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Vitoria conmemora los 50 años de la mayor masacre policial de la Transición: “Me gritaban comunista, rojo, te vamos a matar”

La capital vasca mantiene viva la memoria de los cinco trabajadores asesinados en el desalojo de una asamblea en la iglesia de San Francisco de Asís el 3 de marzo de 1976

Los tres testigos de la matanza que se produjo el tres de marzo de 1976 junto a los rostros de los 5 asesinados, en una de las paredes de la iglesia de San Francisco de Asis, en el barrio de Zaramaga, en Vitoria. Javier Hernández

50 años después, este martes por la mañana, partidos políticos y sindicatos, por separado —no se ha organizado un acto unitario—, han homenajeado a las víctimas de la matanza del 3 de marzo de 1976 en Vitoria con ofrendas florales en el monolito que las recuerda frente a la iglesia San Francisco de Asís, declarada por el Gobierno como lugar de memoria. Por allí han pasado, entre otros, representantes políticos de todos los partidos, salvo Vox, o los secretarios generales de Comisiones Obreras, Unai Sordo, y UGT, Pepe Álvarez. Ambos líderes sindicales han reclamado la “desclasificación” de toda la información relacionada con el 3 de marzo, tal y como se ha hecho con el 23F. Por su parte, en el acto institucional del Gobierno vasco en el Palacio de Villa Suso, el lehendakari Imanol Pradales ha alertado de que “mientras no se esclarezca lo ocurrido y se juzgue a los responsables, estaremos ahondando en la revictimización”.

Durante toda la mañana vecinos de Vitoria se han acercado de forma anónima a recordar a los obreros asesinados. “Las personas culpables se han ido de rositas y eso es doloroso”, lamentaba José María Quirce, de 85 años, que recordaba que aquella tarde de 1976 se quedó a las puertas de entrar en la iglesia. La emoción impregnaba también las palabras de José María Aguirre cuando citaba los nombres de los asesinados en el homenaje de Gurea Da, la asociación de pequeños accionistas del Deportivo Alavés. Aguirre, sacerdote durante las huelgas de Vitoria, reivindica el papel de la “mayoría de los curas” de la ciudad que apoyaron a los huelguistas: “Nuestro planteamiento era apoyar las libertades políticas y sindicales y ofrecíamos nuestro locales y las iglesias para que los trabajadores pudieran reunirse y hablar”. Otra de las imágenes de la mañana la ha dejado un hombre de 82 años que prefería no dar su nombre y se definía como “jornalero” y entrelazaba, entre lágrimas, un clavel rojo en el monolito: “Muy malos recuerdos, no se puede contar con palabras, murieron cinco y pudieron ser muchos más”.

Han pasado cinco décadas de aquella masacre de civiles y Agustín Plaza señala la ventana por la que escapó de la iglesia de San Francisco de Asís de Vitoria para darse de bruces con cinco policías: “Yo salí aquí mismo y me dieron una paliza tremenda. Me pegaron en todo el cuerpo. Me gritaban comunista, rojo, te vamos a matar”, comenta a EL PAÍS unos días antes de los actos conmemorativos. Se oían disparos, gritos de terror. Cuando pudo zafarse, Agustín corrió hacia uno de los portales que los vecinos abrían a quienes escapaban de la policía. Acabó en el hospital con la cara destrozada. Huyendo también por una ventana de la iglesia, Daniel Castillejo fue a parar a un callejón a la vuelta de la esquina. “La escena era aterradora, de un campo de batalla. Decenas de personas por el suelo, y grises aporreándolas según salían a borbotones por las ventanas”, ha escrito Castillejo en un comentario en la noticia de EL PAÍS sobre la declaración del templo como lugar de la memoria. A Daniel un policía lo sujetó cuando intentaba saltar un muro junto a la iglesia y comenzó a golpearle con saña: “No sentí nada, venía del infierno”.

El infierno era el interior de la iglesia. Allí se habían reunido unas 4.000 personas para celebrar, como en otras ocasiones, una asamblea de trabajadores de diferentes empresas de Vitoria que llevaban más de dos meses de movilizaciones para reclamar 5.000 pesetas más al mes y otras mejoras laborales. Entre ellos, Agustín Plaza, de 21 años, trabajador de Force Hispania y afiliado a una UGT que todavía no era legal, y Daniel Castillejo, entonces estudiante de 19 años y futuro director del museo Artium.

Era el 3 de marzo de 1976 y estaba convocada una jornada de huelga general en la ciudad. Franco había muerto pero el franquismo seguía vivo. Vitoria era escenario de un movimiento asambleario cada vez más fuerte que desafiaba los cimientos de la dictadura. La represión había sido dura en las semanas anteriores, pero las parroquias, en virtud del Concordato, se habían convertido en santuarios frente a la policía. Aquel día, sin embargo, los antidisturbios tenían la orden de impedir la celebración de la asamblea a toda costa. “Desalojen la iglesia como sea (...) Si desalojan por las buenas, vale; si no, a palo limpio”, se escucha en las grabaciones que se hicieron de las comunicaciones policiales que se captaban sin demasiado esfuerzo en la FM de la radio. “No se puede desalojar porque está repleta de tíos. Por las afueras estamos rodeados de personal, vamos a tener que emplear las armas”, comentaba un policía.

La asamblea se había convocado a las cinco de la tarde y la policía, con refuerzos llegados de fuera de Vitoria, rodeó el templo. “Al poco tiempo entraron unos policías en la iglesia y gritaron que saliéramos”, recuerda Agustín. Dentro se pedía calma porque se daba por hecho que no irrumpirían en la iglesia pero la policía lanzó botes de gas lacrimógeno al interior. El infierno. ”Fue la histeria, el estruendo y el grito, el horror, el humo, las toses y las lágrimas. Estábamos todos tumbados en el suelo, entre las filas de asientos, sin ver, sin poder respirar. Nadie sabía qué hacer. Fuera, comenzamos a oír ráfagas y disparos en medio del caos”, relata Castillejo. En la calle, trabajadores se enfrentaban a la policía en auxilio de los atrapados en la iglesia. Dentro, la gente empezó a romper las ventanas y a escapar por ellas y la policía los recibió con una violencia extrema. “Después de tirar igual mil tiros y romper toda la iglesia de San Francisco, pues ya me contarás cómo está la calle y cómo está todo”, se escuchó en la radio policial.

Aquella tarde, y en los días posteriores por la gravedad de las heridas provocadas por las armas de fuego, fallecieron Francisco Aznar, Pedro María Martínez Ocio, Romualdo Barroso, José Castillo y Bienvenido Pereda. Jóvenes obreros de Vitoria. Más de un centenar de personas resultaron heridas, 42 de ellas, al menos, por heridas de bala. “Aquí ha habido una masacre, pero, de verdad, una masacre”, se escuchaba en las conversaciones policiales. “Hemos contribuido a la mayor paliza de la historia”, decía otro policía. Días después, Manuel Fraga, ministro de Gobernación, acudió a Vitoria y responsabilizó de lo ocurrido “a los que siguen echando a la gente a la calle con mensajes de un tipo o de otro”. Los líderes obreros fueron encarcelados y, algunos de ellos, acusados de sedición. “Que este triste ejemplo sirva de gran lección para todo el país en los próximos meses”, sentenció Fraga en una rueda de prensa celebrada en Vitoria.

El 3 de marzo, José Luis Martínez Ocio estaba en casa, después de haber intentado entrar en la iglesia de San Francisco, cuando recibió la llamada por teléfono de un cura conocido. “¿Tú eres Ocio? Es que me han dicho que uno de los hermanos Ocio…”. José Luis no le dejó terminar la frase. Intuía que lo peor podía haber pasado y fue directo al cuarto de socorro. El cuerpo de su hermano fallecido yacía en el depósito de cadáveres del hospital. “Estaba con el pecho descubierto y tenía un agujerito en el costado, como media uña”. Era el orificio de la bala que le había matado, cuenta José Luis, sentado en un banco a escasos metros del lugar en el que su hermano fue asesinado.

Junto a José Luis, en ese banco frente a la iglesia, está Andoni Txasko, trabajador entonces de Tximist al que la policía reventó un ojo a golpes al día siguiente, el 4 de marzo. Andoni Txasko, José Luis Martínez Ocio y Agustín Plaza junto a otro grupo de víctimas y familiares fundaron en 1999 la asociación de víctimas del 3 de marzo Martxoak 3 para buscar justicia, verdad y reparación. La justicia militar había cerrado el caso en falso en 1977. No hubo voluntad de investigar quién había dado la orden de desalojar la iglesia: ¿fue el gobernador civil o la orden venía de más arriba? Posteriores querellas en los tribunales se toparon con la ley de amnistía y la prescripción de los delitos.

“Ha pasado medio siglo de la masacre del 3 de marzo y todavía no ha sido nadie juzgado, nosotros denunciamos la impunidad”, señala Txasko. En la actualidad, se está a la espera de un nuevo intento para reactivar la causa argentina contra los crímenes del franquismo, que fueron tipificados como de lesa humanidad y, por tanto, imprescriptibles según tratados internacionales. Rodolfo Martín Villa, ministro de Relaciones Sindicales durante el 3 de marzo, fue procesado por la jueza María Servini, pero una instancia superior anuló el procesamiento por falta de pruebas. El exministro declaró por videoconferencia que no había dado ninguna orden.

31 víctimas han conseguido una declaración de reconocimiento y reparación personal por parte del Gobierno, acogiéndose a la Ley de Memoria Democrática. “Es un gesto necesario, pero no nos parece suficiente”, afirma Txasko. La asociación de víctimas reclama que haya un “reconocimiento oficial de la responsabilidad principal y directa del Estado” en las muertes de Vitoria, similar a la declaración que el primer ministro del Reino Unido David Cameron hizo en 2010 sobre el Domingo Sangriento de Derry. “Falta asumir responsabilidades”, concluye Txasko.

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