La tercera edad la trae el cartero
El Ayuntamiento de Barcelona envía cada año 21.500 misivas a nuevos sesentones, potenciales beneficiarios de la Tarjeta rosa


En estos tiempos de scroll infinito, juegos del hambre por un like y amores de app, aún hay cartas físicas que, a lo Napoleón y Josefina, logran tocar lo más profundo del ser. Una ellas la envía el Área Metropolitana de Barcelona, por encargo del Consistorio de la capital. En ella se informa a los nuevos sesentañeros de su condición de potenciales beneficiarios de la tarjeta rosa, que exime del pago del transporte público a “personas con recursos económicos limitados y que sean mayores”. A lo bruto, un pedazo de papel que da la bienvenida a eso que se conoce como la tercera edad. Al año se envían unas 21.500 solo en Barcelona. Sí, la vejez también la trae el cartero.
“El Ayuntamiento de Barcelona y el Área Metropolitana de Barcelona facilitan el acceso al transporte público, de forma gratuita o con tarifa reducida, a las personas mayores o con discapacidad que disponen de pocos recursos económicos, a través de la T-metropolitana. Esta es una prestación social cuyo objetivo es facilitar la movilidad y el uso de la ciudad a las personas que más lo necesitan”, dice la misiva, en la cual se ve el logo de las dos administraciones. La renta personal debe ser menor de unos 9.400 euros al año para recibirla en la modalidad de gratuidad.
Hasta ahí, todo muy informativo. Pero, a partir de ahí, la comunicación se vuelve real. Y personal. Mucho. “En estos momentos, hemos ampliado a la edad de 60 años la posibilidad de ser beneficiario de las ventajas de dicha tarjeta. Por este motivo, y dado que ya tiene 60 años o está a punto de cumplirlos, nos complace facilitarle el enlace donde encontrará toda la información explicativa sobre las condiciones y las características de este servicio”.
“Me que muerta tras recibirla”, recuerda una colega de profesión, que sí que mataría si ve su nombre en estas páginas. El agosto pasado cumplió las seis décadas y, una mañana de septiembre, la carta estaba esperando en su buzón. “La leí en diagonal y pensé que se habían equivocado. No podía ser yo. Pero sí, ahí estaba mi nombre. Era como si entraran todos los años de golpe por la ventana”, recuerda ahora entre risas.
En mayo pasado, lo mismo le pasó a Albert C. Dos meses después de su aniversario número 60, a este vecino de Gràcia la notificación de su incursión en la tercera edad también le llegó, sin necesidad de tocar dos veces en la puerta. “Sí, me sentí un poco anciano”, sintetiza desde un estado físico que, gracias al crossfit, la dieta keto y el autocontrol, podría ser la envidia de cualquier cuarentón. “Cuando llegas a los 18 nadie te dice nada”, bromea. Lo más cercano posible, tal vez, sería la llegada de la primera tarjeta censal que te anuncia que eres un ciudadano con derecho a voto… pero no es lo mismo.
¿Qué es la tercera edad? La edad de jubilación, a parte de ciertos colectivos, dejó de ser los 60 años hace mucho tiempo y cada vez se acerca más a tener un siete por delante. Sobre el papel, se entra oficialmente en la categoría de “adulto mayor” a los 65. Pero a nadie se le escapa que la desconexión entre el hecho biológico, el calendario, el de la Seguridad Social y el que devuelve el reflejo del espejo. Parece como si se hubieran difuminados los límites de una caregoría antes aparentemente más clara.
En el Área Metropolitana, por ejemplo, el umbral va por barrios. Cada consistorio decide a qué edad se da acceso a la tarjeta rosa, ahora llamada T-Metropolitana (el nuevo soporte donde se integran todos los títulos sociales de que otorga el entre supramunicipal e implica el fin de la tarjeta con banda magnética). En nueve municipios la barrera es los 60 años (además de la capital están allí Badalona y L’Hospitalet, entre otros), mientras que en la gran mayoría es los 65. En medio están Viladecans (61); Gavá (63) y, a los 62 tienen acceso los ciudadanos de Esplugues de Llobregat, Montgat, Sant Boi de Llobregat, Sant Joan Despí, Sant Just Desvern y Tiana.
“Es cierto que los 60 son una edad frontera”, añade la nueva sesentona, que ha pedido la tarjeta porque, de entrada, sabe que sobrepasa los criterios de renta establecidos. No todas las 21.500 cartas que, en promedio, anualmente se envían solo en Barcelona terminan convertidas en tarjetas rosa por ese motivo. El Ayuntamiento, explican desde la AMB, revisa el padrón continuamente y envía, con dos meses de antelación, la relación de personas que cumplen 60 años para que se les haga llegar la misiva. No tiene sentido matar al mensajero: es el calendario el que no perdona.
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