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En las obras de la Sagrada Familia de Barcelona, antes de alcanzar su altura máxima

El encargado general, Jaume Oromí, recorre los peculiares espacios de trabajo del templo, que en breve medirá 172,5 metros: “Siempre tenemos a los visitantes por debajo”

Obras Sagrada Familia de Barcelona

La Sagrada Familia de Barcelona es desde noviembre pasado la iglesia más alta del mundo. Poco antes, en agosto, se convirtió en el edificio más alto de la ciudad. Pero Gaudí no quiso que una obra humana superara una creación de la naturaleza, “una obra de Dios”, decía. Así se acerca la obra a su altura máxima, sin superar la montaña de Montjuïc, que mide 173 metros.

A 85 metros de altura, David, picapedrero francés, da los últimos toques a una pieza que formará parte del puente que unirá la torre de Jesús con la del evangelista Lucas. La piedra está suspendida de la grúa que opera José Encina desde una cabina a 140 metros. El encargado general de las obras del templo es Jaume Oromí, el director de una orquesta de unos 150 trabajadores, a quien le gusta definirse como “maestro de obras”. Casco, vaqueros de trabajo y camisa de manga corta un martes de febrero, recorre todos los días la obra, desde el patio de materiales a pie de calle, hasta el puente de acceso a la grúa, a 131 metros, pasando por ascensores, montacargas, escaleras, aperturas que serán ventanas con vitrales, andamios interiores, exteriores, pasarelas. Vela por que todo esté en orden y en condiciones de seguridad. Y con la peculiaridad de una obra que convive con el público: “Siempre tenemos a los visitantes debajo”.

Se acerca la fecha de la culminación de la torre de Jesús, la central y más alta del templo que ideó Antoni Gaudí, 172,5 metros. Será en pocas semanas. Luego habrá que retirar el andamio que la rodea, una estructura a medida y a prueba de vendavales. La torre se inaugurará el 10 de junio, el día del centenario de la muerte del arquitecto, una conmemoración a la que la Junta Constructora ha invitado al papa León XIV. En 2024, el último del que se han publicado datos, la Sagrada Familia fue visitada por 4,8 millones de personas. Tuvo unos ingresos de 134 millones, de procedencia privada, y el 52% se destinó a las obras.

A diferencia de la mayoría de los edificios, en los más de 140 años de obras, la Sagrada Familia no ha crecido en altura, sino por fases. Antes de morir, Gaudí dejó muy avanzada la fachada del nacimiento y terminó la torre de Bernabé, para mostrar una parte del templo y poder seguir atrayendo donaciones. Un siglo después, el conjunto está prácticamente terminado en altura: la basílica, las fachadas del Nacimiento y la Pasión (con esculturas de Josep Maria Subirachs), las torres de los apóstoles, las de los cuatro evangelistas, la de María (inaugurada en 2021) y, casi lista, la de Jesús.

Faltará terminar el interior de esta torre, que será visitable en el futuro, la capilla de la Asunción, cubiertas donde ahora se asientan dos de las tres grúas, una sacristía y también la fachada de la Gloria (con sus capillas), sobre la que hay polémica ciudadana y política, porque la Junta está decidida a materializar una escalinata de acceso que implicaría demoler edificios de vivienda. El actual alcalde, Jaume Collboni, defiende que, si hay que realojar vecinos, debe ser la Junta quien asuma el coste.

En la obra, a 54 metros, al pie de la grúa que alcanza los 200 con los brazos completamente desplegados, varios operarios se afanan en la pieza superior de la cruz de la torre de Jesús. Colocan mármol interior o cristal en una de sus aperturas. En total, la cruz suma 15.000 piezas cerámicas, sacadas de 500 moldes distintos y siete tonos de blanco. En lo alto, hay un pararrayos y una baliza, una luz para señalizarla. Bastante más arriba, a 131 metros de altura, la grúa está unida por un puente a un anillo metálico gigante, una traba que la fija al interior de la torre central. Mal asunto tener vértigo a estas alturas. El gruista, José Encina, saluda tras el cristal de la cabina.

En esta obra, señala Oromí, las tres grúas son un elemento constructivo esencial para subir material, estructuras auxiliares o piezas de la obra, donde los tres principales materiales son piedra, hormigón y acero. La grúa central, última generación del fabricante alemán Lieber, no para. La monitorización (tiene hasta caja negra) ha llegado a registrar movimientos durante siete horas y media de las ocho que tiene la jornada laboral.

En la Sagrada Familia, las acciones que permiten que la obra siga adelante son fundamentales. De hecho, cuando a Jaume Oromí se le pregunta por momentos difíciles o delicados, relata precisamente el montaje del pie la supergrúa: hubo que subir una pieza de 25 metros, suspendida en horizontal y entre las torres ya construidas. Estuvieron días calculando la operación para afrontar cualquier imprevisto. “Son momentos que no tienen eco mediático”, pero que requieren a decenas de profesionales, incluidos escaladores. El encargado general de las obras también recuerda el temporal Gloria, en 2020, con un vendaval que hizo silbar los andamios.

Oromí presume de dominar el oficio “en el sentido más amplio”. De haber sido monaguillo antes que fraile. A los 14 años ayudaba como peón a su padre, a los 17 trabajaba de paleta, fue constructor y a los 36 estudió arquitectura. “Mis hijos dicen que esto es la guinda del pastel. Y es verdad que la Sagrada Familia es una obra singular, en el sentido de la trascendencia que tiene, pero me gusta pensar que todas lo son, porque somos depositarios de la confianza de quien nos la encarga”, dice a primera hora en el patio de materiales.

Sus jornadas comienzan con “una pasada por toda la obra, supervisando que todo esté en orden” y se cumplan todas las medidas de seguridad. En el templo hay personal propio, de plantilla, y de empresas que realizan trabajos específicos. La logística es clave en una obra tan compleja y con solo dos patios para almacenar material (sean esculturas, piedra, estufas de gas de la basílica, o sombrillas para resguardar a los turistas). Y donde, por mucho que se hagan previsiones y se anticipen maniobras, un día de viento o de lluvia intensa puede hacer cambiar los planes.

“Otra cosa importante es facilitar que todo pase con el menor conflicto posible, la gestión de las relaciones humanas, que salga rodado y con las mínimas fricciones, es fundamental, aunque no salga en los informes”, subraya este profesional que parece que no vaya a perder nunca los nervios. Este martes, en el patio de materiales, comprueba que está listo el equipo que recibirá una gran estructura metálica que transporta un camión cuya aproximación requerirá parar unos minutos el tráfico. Reconoce a los trabajadores con solo verlos caminar de espaldas.

El encargado de coordinar a todos los equipos es de los que mientras habla con sus interlocutores no pierde detalle de lo que ocurre alrededor: quién pasa, qué sube, qué baja, qué se mueve. “Esto es un lápiz que se ha caído”, aclara cuando se escucha un pequeño golpe. La Sagrada Familia, además, tiene la particularidad de que está en obras mientras la visitan hasta 1.500 personas simultáneamente. “Nos hace ser muy conscientes de la seguridad: de los visitantes, de que hay mucha gente alrededor” o incluso de lo que pasa fuera de las vallas, con grúas que mueven centenares de toneladas. Además de los visitantes que pagan entrada, unos 18 millones de turistas acuden cada año a verla desde el exterior: 50.000 al día, según el Ayuntamiento.

Oromí tiene 54 años y las estimaciones de la Junta Constructora hablan de, al menos, otra década de obras. Ya tendría edad de jubilarse, pero no lo contempla en el sentido estricto. Insiste en la “seriedad, rigor y máxima responsabilidad” con la que se desarrolla una obra “que es un trabajo en equipo, donde hay que tener confianza en los equipos y perspectiva, ver el árbol entero”. En el futuro, y “como divertimento”, planea hacer “un doctorado de estructuras”.

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