Matthew Lieberman, psicólogo: “La soledad mata de formas que no son obvias”
El profesor estadounidense, que lleva 30 años estudiando el cerebro social, habla de la epidemia de soledad, y de lo que puede influir en ella la inteligencia artificial y la polarización política


Cuando Matthew Lieberman comenzó a estudiar el dolor social en los años 90, muy pocos de sus colegas compraban la idea de que la falta de habilidades sociales, el aislamiento, la soledad, en fin, pudieran provocar en quien lo sufre un dolor comparable con los achaques físicos. Tras una pandemia biológica, y otra de soledad que llegó después, las teorías de Lieberman (Atlantic City, EE UU, 56 años) le han convertido en uno de los investigadores más influyentes del mundo en su disciplina, con más de 58.000 citas académicas. Su libro Social, publicado en inglés en 2013, llega ahora al español (Capitán Swing) en un momento en que sus tesis resultan más relevantes que nunca: pocos dudan de que la soledad es uno de los grandes males de nuestro tiempo, aupada por la polarización, las redes y una inteligencia artificial que empieza a sustituir —con resultados inciertos— las conversaciones que antes teníamos con otros humanos. Lieberman habla con EL PAÍS por videoconferencia.
Pregunta. Su libro se publicó en 2013. Ahora llega al español en 2026. ¿El mundo ha cambiado en la dirección correcta o en la contraria?
Respuesta. En la contraria, sin duda. Hay dos cambios enormes. El primero es que el mundo es mucho más solitario, estamos más aislados que antes: ya existía una tendencia de 50 años hacia el aislamiento, pero la pandemia de covid la aceleró de forma brutal; en Estados Unidos estuvimos 18 meses en los que prácticamente solo veíamos a una familia, la nuestra. El segundo es la polarización política. Hay un nivel de animosidad partidista que no he visto en toda mi vida. Ambas cosas han dado forma a la vida actual de una manera que provoca que mucha gente sienta que el mundo va a peor. Y yo he sido optimista durante décadas sobre la trayectoria de la humanidad. Los últimos 10 años me han quitado esa certeza.
P. La pandemia forzó a miles de millones de personas al aislamiento. ¿Qué reveló ese experimento sobre lo que le ocurre al cerebro cuando pierde de golpe la conexión social?
R. No necesitamos conexión social para sobrevivir como necesitamos comida o agua, pero sí para estar bien. Lo que la pandemia hizo fue hacernos conscientes de esa necesidad de una forma muy cruda. El efecto inmediato del aislamiento en el cerebro se parece al dolor físico. Pero el efecto a largo plazo de la soledad crónica es que activa el sistema inmune de forma constante, genera inflamación, y esa inflamación se ha asociado con cáncer, enfermedades cardiovasculares y mayor mortalidad. La soledad mata, en un sentido muy literal, y de formas que no son nada obvias.
P. Tenemos más herramientas que nunca para estar conectados: teléfonos móviles, redes sociales, chatbots, videoconferencias como esta… y, sin embargo, la soledad está en niveles récord: en España, una de cada cinco personas se siente sola. ¿Qué está fallando?
R. No diría que las tecnologías en sí están empeorando las cosas. Las videoconferencias, por ejemplo, me parecen extraordinarias: cuando Apple lanzó FaceTime, mi hijo pudo ver a sus abuelos, que vivían a miles de kilómetros. La alternativa no era estar con ellos en persona; la alternativa era no tenerlos. El problema real es que tomamos decisiones que nos alejan de nuestros sistemas de apoyo social: nos mudamos a ciudades donde no conocemos a nadie por razones profesionales, y crear una red nueva de amigos cercanos en un lugar desconocido es extremadamente difícil. Además, la videoconferencia puede mantenerte conectado con quien ya quieres, pero no sirve para crear amistades nuevas. Puedo presentarle a alguien con quien sería perfectamente compatible y tendría una conversación amable por Zoom, pero probablemente no volverían a hablar por videoconferencia. No es así como funcionamos.
P. Hay estudios que vinculan el uso intensivo de chatbots con mayor soledad y menor socialización real. ¿Qué opina de la IA como sustituto de la conexión humana?
R. La IA es el invento más extraordinario que he visto en mi vida. La uso muchas veces al día, pero no como apoyo social, no para conectar. Sin embargo, sé que la generación de mi hijo, los menores de 30 años, la utilizan como fuente de apoyo emocional, y estamos empezando a estudiarlo en mi laboratorio. Que la IA reemplace el contacto con personas reales no es bueno. Las personas son complejas e impredecibles de maneras que la IA no lo es, y esa incertidumbre, aunque a veces dé miedo, es valiosa. Lo que me preocupa es que algunas empresas de IA están optimizando sus productos para ser más amigables y emocionalmente cercanos porque eso es lo que vende. Y la pregunta que hay que hacerse es: ¿Están pensando también en cómo asegurarse de que eso ayuda a la gente en lugar de hacerla más dependiente?
P. Usted propone que gran parte de lo que creemos que somos —valores, creencias— nos ha sido instalado por la sociedad a través del cerebro social. ¿No es eso inquietante? ¿Dónde queda el libre albedrío?
R. Cuando lo escuchas por primera vez, suena casi autoritario: la sociedad convirtiéndote en uno de sus súbditos. Pero hay otra forma de entenderlo. El hecho de que aprendamos estas cosas después de nacer, en lugar de heredarlas solo por el ADN, nos permite sintonizar con las comunidades en las que crecemos, compartir formas de ver el mundo que nos permiten colaborar. Si me hubieran preguntado esto con 20 años, habría dicho que suena horroroso. Ahora, habiendo vivido más y habiendo visto lo importante que es aprender a integrarse en grupos nuevos, veo que la capacidad de hacer eso tiene muchas ventajas además de su parte inquietante.
P. Usted mencionaba antes la polarización política, que ha aumentado enormemente desde que publicó el libro…
R. Es algo que me preocupa profundamente. En Estados Unidos, los análisis muestran que cuando un conservador deja California, un estado demócrata, tiene el doble de probabilidades de mudarse a un estado conservador. Lo mismo al contrario. Nos estamos segregando geográficamente según nuestras ideas políticas, y cuando no convives con personas que piensan diferente en tu vida cotidiana, dejan de parecerte parte de tu comunidad. Cuando era niño vivía en un cul-de-sac con 10 casas. Nos conocíamos todos. Algunos eran liberales, otros conservadores, pero eso no importaba: eran parte de nuestra pequeña comunidad. Eso ya no existe en la misma medida. Y lo que me parece realmente peligroso es que hemos convertido la diferencia política en una cuestión moral absoluta. En 1960, más del 50% de los americanos se oponía a que sus hijos se casaran con alguien de otra raza. Hoy ese número es marginal. Pero ahora el 50% dice que no toleraría que sus hijos se casaran con alguien del partido contrario. Eso es nuevo, y es muy preocupante.
P. ¿Hay alguna esperanza o seguimos empeorando?
R. La única esperanza real que puedo señalar es tomar conciencia de que el conflicto real suele ser entre el 10% de un extremo y el 10% del otro. La mayoría de la gente está en el centro, no en el centro exacto, pero cerca. El problema es que los extremos se llevan todo el oxígeno: son los que discuten en redes sociales constantemente, los que tienen más visibilidad. Parecen representarnos a todos, pero no es así. La esperanza está en que esa gran mayoría central tome conciencia de que tiene más en común entre sí que con los extremistas de su propio bando. No veo que eso esté ocurriendo todavía, pero podría ocurrir.
P. En su libro propone algo interesante: reformar la enseñanza y enseñar historia a través de narrativas sobre personas, no de fechas y batallas. ¿Hay evidencia de que funciona?
R. No conozco ningún país que lo esté aplicando sistemáticamente. Pero lo que sí sabemos es que los humanos estamos diseñados para escuchar historias y para pensar en personas. Aprendemos cosas sobre las personas —sus caras, sus personalidades, sus motivaciones— de una forma mucho más fácil y duradera que cuando aprendemos hechos abstractos del mundo. Si le enseño cómo fue una guerra contándote qué estaba pasando en la mente de quienes tomaron las decisiones, eso engancha y se te queda. Cuando aprendemos historia como una serie de mapas y fechas, estamos usando el formato equivocado para la manera en que funciona el cerebro.
P. En el libro también argumenta que las empresas infravaloran la conexión social como motor de productividad. ¿El teletrabajo masivo en la pandemia, y la vuelta a la oficina después, ha demostrado que tenía razón?
R. Mi edificio en la universidad es mucho más un pueblo fantasma que hace 10 años. Los profesores vienen cuando dan clase o tienen una reunión, pero ya casi nadie está allí de 9 a 6. Y con eso se pierden los momentos de serendipia: el encuentro en el pasillo donde alguien te dice “oye, vi una conferencia ayer que creo que te interesaría”, y acabáis pasando una hora en su despacho desarrollando una idea nueva. Eso no ocurre de la misma manera en remoto. En EE UU, los trabajadores han resistido mucho volver a las oficinas, y lo entiendo: puedes trabajar en pijama, ahorras en desplazamientos, y si tu pareja también teletrabaja, podéis comer juntos. Hay beneficios reales. Pero también hay cosas que ocurren cuando las personas se reúnen físicamente que no ocurren de otra manera, y creo que todavía no hemos encontrado la forma de compensarlo.
P. Basándose en todo lo que su investigación muestra sobre cómo el cerebro necesita conexión social, ¿qué consejo práctico daría a alguien que se siente solo o que tiene dificultades para conectar con otras personas?
R. He fundado una empresa [Resonance] que intenta resolver este problema. Tenemos una aplicación que ayuda a las personas en comunidades grandes a encontrar a otras con quienes podrían hablar, y la estamos usando con universidades: antes de que llegue una promoción de miles de estudiantes, conectamos a cada uno con otros tres, para que cuando lleguen al campus ya tengan a alguien. Lo hacemos también con empresas. Pero más allá de eso, daría dos consejos. Primero: tienes que exponerte. La recomendación clásica de unirte a un club o grupo que haga algo que te interese es, en líneas generales, correcta. Ve a jugar al pádel, únete a un club de lectura, lo que sea. Eso no te va a dar amigos automáticamente, pero es donde probablemente los encontrarás. Y segundo: tienes que saber convertir conocidos en amigos. Eso implica ser curioso por el otro; preguntar y hacer preguntas de seguimiento, no solo hablar tú. Pero también compartirte tú mismo. Tienes que entrar en territorio más profundo, revelar algo de tu yo privado, porque es en ese nivel donde realmente conectamos. Tenemos miedo de que, si nos abrimos demasiado, el otro se asuste. Los estudios muestran que estamos equivocados: a la gente le gustan las conversaciones profundas porque te hacen sentir más humano. Y luego hay que atreverse a decir “sí” cuando alguien propone algo. Incluso a las malas experiencias compartidas: el peor concierto al que fuiste con alguien puede ser un punto de unión durante años. Hacer amigos, en el fondo, es tomar riesgos.
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