La mirada de Sigfrid Casals inaugura un ciclo sobre fotoperiodismo en el Colegio de Periodistas
‘El placer de mirar’ incluye imágenes de Keith Haring, Cicciolina o Richard Nixon pero sobre todo de gente de la calle que dan cuenta de las décadas de 1976 a 1996

Para que su valioso trabajo perdure, hay que mostrar el legado de los fotoperiodistas catalanes, también de todos aquellos que no se cruzaron con la fama. Así se lo ha propuesto el Colegio de Periodistas de Cataluña, que ha inaugurado el ciclo Miradas que perduran con una selección de fotografías de Sigfrid Casals (Barcelona, 1943). Sus instantáneas, realizadas ente 1976 y 1996, incluyen retratos de Keith Haring, Cicciolina o Richard Nixon, pero sobre todo recurren a la gente de la calle y a los niños para retratar una época de cambios y un país en transición. Organizada por el Grupo de Trabajo de Fotoperiodismo, esta primera muestra se podrá ver hasta el 15 de febrero de forma gratuita en la sede del Colegio, mientras que luego seguirá con fotógrafos como Antonio Espejo, que trabajó en EL PAÍS; Pepe Encinas, de El Periódico, o César Rangel, de La Vanguardia, entre otros.
Con este ciclo, el Colegio quiere reivindicar el poder de la imagen, dar visibilidad a trayectorias diversas, valorar el talento local y reforzar el fotoperiodismo como herramienta informativa de primer orden, imprescindible para la memoria y la cohesión. Precisamente Sigfrid Casals podría catalogarse de rara avis en esta profesión porque, aunque le apasionó, solo la practicó profesionalmente durante veinte años, mientras que antes se dedicó a su otro amor, el cine, y al oficio que le daba de comer en un taller mecánico.
A Sigfrid Casals Alexandri (Barcelona, 1943) siempre le ha gustado mirar. Recuerda que de pequeño observaba mucho a la gente desde el balcón de su casa y fabulaba historias fantásticas sobre sus vidas. Con esa mente soñadora se fue a estudiar cine a Madrid y pasó varios años entre dos aguas para hacer lo que le gustaba y lo que le permitía vivir. Pero a los 35 años la fotografía llamó a su puerta y tomó clases con Lucho Poirot, el fotógrafo chileno que vivía entonces en Barcelona.
Sus primeros disparos fueron para El Periódico, también fue jefe de fotografía de El Noticiero Universal, trabajó para Cambio16 y pasó por la agencia Cover en Madrid, unas cabeceras que le permitieron retratar a personajes de la política como Richard Nixon haciendo una mueca a su llegada al aeropuerto de Barcelona en 1989; a Pasqual Maragall tomando una horchata con Yoko Ono en la ciudad el mismo año o a la familia Pujol al completo en el salón de su casa en 1980. También fue testigo del mundo cultural, como muestran los retratos de Bob Marley, Joan Baez, Sting o Keith Haring. A este último lo captó pincel en mano haciendo el conocido mural contra el sida en el Raval.
Pero lo que más le atraía a este fotógrafo y realizador inquieto era la gente, de la calle, del campo o de las fábricas. Por eso, la exposición, y el libro que ha editado recientemente con el mismo título, dan muestra de ello. Fiel a la cita de John Berger que abre el volúmen, ‘Solo vemos lo que miramos. Mirar es un acto de elección’, Sigfrid Casals llenó sus carretes de gente anónima, como las madres que esperaban para ver a sus hijos a las puertas de la Modelo; los internos del hospital psiquiátrico de Sant Boi de Llobregat, una pastora en un bucólico campo de Ibiza o una trabajadora de la limpieza a las puertas de la Generalitat.
Los niños merecen una mención aparte, porque siempre los puso en el centro de su objetivo, con sus inocentes miradas y sus fugaces juegos, límpidos de su devenir. Desde aquellos que correteaban sucios por el barrio de barracas de La Perona en 1979; hasta los que esperaban subir a los caballitos en una feria de Sevilla; los que jugaban a médicos en un banco de una plaza barcelonesa; o la niña soñadora que miraba a la calle desde un balcón con la ropa tendida. Quizá en aquella mirada, Sigfrid Casals encontró la del chaval soñador que él mismo fue. Parte de lo que vino después se puede encontrar en esta exposición y en el libro El placer de mirar que, para un fotógrafo de vocación, es un deleite que no se acaba nunca.
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