El PP exprime en Aragón el discurso del agravio frente a Cataluña
Azcón recrudece sus mensajes contra la Generalitat, que abarcan financiación, trenes y patrimonio, explotando unos recelos con arraigo histórico


Escondido ya el sol de la tarde, el frío no se anda con chiquitas junto al monasterio de Santa María, a las afueras de Villanueva de Sijena, un pueblito de unos 340 habitantes en la comarca de Los Monegros, en Huesca. Sin embargo, Alfonso Salillas, de 65 años, no se inmuta ante la rasca. Y lo que parece mantenerlo caliente, más que la chaqueta forrada de borreguillo, es la pasión con la que defiende el regreso a Aragón de las pinturas de Sijena, un tesoro artístico local actualmente expuesto en el Museu Nacional d’Art de Catalunya.
Tras un incendio en el convento atribuido a milicianos y que dejó las pinturas a la intemperie en 1936, un historiador catalán, Josep Gudiol, las arrancó de sus paredes con la técnica del strappo, separando solo la capa superficial, y las trasladó a Barcelona. Para los defensores de la operación, las salvó. Para los detractores, privó a Aragón de una joya de su patrimonio. 90 años después, allí siguen las pinturas, en la capital catalana, para indignación de Salillas, que lleva tres décadas embarcado en un empeño: traerlas de vuelta a Aragón.
Impulsor de un litigio para recuperar las pinturas que empieza en 1996, siendo alcalde por el Partido Aragonés (PAR), Salillas logró un triunfo en mayo de 2025 cuando el Tribunal Supremo estableció que debían regresar a Sijena. Pero ha pasado más de medio año y las obras aún no han vuelto. Y Salillas cree que la Generalitat, que alega que es imposible devolverlas todas sin dañarlas debido a su fragilidad, en realidad busca excusas para demorar la ejecución del fallo. El exalcalde no lo oculta: no se fía ni un pelo de la comunidad vecina. No solo por las pinturas, añade, sino por un histórico rosario de cuentas pendientes entre Aragón y Cataluña, que Salillas repasa en una narración atravesada por una palabra clave: “agravio”.
Esa idea que aparece varias veces en los labios de Salillas, la del agravio supuestamente infligido por Cataluña, es fácil de encontrar en la conversación popular en Aragón. Y más aún en la campaña de las elecciones del 8 de febrero, sobre todo cuando toma la palabra el presidente y candidato por el PP, Jorge Azcón, que exprime cada ocasión de presentar al vecino oriental como el villano de la función. ¿Con qué temas? Por ejemplo, con las citadas pinturas románicas, cuyo regreso a Sijena es para Azcón una prioridad “por mucho que pataleen en Cataluña”. Pero también con los trenes, tan tristemente de actualidad.
El viernes, en el arranque de la campaña, Azcón se las ingenió para mezclar un ataque al ministro de Transportes, Óscar Puente, usando como ariete el accidente de Adamuz (Córdoba), con la denuncia de un supuesto trato de favor a Cataluña, a pesar de que en estos días de caos en Rodalies no parece fácil vender la idea de que es una comunidad privilegiada en el apartado ferroviario. Dio igual. Azcón estableció un contraste entre lo que a su juicio fue una “inmediata” atención del Gobierno a las “exigencias” de los “independentistas catalanes”, planteadas tras la muerte de un maquinista de Rodalies que chocó contra un muro derrumbado, y el supuesto desinterés ministerial por abordar “un plan de mantenimiento” de la vía entre Zaragoza y Madrid.
La improvisación del Ministerio de Transportes es inaceptable.
— Jorge Azcón (@Jorge_Azcon) January 23, 2026
Exigimos a Óscar Puente que, de forma inmediata, presente un plan de inspección y mantenimiento de las vías que afectan al trayecto entre Zaragoza y Madrid. pic.twitter.com/5QT7Jb4Byq
No obstante, la percha más usada para colgar el mensaje del agravio es la reforma de la financiación autonómica acordada por el Gobierno y ERC. Es “un insulto”, es “vergonzoso”, es “una traición”, ha declarado Azcón en tres mensajes este mes. Ahí el martilleo del PP es diario. No es casual que su líder, Alberto Núñez Feijóo, eligiera Zaragoza para firmar el 18 de enero una declaración de sus barones contra el “cupo separatista”. Ni tampoco que Azcón convirtiera la financiación en su tema estrella del debate cara a cara del lunes contra la candidata socialista, Pilar Alegría, de la que dijo que había sido enviada por Pedro Sánchez a Aragón para que “se siga humillando ante los independentistas catalanes”.
Arraigo histórico
Agravio, humillación, insulto, vergüenza, traición: ese es el campo semántico del discurso sobre Cataluña del PP de Aragón. Todo este énfasis no es gratuito, analiza el profesor de Sociología de la Universidad de Zaragoza David Pac. “El anticatalanismo siempre ha funcionado, porque moviliza sentimientos arraigados en parte de la sociedad aragonesa. A Azcón, el acuerdo de financiación autonómica a las puertas de la campaña le ha venido de vicio”, desarrolla. Coincide Alberto Sabio, catedrático de Historia Contemporánea de la Universidad de Zaragoza, que detecta un “anticatalanismo electoralista”, sobre todo en el PP, que apela a una “visceralidad” que el procés ha exacerbado, pero que tiene su origen en episodios históricos anteriores.
¿Qué episodios? Sabio selecciona algunos, aclarando que no es un listado exhaustivo. A finales del siglo XIX y principios del XX, cuenta, la reducción de la compra de cereal de Cataluña a Aragón, cuando la navegación a vapor empezó a permitir importaciones de países lejanos con producción más barata, fue un duro golpe a la economía aragonesa, dando origen a un proceso de emigración masiva que tuvo como principal destino precisamente Cataluña. Entre 1880 y 1980, más de medio millón de aragoneses emigraron “a las tierras al este”, como cantaba José Antonio Labordeta. Esta visión de Cataluña como un mercado hermano que falló a Aragón en un momento clave, escribiendo las primeras líneas de una historia de despoblación y atraso, ha dejado su huella en el imaginario popular, explica Sabio.
Sigue el historiador: “La propia Transición en Aragón estuvo muy marcada por las grandes manifestaciones contra el trasvase de agua del Ebro a Cataluña, y también ha sido fuente de discordia la transferencia masiva de energía de los saltos de agua del Pirineo a la industria catalana, en vez de al desarrollo económico endógeno. Factores así han ido conformando un recelo que es aprovechable políticamente”.
Coordinador de Tejidos de vecindad, un proyecto de análisis de los lazos que unen a Aragón y Cataluña, Sabio cree que a estos condicionantes “hay que sumarles gestos simbólicos del nacionalismo catalán que han sido percibidos como agravios o amenazas”, entre los que cita “llamar Corona Catalano-Aragonesa o incluso Corona Catalana a la Corona de Aragón”, “deslizar la idea de que los técnicos aragoneses no son capaces de cuidar de las pinturas de Sijena” o haber difundido “mapas que incluyen en Cataluña las zonas de la Franja aragonesa donde se habla catalán”. Pueden parecer asuntos menores, señala, pero afirma que tienen potencia “simbólica”.
Igualmente lamentable ve Sabio la respuesta de la derecha aragonesa, en especial la negación de la presencia del catalán en la zona de la Franja, limítrofe con Cataluña, dándole nombres como xapurreao, fragatí o lapao. Todo por no decir “catalán”, término que sí aparece en una ley aprobada en 2016, durante la etapa del socialista Javier Lambán, que lo reconoce como una de las lenguas de Aragón, aunque sin oficialidad.

Sin los conocimientos de sociología que tiene David Pac ni de historia que tiene Alberto Sabio, el comercial de automóviles zaragozano Raúl G. Domínguez, de 33 años, también cree que el anticatalanismo es un negocio políticamente rentable en Aragón. Mientras remueve un café en un bar de la estación de Sants de Barcelona, donde ha ido por trabajo para un par de días, comparte una reflexión a media voz, no sea que llegue a algún oído susceptible: “A los políticos les viene perfecto este pique. ¡Y no solo a los nuestros, también a los nacionalistas de Cataluña!”.
– Pero entonces, ¿ese “pique” es artificial, inducido por la política, o los políticos solo tratan de adaptarse a algo que que ya existe en la sociedad?
– Mitad y mitad –responde–. Existe, y lo aprovechan. En Aragón muchos sienten que [en Cataluña] nos miran por encima del hombro. Y ellos creen que los envidiamos. Pero no. Es un pique tonto, créeme. Compartimos familia y amigos y vivimos los unos de los otros.
Recelo y dependencia
Hay algo paradójico en la relación catalano-aragonesa. Por un lado, existe esa interconexión económica de la que habla Domínguez, con origen en la industria textil de la Edad Media y el histórico comercio fluvial por el Ebro. Según un informe del Gobierno de Aragón de 2025, Cataluña es el mercado al que la comunidad más compra (10.585 millones en un año) y al que más vende (7.684 millones). Por otro, existe ese continuo rifirrafe político, que Azcón ha llevado a cotas altas, pero que no ha inventado el actual presidente, ni es exclusivo del PP.
Durante su etapa en la presidencia, de 2015 a 2023, el socialista Javier Lambán, mientras marcaba distancias con la derecha en el terreno lingüístico, se convirtió en una de las voces más duras del PSOE no solo contra el procés, sino contra la “estupidez histórica” que a su juicio lo inspiraba, contra la “soberbia” de sus promotores y contra el “agravio” que suponía para Aragón, todo en sus propias palabras. Los comentarios subidos de tono sobre Cataluña se convirtieron en el camino más corto de Lambán hasta los telediarios nacionales. Ya naufragado el procés, la candidatura conjunta para organizar entre ambas comunidades los Juegos Olímpicos de Invierno de 2030 debía servir para rebajar tensiones, pero Lambán acabó rompiendo, alegando que Aragón era peor tratada que Cataluña. Otra vez, el clásico diagnóstico del lado aragonés: agravio.
Carmen Lumbierres, profesora de Ciencias Políticas de la UNED, cree que el recelo hacia Cataluña, o más bien hacia el nacionalismo que es percibido como dominante en Cataluña, ha crecido por dos canales conectados entre sí. Por un lado, por el auge del independentismo durante el procés y su capacidad posterior de obtener cesiones del Gobierno. Por otro, por la dinámica de confrontación de Lambán primero y de Azcón después, que han tratado de conectar con ese recelo popular y al mismo tiempo lo han cebado, amplía Lumbierres, que recuerda un “ambiente” de exaltación españolista en Zaragoza durante el apogeo del procés que “nunca había visto antes”. “Aunque hay muchos lazos entre Aragón y Cataluña, algo de aquello ha quedado impregnado y ahora Azcón le saca partido”, afirma.
El “ambiente” al que alude Lumbierres deja huellas en las encuestas. Entre mayo de 2023 y octubre de 2024, las dos últimas veces que el CIS ha preguntado por las formas de organización del Estado preferidas, las opciones centralistas —un modelo sin autonomías o con las competencias autonómicas recortadas— han crecido en Aragón del 37,1% al 44,9%, subida más marcada que en el conjunto del país, aun partiendo de un punto más alto.
Es difícil saber si ese desplazamiento obedece a un endurecimiento de la mirada sobre Cataluña. Lo seguro, según el historiador Alberto Sabio, es que “cualquier anticatalanismo” pierde sentido si se analiza “la balanza comercial entre Aragón y Cataluña” y “toda la red de vinculaciones históricas” entre ambas comunidades. “Aunque solo sea por eso, aragoneses y catalanes necesitamos, al menos, conllevarnos, que diría Ortega y Gasset”, afirma.
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