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Por qué se ha estancado la expansión de la alimentación ‘veggie’ en España: artificialidad, precio y polarización política

Tras el bum pospandémico de las dietas basadas en vegetales, el número de personas que las siguen se ha reducido, según la consultora Lantern Consulting, hasta el 11%

Alimentacion ‘veggie’

Hace solo unos años, quienes compraban con cierta regularidad hamburguesas vegetales, embutidos sin carne o platos preparados plant based tenían la sensación de estar participando de una expansión constante. Cada poco tiempo, su visita al supermercado traía la sorpresa de algo nuevo: más marcas, más formatos y más espacio en los lineales. Hoy esa experiencia es distinta, casi contraria. Casi todos los productos siguen ahí, pero el crecimiento se ha frenado y algunos de los que han desaparecido no han sido sustituidos. El empuje que parecía existir se ha quedado en suspenso. Y la percepción no es solo comercial, en general, se habla menos del veganismo y del vegetarianismo. El tema ha perdido presencia en titulares, debates y reportajes, en parte porque su propia normalización le ha restado novedad. Lo que lleva a la siguiente pregunta: ¿se ha detenido la expansión de la cultura veggie en España?

Los datos podrían confirmarlo. Según The Green Revolution 2025, la quinta edición del estudio elaborado por la consultora Lantern Consulting, el número de personas con una alimentación veggie [no solo vegetarianos y veganos, sino también flexitarianos: consumidores ocasionales de pescado y carne] se ha mantenido estable este año respecto al anterior: en torno al 11,1% de la población adulta. Eso son unos 4,6 millones de personas, lo que no es poco, pero sí inferior al pico alcanzado en 2021, en plena resaca pandémica, cuando llegó a un 13% y más de 5 millones.

Para Jaime Martín, fundador y CEO de Lantern Consulting, la explicación es más simple de lo que algunos quieren creer: “Si la alimentación basada en vegetales no ha ido a más se debe sencillamente a que el resto de la población, la que no es veggie, está contenta con su dieta actual, donde la proteína animal comparte espacio en el plato con otros alimentos”, afirma.

El informe aporta otros datos interesantes. Por ejemplo, que la evolución es diferente dependiendo del “tipo” de veggie. Los vegetarianos y veganos, a los que en Lantern denominan veggies+, se han reducido en unas 650.000 personas desde 2021. Por su parte, el número de flexitarianos, la opción más relajada del grupo, se ha mantenido. Para Martín, ahí está uno de los nudos del problema: “Los dos primeros grupos responden a estilos de vida, que llevan aparejado un ethos, donde es clave el respeto a los animales y buscar un menor impacto ambiental de su alimentación”, apunta. “Seguramente hay más gente que comparte esa visión, pero seguir esa alimentación tan estricta es complicado y priva de muchas cosas a las que no se está dispuesto a renunciar. Su discurso ha calado menos aquí que en países de nuestro entorno como, por ejemplo, Alemania”. En ese país la mitad de la población sigue una dieta basada en vegetales.

Estefanía Lozano, directora interina de la organización sin ánimo de lucro Veganuary España, ofrece una lectura menos pesimista de toda esta situación. “La ligera caída en el porcentaje de personas que se definen como veganas o vegetarianas no indica un retroceso del interés global por la alimentación vegetal”, asegura. Según explica, su organización impulsa cada año una campaña para no comer carne durante todo el mes de enero, proporcionando recetas y conocimientos a las personas interesadas. Afirma que, según datos internos, “el 80% de quienes participaron en Veganuary 2025 mantiene al menos una reducción del 50% del consumo de carne seis meses después, aunque no se identifiquen como veganos o vegetarianos”.

Precio y valor añadido

Entre los datos del informe de Lantern hay otro factor que también es fácil de comprobar en cualquiera de los supermercados en los que se venden productos sustitutivos de las proteínas animales: su precio. En España, las alternativas vegetales a la carne siguen siendo caras en comparación con otros países europeos. “En nuestro país, hay un factor clave que impide el despegue del consumo de productos alternativos a la carne, que es el precio. Es altísimo en comparación con los países de nuestro entorno. Tanto en términos relativos como absolutos”, apunta Martín. A eso se suma una percepción de escaso valor añadido: “Además de caros, estos productos no tienen un sabor espectacular y el consumidor medio no los percibe como un gran avance para cuidar su salud”. El resultado es visible en los datos del estudio: casi la mitad de las personas veggie ha reducido su consumo de productos plant based industriales y ha incrementado su consumo de verduras y legumbres.

El 36% de los veggies considera que los productos sustitutivos de la carne son “muy artificiales” y con listas de ingredientes largas y poco reconocibles. Aun con todo, en opinión de la periodista y activista en favor de los derechos de los animales Lucía Arana, esa percepción que circula en la sociedad no es inocente: “Se trata de una generalización peligrosa que hace mucho daño a las marcas que elaboran alternativas a los productos de origen animal”, sostiene. Y añade un matiz clave: “Puede que una hamburguesa vegetal comprada en el súper no sea más saludable que la que te haces tú mismo de garbanzos, pero desde luego es más saludable que la versión cárnica. Para ti, para el planeta y, por supuesto, para los animales”.

El problema, como argumenta el informe, es que muchas marcas no han logrado construir atributos claros y diferenciales. A diferencia de las bebidas vegetales (un mercado consolidado y en crecimiento), las alternativas a la carne siguen siendo una categoría casi invisible en la mente de muchos consumidores.

Además, según Arana, “la gente aún tiene creencias muy arraigadas, como que si no tomas leche se te romperán todos los huesos y si no tomas carne tendrás un déficit de proteína”. Todo ello, apunta la periodista, “a pesar de que la ciencia ha mostrado que la dieta vegana es perfectamente válida para todas las etapas de la vida, y especialmente positiva para los otros animales y para el planeta”.

Identidad, género y cuidados

El estancamiento no afecta a todos por igual. Hay diferencias por sexos: cada vez hay más mujeres veggies, mientras los hombres retroceden de forma marcada. En 2025, según el mencionado estudio, el 14,6% de las mujeres adultas en España siguió una dieta basada en vegetales, frente a solo un 7,5% de los hombres.

Martín lo explica desde un patrón que también se da en otros ámbitos de la alimentación: “Las mujeres siempre están a la vanguardia de adoptar nuevos hábitos en lo relacionado con la comida, especialmente si están enmarcados dentro de lo saludable. Son ellas las que han marcado el camino para el desarrollo de muchas nuevas categorías ‘saludables’ como el kéfir, la kombucha o las bebidas vegetales”.

Arana, por su parte, introduce una lectura más política y cultural. “La cosificación de los animales y de las mujeres proviene del mismo origen patriarcal”, afirma, citando a Carol J. Adams, autora del célebre libro La política sexual de la carne (Ochodoscuatro Ediciones, 2016). “Es muy revelador ver la publicidad histórica de los productos cárnicos, apelando a la masculinidad y a la hombría. El machismo necesita ridiculizar los valores relacionados con la empatía y los cuidados. Si esa empatía se extiende a los seres de otras especies, el menosprecio es aún mayor”.

Del debate nutricional al campo de batalla cultural

En los últimos años, se podría decir que el veganismo y el vegetarianismo han dejado de ser solo una opción vital para convertirse en un marcador ideológico. Arana no duda en señalarlo: “El auge de los mensajes populistas de extrema derecha poniendo la libertad individual por encima de todo va en detrimento de todo lo que implique conciencia y empatía, que son las bases del veganismo”. Y remata con una frase de Elon Musk que resume bien el choque cultural: “La debilidad fundamental de la civilización occidental es la empatía’ es una afirmación tan aterradora como reveladora de la realidad a la que nos enfrentamos”.

A corto plazo, parece que el escenario más probable es la estabilidad en los números de veggies. “Vemos un escenario de estabilización o de muy ligero crecimiento”, resumen los autores del estudio. España sigue siendo un país con un fuerte vínculo cultural con la carne y el pescado, y con uno de los consumos per cápita más altos del mundo.

Según Arana, el cambio llegará “ya sea por las buenas, con un cambio de mentalidad y un trabajo de educar en la empatía desde las aulas, o será por las malas. Hasta los ecologistas más conservadores admiten ya que el planeta no puede sostener a una humanidad tan numerosa y a la vez carnívora”.

Lozano insiste, por su parte, en la normalización: “Es importante que el veganismo y el vegetarianismo se perciban menos como una moda pasajera y más como una continuación natural de los hábitos que mucha gente ya practica”. En otras palabras: hay que perder el miedo a no comer carne. “Muchas personas piensan que hacerse veganas va a suponer cambios en su identidad: sienten que afectará a quiénes son, a cómo les van a ver los demás y temen las consecuencias que eso pueda tener en su vida y en sus relaciones”, señala. Ahí radica, según ella, el éxito del flexitarianismo, y asegura: “Iniciativas como Veganuary normalizan comer más vegetal, reducir el consumo de carne de forma sostenida y ampliar la base social del cambio”. Quizá da igual que menos personas se definan como veganas o vegetarianas, pero que muchas más coman habitualmente platos plant based sería una señal de que la alimentación vegetal se está integrando en la dieta mayoritaria.

También es posible que el futuro de la cultura veggie en España pase por volver a las legumbres, a la dieta mediterránea y a una relación con la comida menos identitaria y más cotidiana. El estancamiento, visto así, no sería un fracaso, sino una simple transición.

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