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50 años de la manifestación contra los “200 baches por milla” de Canillas, la primera autorizada en Madrid tras la muerte de Franco

Alentada por uno de los abogados de Atocha y con la ayuda del dibujante Forges, una asociación de amas de casa solicitó el permiso de esta pionera protesta que se anticipó a la democracia y discurrió sin “jaleos”, algo que aplaudieron las autoridades del régimen

Manifestación contra los "200 baches por milla" de Canillas, en 1976.Archivo General de la Administración/ Ministerio de Cultura

El 13 de marzo de 1976, varios cientos de personas experimentaron en el madrileño barrio de Canillas la extraña sensación de protestar sin represalias durante una dictadura. Porque Franco había muerto, pero la democracia aún estaba por llegar. Por ella luchaba entonces Marta Hidalgo, militante comunista en la clandestinidad que agitaba a su vecindario desde una inofensiva asociación de amas de casa. “Cuando la registramos, el falangista que nos dio los papeles abrió un cajón, sacó un pistolón, lo puso encima de la mesa y dijo: espero que no lo tenga que usar contra ustedes”, recuerda Marta, de 81 años, sin atisbo de drama. “Siempre he sido muy echada para adelante”, apostilla esta administrativa jubilada que tuvo la osadía de solicitar permiso, ante la administración del régimen franquista, para protestar contra el abandono de la dictadura a barrios periféricos como el suyo, Canillas. Y no solo consiguió el permiso: incluso esas autoridades franquistas la felicitaron por el buen transcurso de aquella primera manifestación autorizada en Madrid tras la muerte del dictador, cuatro meses antes.

Canillas era un minúsculo pueblo al noreste de Madrid en el siglo XIX cuando se trazó un cordón umbilical para conectarlo con la capital. Cien años más tarde, la Carretera de Canillas mantenía sus decimonónicas dimensiones con tramos estrechísimos incapaces de absorber el tráfico de las miles de familias que se habían mudado a los nuevos bloques de viviendas que emergieron en los antiguos campos de labor. El trasiego de los camiones que participaban en aquella desordenada expansión urbanística dejó la Carretera de Canillas como después de un bombardeo.

“Estaba destrozada, llena de baches y socavones. Era horroroso, siempre estaba atascada”, explica Marta Hidalgo, que entonces trabajaba en un grupo editorial estadounidense y estrenaba hogar en la colonia Esperanza, donde se alojaron muchos de los 10.000 afectados por una gran estafa inmobiliaria. En su barrio, el único transporte público era una camioneta de las antiguas líneas periféricas de autobús, insuficiente para cubrir la demanda de un vecindario donde no era habitual disponer de un vehículo propio. Esas camionetas en las que los viajeros se apelotonaban como “sardinas en lata” también sucumbían a los incontables baches de la Carretera de Canillas: las averías eran frecuentes, y en alguna ocasión incluso volcaron.

“Teníamos carencias de todo. Era lo que regía en aquellos años, que aparecían los pisos pero faltaban todo lo demás”, apunta Marta Hidalgo, que junto a otros camaradas del Partido Comunista de España (PCE) participaba en el efervescente movimiento vecinal que durante los últimos años del franquismo agitó todos los puntos cardinales de Madrid. En el distrito de Hortaleza, al que pertenece la zona de Canillas, una incipiente coordinadora de entidades ponía en común los malestares y los combatía con ingeniosas acciones en la calle. Una de las asociaciones que la integraban, la del barrio de Portugalete, reunió durante el verano de 1975 a algunos de los mejores pintores españoles de la época, como Juan Genovés o Lucio Muñoz, para que hicieran murales en las paredes encaladas de casitas amenazadas por un devastador plan urbanístico: aquella iniciativa traspasó fronteras atrayendo a televisiones extranjeras.

En la coordinadora de Hortaleza asociaciones como Villa Rosa, otra colonia de enormes bloques levantados al final de la Carretera de Canillas (donde existía un tramo sin ni siquiera asfalto), decidieron salir a la calle para protestar por los baches, aunque primero a bordo de los coches: durante el invierno de 1976 provocaron atascos kilométricos para llamar la atención de la prensa y soliviantar todavía más al vecindario. Cuando la gente ya estaba “sumamente cabreada”, el abogado laboralista Luis Javier Benavides, que asesoraba a varias asociaciones de Hortaleza, propuso solicitar el permiso para celebrar una manifestación. “Él fue el que nos preparó los papeles para la solicitud. Nos dijo: vamos a solicitarlo, y si nos lo deniegan, ya lo haremos por las bravas”, relata Marta Hidalgo, que todavía se emociona al recordar a Benavides, asesinado en enero de 1977 por pistoleros de extrema derecha en un despacho de la calle Atocha.

Como representante de la Asociación de Amas de Casa de Esperanza, Marta se encargó de presentar la solicitud en el registro. El trámite lo recuerda como una travesura: “Fui al mostrador y pregunté dónde podía dejar unos papeles para una solicitud de un permiso, pero yo no decía que era para una manifestación”. Contra todo pronóstico, el gobernador civil de Madrid, Juan José Rosón, que después sería ministro del Interior de Adolfo Suárez, autorizó la manifestación para el sábado 13 de marzo de 1976. Algo inaudito durante el gobierno de Arias Navarro, que intentaba mantenerlo todo atado y bien atado, incluso a sangre y fuego, como había demostrado días antes en la masacre de Vitoria en la que cinco obreros murieron disparados por la policía.

Con más entusiasmo que temor, el barrio de Canillas se movilizó en la difusión de la protesta. Otro vecino que militaba en el PCE, Virgilio Pérez, pidió ayuda a su amigo y dibujante Antonio Fraguas, Forges, para diseñar una pegatina reivindicativa con la que denunciar el estado de la Carretera de Canillas. Forges quiso ver los baches con sus propios ojos, y Virgilio le paseó con su seiscientos, aunque la visita fue corta: el vehículo quedó clavado en un agujero y tuvo que ser rescatado por la grúa. La experiencia alumbró un lema que se hizo muy popular, “Carretera de Canillas, 200 baches por milla”, que plasmó en la icónica pegatina. Forges se quedó corto en su estimación, porque los vecinos llegaron a señalizar 272 baches en un recuento realizado durante la manifestación

El día de la pionera protesta de Canillas, los asistentes sortearon esos baches y algún obstáculo más, como la Academia de la Policía Armada que se encontraba a mitad del recorrido. Paco Caño, histórico dirigente de la asociación de Villa Rosa fallecido en 2016, aseguraba que tuvo que ir a buscar a su despacho al concejal del distrito, Antonio Martínez Emperador, para que convenciera a los policías de que la manifestación era legal, aunque cuando llegaron “ya habían sacudido a dos señoras mayores”. Marta Hidalgo no recuerda ningún incidente durante la marcha, encabezada por una única pancarta en la que se leía “Basta de atascos y baches, queremos accesos”, aunque al final del recorrido, la mujer se dirigió a los asistentes con un discurso que enumeraba las carencias del barrio: transporte público, metro, colegios... “Esto no nos pasaría si tuviéramos ayuntamientos democráticos”, proclamó la representante de las amas de casa delante de sus vecinos, entre los que se camuflaban “chivatos” y policías secretas.

Días después de la manifestación, Marta Hidalgo recibió en su domicilio una carta de Rosón, el gobernador civil, que le emplazaba a personarse en su despacho. “Digo, ya está, ya me trincan, y fui con ese miedo. Y allí me tuvo esperando casi una hora que se me hizo eterna, conteniendo los nervios. Y cuando me hace pasar me dice que me quería conocer para felicitarme, que le habían dicho que estuvo muy ordenada la manifestación, que no hubo jaleos. Y yo pensando: cabrón, que no he podido dormir de lo muerta de miedo que estaba”, rememora Marta con una risotada.

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