1925. Pero antes, las piezas deben limpiarse bien en el interior de una máquina que les lanza pequeñas partículas de metal para eliminar cualquier resto de polvo y lograr una superficie rugosa que permita que el esmalte se adhiera. Sobre esta superficie se aplica una primera capa incolora, que, entre otras funciones, sirve para prevenir la oxidación del producto. El esmalte con color se aplica en el interior de unas cabinas especiales con unos aerosoles y tiene un aspecto similar a la pintura, aunque no lo es. La mezcla contiene arena, vidrio, arcilla, agua y pigmentos. La única zona de las cocottes que no va esmaltada es el borde sobre el que se apoya la tapadera, por lo que ese esmalte se retira a mano, pieza por pieza, con unas esponjas.

Una vez secas, se someten al fuego para que el esmalte y el metal se fusionen definitivamente. Cuando el proceso finaliza, de nuevo, varios empleados examinan los productos para localizar posibles defectos.
La última parada es la zona de empaquetado, donde se añaden, por ejemplo, los pomos de las tapaderas. Se comprueba que cada una encaja a la perfección con la base de la cacerola correspondiente, se cierra la caja y se le coloca la etiqueta que identifica el color del producto. A partir de ahí, pondrán rumbo a alguno de los 60 países en los que Le Creuset comercializa sus utensilios. Todos los de hierro esmaltado se producen aquí, en Fresnoy-le-Grand, mientras que los de cerámica salen de su fábrica de Lamphun, en Tailandia. La sede francesa cuenta, además, con un pequeño museo, donde se pueden ver piezas históricas de la marca, como las cocottes diseñadas por Raymond Loewy, Enzo Mari o Jean-Louis Barrault entre los años 50 y 80.

Le Creuset no solo ha logrado sobrevivir durante un siglo, sino que ha sabido reinventarse a lo largo del camino, manteniendo sus modelos clásicos e innovando, en paralelo, con diseños más contemporáneos. En 1988, tras una etapa de estancamiento, el empresario sudafricano Paul van Zuydam se hizo con la compañía, iniciando un proceso de modernización y expansión, y ampliando la gama de productos que elaboraban a utensilios de acero inoxidable, cerámica, antiadherentes, textiles y accesorios de todo tipo.

Convertidas en objetos aspiracionales, las cacerolas de Le Creuset han logrado conectar con las nuevas generaciones gracias a su colorida estética, muy instagrameable, pero también a su asociación con valores como la calidad y la durabilidad: son objetos que permanecen en un mundo que cambia constantemente.
Como lo fue para generaciones anteriores, hacerse con una de estas ollas sigue siendo un marcador del paso a la edad adulta, algo en lo que uno siente que vale la pena invertir o incluso coleccionar. La marca también ha conseguido atraer a esta clientela joven gracias a los mercadillos Factory to Table, en los que aplican jugosos descuentos, las ediciones especiales —las ha habido dedicadas a Harry Potter y Pokémon, entre otros— y novedades como las cocottes con forma de calabaza o de corazón. ¿Quién dijo que un producto destinado a durar de por vida no podía tener muchas vidas distintas?

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