Ir al contenido
_
_
_
_
CORREOS
Crónica

Una postal del pasado de Limone Piemonte... que llegó a su destino

¿Puede llegar una carta enviada desde España a España con un sello de Italia de hace 18 años? La IA asegura que no; un cartero vocacional asegura que sí

La postal de Limone Piemonte, intacta, 18 años después.

En agosto de 2008 volví a Limone Piemonte. Limone es un pueblecito en los Alpes, al sur de Turín, en la provincia de Cuneo, adonde, encajado en el asiento de detrás del Chrysler 150 entre mi hermano y mi hermana y detrás de mi madre (al volante) y mi abuela (de copiloto), iba de vacaciones en los julios en mi infancia, en los años setenta y ochenta (del siglo pasado —¡uf!—). Pues en 2008 volví, con mis hijos (esta vez, yo al volante). Y le escribimos una postal a mi hermano, recordándole aquellos veranos asilvestrados en la montaña limonera. “¡Qué recuerdos! Un beso desde Limone”. O algo así. Fuimos a un estanco, compramos un sello, lo pegamos en la postal con un buen lengüetazo y ya. ¿Ya? No. Ya, no: es obvio que la última fase del proceso no se realizó, porque la postal nunca cayó en ningún buzón.

Hace un par de semanas, 18 años después, mi hijo, en plena mudanza, me da una postal. “¿Esto qué es? ¿Lo quieres?” Era la olvidada postal. Había aparecido en el fondo de un cajón de esos que solo se abren para vaciarlos de papeles y objetos que, si no han servido en 20 años, tampoco van a servir en la casa nueva.

Al pasar por un buzón (que no es una cabina de teléfono: todavía hay —algunos— buzones), se me ocurre mandarla. Así, tal cual, con su precioso sello con la Basilica Palladiana de Vicenza, de 0,65 céntimos y, claro, sin timbrar. “¿Te imaginas que llega?”, le digo a mi hijo. “Claro que llegará, ¿no? Si la dirección del tío (es decir, de mi hermano) sigue siendo la misma y la postal ya lleva un sello”. Inocente… pensé. Dos días después, menos de 48 horas después, para ser precisos, mi sobrino —el hijo de mi hermano…— me manda un wasap: “¿Qué es esto?”, pregunta, descolocadísimo, en el mensaje, en el que adjunta la foto de la postal. ¡Había llegado a su destino!

Consultada la inteligencia artificial (“¿Se puede mandar una postal desde España para España con un sello de Italia de hace 18 años?”), tarda millonésimas de segundo en decirme categóricamente que no: “No, no puedes [la negrita es del cerebrito digital] mandar una postal desde España a España utilizando un sello de Italia, independientemente de si es antiguo o reciente”. Lo que yo pensaba.

Recurro, entonces, a la inteligencia profesional de carne y hueso (bueno, de materia gris) del simpático y esforzado cartero que, con una sonrisa, me trae multas y odiosa correspondencia con la Agencia Tributaria cada dos por tres. ¿Habrá sido cosa de un cartero buena gente? A pesar de lo que ha degenerado el género epistolar, que ya no arroja cartas manuscritas ni postales de amigos por el mundo, solo facturas, multas o (peor) publicidad, prefiero pensar que los carteros no son solo portadores de malas noticias y que esta vez, efectivamente, un cartero vocacional se ha apiadado de un olvidadizo.

Al cartero de mi barrio se le va dibujando una sonrisa a medida que avanzo en mi breve relato. Me comprende a la perfección: “Cuando nos llega una postal con algún error en la dirección, o a la que le falta el número de la calle, siempre intentamos que lleguen al destinatario. Preguntamos a los compañeros si conocen a Fulanito de Tal que vive en la calle Tal pero no hay número; o hacemos de más y de menos si el sello no es el que corresponde. Con el correo tradicional, ¿eh? Si son facturas, o cartas de bancos, o de empresa, etc., que es la mayor parte del correo actual, por supuesto que la cosa cambia”.

La dichosa postal la mandamos un miércoles desde El Prat de Llobregat y llegó el viernes a Barcelona. “Decías que no iba a llegar y mira si ha llegado pronto…”, se me pone chulo mi hijo. Hombre, pronto según se mire, porque la postal, en realidad, ha tardado 18 años en llegar. Claro que por culpa nuestra. Estamos acostumbrados a echar la culpa de todos nuestros males a los servicios públicos Pues Correos funcionó perfectamente. Nosotros, en cambio, nos habíamos dormido 18 años.

Tu suscripción se está usando en otro dispositivo

¿Quieres añadir otro usuario a tu suscripción?

Si continúas leyendo en este dispositivo, no se podrá leer en el otro.

¿Por qué estás viendo esto?

Flecha

Tu suscripción se está usando en otro dispositivo y solo puedes acceder a EL PAÍS desde un dispositivo a la vez.

Si quieres compartir tu cuenta, cambia tu suscripción a la modalidad Premium, así podrás añadir otro usuario. Cada uno accederá con su propia cuenta de email, lo que os permitirá personalizar vuestra experiencia en EL PAÍS.

¿Tienes una suscripción de empresa? Accede aquí para contratar más cuentas.

En el caso de no saber quién está usando tu cuenta, te recomendamos cambiar tu contraseña aquí.

Si decides continuar compartiendo tu cuenta, este mensaje se mostrará en tu dispositivo y en el de la otra persona que está usando tu cuenta de forma indefinida, afectando a tu experiencia de lectura. Puedes consultar aquí los términos y condiciones de la suscripción digital.

Rellena tu nombre y apellido para comentarcompletar datos

Archivado En

_
Recomendaciones EL PAÍS
Recomendaciones EL PAÍS
Recomendaciones EL PAÍS
_
_