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ELECCIONES CASTILLA Y LEÓN
Análisis

Mañueco: la ‘certeza’ de que mejoras, pero pasarás igual por el aro

El PP sube dos escaños y contiene a Vox, pero entra en el mecano de pactos sin resolver de los gobiernos de Extremadura y Aragón

02:33
Mañueco, sobre el resultado de las elecciones en CyL: "Asumo la responsabilidad de formar Gobierno"
Alfonso Fernández Mañueco, este domingo en el Hotel Alameda Palace, a 15 de marzo de 2026, en Salamanca.Foto: Emilio Fraile

“Aquí, certezas” fue algo más que el lema de la campaña electoral del popular Alfonso Fernández Mañueco. Fue un acicate o aliciente para autoconvencerse de que, pese a su aparente desgana de ningún tipo de trifulca, el último presidente del PP de Castilla y León no tenía más remedio que convocar las elecciones en el suspiro final de su mandato y pasar ese trago lo mejor posible. A Mañueco, que en 2022 ya fue apercibido con el peor resultado de los populares en sus 39 años en el poder en esa región al quedarse en 31 actas, se le nota mucho que no le van las confrontaciones. Ni le pegan ni le encajan.

El PP de Mañueco ideó una campaña sosa, ajena al ruido que se han empeñado en propagar por sus pueblos Feijóo y Abascal, que en teoría nos habían contado que el 22 de febrero, tras el aperitivo dominical, se llamaron cordialmente por teléfono para poner fin a los exabruptos que la popular María Guardiola le atizaba a diario a su interlocutor extremeño de Vox en las negociaciones. Madrid ordenó parar, se coló en la mesa y desde entonces la conexión y los ataques entre Abascal y Feijóo empeoraron.

Mañueco es un político de despachos, no de mítines. Se le ha notado incómodo hasta cuando se ha visto obligado a meterse contra Pedro Sánchez. Por no significarse, el popular continuaría con lo que hay, no haría ni recortes, pero su caravana se ha desparramado estos 15 días por 22.800 kilómetros y ha llegado a protagonizar 70 actos electorales. Ha prometido 1.000 medidas si gobierna, como si fuera un novato. Castilla y León no es una autonomía abarcable. Entre Béjar (Salamanca) y Ólvega (Soria) hay 450 kilómetros de identidades sociales, económicas y culturales muy diferentes.

Mañueco no ha podido disfrutar nunca desde 2019 de la mayoría absoluta, porque primero tuvo que pactar con un Ciudadanos renegado, forzado por Albert Rivera, y luego fue el primero en dar entrada a los ultras de Vox en los gobiernos autonómicos. A ese Vox que hasta ahora parecía que no le perjudicaban ni las oportunistas mofas sobre Nox de Santiago Segura en el último Torrente.

Primera certeza, el PP ha ganado las elecciones y dispone de más votos y más escaños que el siguiente partido. Segunda certeza, la derecha y la ultraderecha superan con mucho los procuradores necesarios para rebasar la barrera de los 42 que marcan la mayoría absoluta. Tercera certeza, en el bando contrario, el progresista, no hay ninguna posibilidad de aritmética alternativa. Cuarta certeza, el marcador en Castilla y León no permite a Feijóo ondear la fumata blanca del aterrizaje inminente en La Moncloa, como había programado en sus ensoñaciones el gurú que ideó en Génova que esas cuatro citas autonómicas de este curso político serían la catapulta definitiva. Quinta certeza, Castilla y León se agrega a las fichas en Aragón y Extremadura que la dirección nacional tendrá que componer ahora en el enmarañado puzle de sus cesiones con Vox.

Certeza final de este cúmulo de certezas. La selló Abascal a Feijóo y Mañueco en el cierre de campaña: “Si Vox no crece lo suficiente, dirán, ‘No cambiamos nada’. Pero si la fuerza de Vox crece, estad seguros de que pasarán por el aro”. Toca tomar nota de qué es suficiente.

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