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Cómo la soledad de trabajar en casa puede afectar a la salud mental: “La mentalidad de bata es peligrosa”

Si la oficina es el lugar en el que con más frecuencia surgen amistades, las personas que teletrabajan, especialmente los ‘freelance’, son las más vulnerables al aislamiento, con todo lo que este supone para su bienestar

Quienes trabajan desde casa, y especialmente los 'freelance', son las personas más proclives a la soledad.Jeff Bergen (Getty Images)

En su texto Escribir es dejar de ser escritor, Enrique Vila-Matas cuenta que eligió su profesión porque quería ser libre y no deseaba ir a ninguna oficina cada mañana. Cuando tomó aquella decisión, lo hizo sin saber que acabaría viviendo “como un topo en unas galerías interiores trabajando día y noche”. En entrevistas y memorias, muchos novelistas confiesan que, vocación aparte, lo que más deseaban cuando empezaron a escribir era esquivar el frío de la calle, quedándose en casa durante esas mañanas laborables que concentran los desplazamientos y las rutinas de la mayoría de los empleados. Poco después, se dieron cuenta de que “decir autor disciplinado es una redundancia”, como suele señalar Juan José Millás, porque la literatura exige muchas horas de concentración cada día.

Pero no se trata solo de escritores o artistas más o menos célebres cuyas rutinas de trabajo —como todo lo que los rodea— son objeto de escrutinio. Según los datos disponibles, en España, alrededor de la mitad de autónomos trabaja desde casa, y eso incluye a periodistas, asesores fiscales, publicistas, abogados, profesores, ilustradores… que, en el mejor de los casos, disponen de un despacho en su vivienda —la célebre “habitación propia”— y, en el peor, apenas han podido encajar un escritorio en su dormitorio.

Se tiende a representar las oficinas como infiernos cotidianos, donde los trabajadores interpretan con desgana su papel para parecer productivos, asisten a reuniones inútiles o conspiran alimentando rencillas y envidias. Sin embargo, muchos estudios demuestran que, entre los 20 y los 60 años, especialmente para los hombres, el trabajo es el lugar en el que con más frecuencia surgen amistades nuevas (antes lo fue la escuela y más tarde lo será el vecindario). Quizá por eso, quienes trabajan desde casa, y especialmente los freelance, son las personas más proclives a la soledad. Lo confirma Juan Gómez Bárcena en Mapa de soledades (Seix Barral, 2024), un ensayo donde afirma que “los parados de larga duración, los autónomos con asfixiantes jornadas laborales en sus propios hogares o los jubilados que han dejado de producir son candidatos idóneos para enfermar de soledad”.

En 2017, surgió en el Reino Unido una plataforma llamada Leapers que visibiliza los problemas de salud mental, muy relacionados con la soledad, que padecen allí los autónomos y les ofrece una red de apoyo. Para profesiones que dependen de internet y trabajan en condiciones similares, las conclusiones de sus informes son extrapolables a prácticamente cualquier país. Las más significativas son las siguientes: en 2024, el 32% de los autónomos sintió el impacto de la soledad y el aislamiento de manera constante, mientras que un 89% lo notó en algún momento puntual; el 66% pensó que los patrones y rutinas de trabajo irregulares le estaba perjudicando; y un 91% se sintió improductivo (y agobiado por la falta de ingresos) durante algún mes. En definitiva, un 86% de los encuestados coincidió al afirmar que el trabajo por cuenta propia resulta problemático para la salud mental.

La disciplina en casa

Jaime Lorite es periodista freelance y colaborador de EL PAÍS. Tras años trabajando desde casa, ha encontrado algunas rutinas que le sirven para evitar problemas: “Para esquivar la pereza por el frío, salgo a correr todas las mañanas a las ocho antes de empezar a trabajar; es una forma de cortarlo de raíz. Tengo este sistema internalizado para no quedarme apalancado”. Y añade: “El confinamiento fue una escuela dura donde aprendimos por obligación; al principio lo pasamos mal al dejarnos llevar por hábitos nocivos como trabajar desde la cama, estar todo el día en pijama o incluso beber alcohol trabajando. Aquello era insostenible y ahora sigo el consejo de ducharme y vestirme de calle a primera hora para mentalizarme de que estoy trabajando”.

“La mentalidad de bata es peligrosa si no se la vigila”, coincide la ilustradora Gala Castro. “La psique tiende naturalmente a lo cómodo, fácil y pernicioso en el largo plazo; hay que estar un poco avispado e introducir fricciones a propósito: madrugar, vestirse, moverse, salir al mundo. La bata se compensa calzándose una pesa en cada tobillo y saliendo a hacer siete kilómetros antes de desayunar. Trabajar desde casa exige cierta disciplina estética y mental para no acabar acolchado por la propia comodidad”, continúa esta profesional que busca un equilibrio entre comida, paseo y proyecto durante todos sus días.

Filósofos como Terry Eagleton, que desarrolla esta idea en su obra La estética como ideología (Trotta, 2011), consideran que el artista sirvió, ya desde el siglo XVIII, como modelo de individuo adaptado al capitalismo. Los artistas, movidos por su vocación, crean su obra sin que nadie les obligue y ponen todo su empeño en ello. Es el hilo que recoge y actualiza Remedios Zafra en su influyente El entusiasmo: precariedad y trabajo creativo en la era digital (Anagrama, 2017), donde desgrana alguna de las trampas que esconden las industrias culturales. Todo esto es extensible a muchos de quienes han optado por el autoempleo, ya que, como dice Matthew Knight, fundador de Leapers y representante de una plataforma que agrupa a más de 12.000 autónomos, “quienes sienten una gran pasión por su oficio suelen pasar a este régimen porque quieren liberarse de la política y los procesos de una organización grande para centrarse en su proceso. Así que esa identificación e impulso ya están ahí antes de ser autónomos. El desafío aparece porque, al ser los únicos responsables de entregar un trabajo, puede aparecer un sentido de responsabilidad mayor de lo que es saludable”.

Por supuesto, no todo este sentido de la responsabilidad es abstracto: la necesidad de alcanzar determinados ingresos contribuye al malestar. “Soy un jefe bastante exigente conmigo mismo, trabajando en días y horas demenciales, llegando a la autoexplotación. Esto nace de la necesidad de tener unos ingresos dignos y no depender económicamente de mis padres. Es una dinámica perversa donde los periodistas freelance nos encargamos de portarnos mal con nosotros mismos, algo que conviene a las empresas”, reconoce Lorite.

Las amistades que no surgen

“Cuando eres autónomo, tienes que esforzarte para crear conexiones, conocer gente y mantener el contacto. Vemos a muchos autónomos luchando contra sentimientos de aislamiento que, según nuestra investigación, pueden ser 2,5 veces mayores respecto a los empleados por cuenta ajena”, indica Knight, que insiste en que los freelance deben reservar parte de sus energías para sus vínculos amistosos. “La mayoría de los autónomos que conozco equilibran el tiempo en casa quedando con otros fuera del trabajo, trabajando en cafeterías y coworkings, asistiendo a eventos de networking y, por supuesto, tener más flexibilidad también permite ver a los amigos fuera del horario laboral”, continúa.

Para Castro, trabajar en casa nunca ha sido un problema: “Prefiero que la socialización no venga incluida por defecto en el horario laboral. No me gusta darme cuenta de que algo existe solo por inercia, y no quiero terminar confundiendo socialización con proximidad física reiterada. Hablo con mis vecinas de balcón a balcón, en el gimnasio conozco a todos por su nombre, y cuando voy al mercado me recreo en las anécdotas que me cuenta mi carnicera sobre su gran pasión: el motocross. Trabajar solo no te hace vivir aislado”, sostiene. Lorite también lo ve así, y recuerda la cara positiva del teletrabajo: “Me ha permitido una conciliación más efectiva, permitiéndome hacerlo desde casa de mis padres en Talavera o desde casa de mi hermana en Madrid, lo que me ayuda a mantener vivas mis relaciones previas. Quizás me pierda amistades nuevas en una oficina, pero el teletrabajo me permite estar más presente y accesible para mis amigos de siempre, además de las amistades por intereses compartidos que sigo haciendo en redes sociales”.

De este modo, la soledad no elegida o la soledumbre —así llama Bárcena en su ensayo al aislamiento urbano contemporáneo— no es responsabilidad del trabajador, ni una maldición inevitable, sino una consecuencia de una posición desfavorable dentro del sistema productivo. Esto último es lo que más preocupa a Lorite: “Es difícil organizarse o protestar colectivamente como autónomo, porque estamos en un espacio abstracto e incomunicado. A menudo, por vergüenza, no se pregunta a otros cuánto cobran, lo que alimenta la desigualdad y hace que aceptemos como normales tarifas que no lo son. La columna Freelance, de Idafe Martín Pérez, fue valiente al poner cifras sobre lo que paga cada medio, rompiendo un tabú que solo beneficia a quienes no pagan lo que corresponde por las horas trabajadas. La respuesta más eficaz ante esto es sindicarse”.

Tras casi una década escuchando y organizando las reivindicaciones de los freelance británicos, Knight concluye algo parecido: “Nuestro estudio anual muestra varios desafíos: la falta de confianza (si intentas resolverlo todo solo, es fácil dudar de tus instintos); el aislamiento y la ansiedad financiera. Gran parte de nuestro trabajo consiste en lograr que la gente sea proactiva: detectando cuando las cosas fallan, estableciendo límites para protegerte y asegurando una comunidad para no estar solo. Sin embargo, lo que más me preocupa son los malos comportamientos de los clientes: condiciones de pago injustas, facturas atrasadas, ghosting, tarifas bajas, contratos restrictivos o cancelaciones de última hora”, lamenta.

Al final, como tantas otras cosas, la salud mental de los autónomos también depende de los mecanismos de rendición de cuentas que regulan su relación con las empresas para las que trabajan: “Si las organizaciones dependen cada vez más de los autónomos, tienen la responsabilidad de trabajar de forma ética y no hacer daño. Las empresas deben empezar a rendir cuentas por esta parte de su fuerza laboral”, zanja Knight.

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