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Claves de Doctora Pérfida para identificar relaciones dañinas: las amigas lo ven claro y el “banquillazo” solo es falta de interés

Bajo este pseudónimo, la autora de ‘Amiga, date cuenta’ y ‘Me cago en el amor’ se ha convertido en una voz clave sobre las emociones amorosas. Habla de narcisistas, de mujeres que se cuentan historias para aceptar comportamientos tóxicos y de por qué, pese a todo, hay esperanza

Doctora Pérfida Amiga, date cuenta y Me cago en el amor

La autora y psicóloga conocida como Doctora Pérfida —pseudónimo bajo el cual firma y bajo el cual prefiere mantenerse, evitando revelar su identidad— se ha convertido en un referente en redes sociales —tiene 188.000 seguidores en Instagram— y en el debate público sobre relaciones afectivas, dependencia emocional y dinámicas tóxicas. Con un lenguaje directo y desacomplejado, la autora de los libros Amiga, date cuenta y Me cago en el amor analiza fenómenos sentimentales contemporáneos con una mezcla de humor, contundencia y diagnóstico psicológico. En videollamada, explica por qué caemos en relaciones dañinas, cómo reconocer patrones de abuso emocional y por qué ciertos comportamientos se repiten generación tras generación.

Sobre la célebre frase que da título a uno de sus libros, Doctora Pérfida sostiene que “no darnos cuenta” es precisamente el núcleo del problema. Explica que, cuando una mujer se encuentra dentro de una relación tóxica, su mente “hace contorsionismo” para justificar comportamientos que desde fuera resultan evidentes. Según afirma, el abuso emocional suele comenzar con un “bombardeo de amor” que evoluciona de forma casi imperceptible hacia la manipulación y el drenaje emocional. Mientras tanto, añade, las amigas —mirando desde la distancia— suelen identificar con claridad las señales: el control disfrazado de afecto, las bromas humillantes o los chantajes emocionales que la víctima tiende a excusar como meros malentendidos: “Cuando estás dentro de una relación tóxica, justificas lo injustificable. Tus amigas ven lo que tú no puedes ver”, asegura.

Sobre la actual proliferación de discursos en torno a los “narcisistas”, señala que estas figuras han existido siempre, pero que las redes sociales y la “psicología pop” han contribuido a popularizar el término hasta el punto de convertirlo en un comodín para describir a cualquier persona que hiere o decepciona sentimentalmente. Más allá de etiquetas clínicas, advierte de que lo importante no es el diagnóstico, sino cómo se siente la mujer dentro de la relación: si se percibe menospreciada, insegura o emocionalmente erosionada, sostiene que da igual si el perfil encaja en un narcisista, un psicópata o, simplemente, una persona inmadura.

En cuanto a si el éxito profesional o económico de una mujer la expone más a relaciones con hombres narcisistas, niega que exista una relación directa. Explica que “los narcisistas pueden sentirse atraídos por mujeres independientes porque las perciben como un reto o como un trofeo que alimenta su ego”. Sin embargo, añade que esa misma independencia suele ayudar a identificarlos y a poner límites: “Quien no depende de nadie tiene más facilidad para decir ‘hasta aquí”, resume.

En cuanto a las diferencias entre las relaciones de las mujeres actuales y las de generaciones anteriores, la Doctora Pérfida rechaza la idea de que las mujeres de hoy “se valoren menos”. Considera que lo que ha cambiado es el estándar: antes, explica, el valor femenino venía asociado a mantener una relación estable y cumplir roles domésticos; hoy ese valor se relaciona con la independencia, la autenticidad y la capacidad de establecer límites. A su juicio, la narrativa de que “ya no se aguanta nada” responde más a una resistencia al cambio que a una pérdida de compromiso: “Las mujeres ya no quieren ser la asistenta emocional ni doméstica de nadie”, afirma.

En relación con la dinámica que describe como el “banquillazo”, una tendencia actual en citas y relaciones incipientes, explica que muchas mujeres se engañan a sí mismas cuando un hombre desaparece durante días o semanas y reaparece con un plan improvisado. Interpreta estas conductas como una forma de mantener a la otra persona en “reserva”, un acceso fácil sin compromiso real e insiste en que, ante estas situaciones, la explicación suele ser simple: falta de interés, no ocupaciones extraordinarias.

Liarse con un hombre casado y creerse sus excusas, el clásico por antonomasia

La Doctora Pérfida se detiene en un tema que, reconoce, recibe a diario en sus consultas y mensajes: las relaciones con hombres casados. Explica que, en estos casos, las señales de alerta no solo deberían activarse, sino que, en sus palabras, “deberían estar aullando, encendidas, echando chispas y evacuando el edificio”. Considera que es uno de los clásicos contemporáneos: iniciar una relación con alguien que ya tiene pareja y pensar que todo saldrá bien. Para ella, el riesgo es evidente desde el primer minuto.

La autora asegura que no tiene reparo alguno en afirmar que este tipo de historias “casi nunca salen bien”. Señala que, aunque pueda existir alguna excepción aislada, en la mayoría de los casos la situación se prolonga indefinidamente porque la amante queda atrapada en la espera: una separación prometida que nunca llega y un repertorio previsible de excusas que se repiten una y otra vez. Entre ellas, menciona las más habituales: “que es por los niños”, que “ya no siente nada por su esposa”, que “duermen en camas separadas”, o incluso que lo más íntimo que comparten es “beber los dos del mismo vaso”.

Según la psicóloga, la explicación es mucho más sencilla: quien está casado y no deja a su pareja es porque no quiere hacerlo. “La comodidad es el motor real de la mayoría de estas historias”, sentencia. A su juicio, estas relaciones se sostienen porque permiten a la persona casada disfrutar de lo que describe como “lo mejor de los dos mundos”: por un lado, la emoción, la adrenalina y la “vidilla” que ofrece la amante; por otro, la estabilidad, el hogar y el “calorcito” que proporciona la vida conyugal. Esa dualidad, afirma, genera un escenario profundamente injusto, en el que la persona que espera una decisión firme vive atrapada en una relación que se sostiene sobre promesas que rara vez se cumplen.

Consultada sobre la existencia de relaciones sanas, afirma que sí existen y que se basan en la reciprocidad, la coherencia y la estabilidad emocional. Sostiene que las relaciones sanas no se viven como una montaña rusa, sino como un espacio de tranquilidad en el que los conflictos aparecen, pero no generan inestabilidad crónica.

Finalmente, sobre las señales de alerta en una primera cita, la Doctora Pérfida enumera varios comportamientos que considera indicativos: hablar de forma excesiva de uno mismo, competir en cada anécdota, ridiculizar logros ajenos, burlarse bajo la excusa del humor o hablar mal de sus exparejas. Otras señales más preocupantes incluyen presiones sexuales o expectativas de acceso íntimo solo por haber pagado la cena. Insiste, no obstante, en la importancia de escuchar la intuición: “Si una mujer busca excusas para irse al baño y no volver, esa incomodidad ya es una respuesta”.

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