23-F | El secreto vacío
Juan Carlos I y Pedro Sánchez han sido los grandes beneficiarios políticos de la desclasificación


La expresión fue acuñada por George Simmel hacia 1908. Un secreto vacío no se puede ni desvelar ni refutar, precisamente porque está vacío, porque no contiene nada; es el secreto perfecto, invulnerable. Un ejemplo ideal es el golpe de Estado del 23 de febrero de 1981: el gran secreto sobre el golpe de Estado del 23 de febrero es que no hay ningún secreto. ¿Significa esto que lo sabemos todo acerca de él? Por supuesto que no: no existe un solo acontecimiento en la historia de la humanidad del que lo sepamos todo; ese conocimiento absoluto no pertenece a la historia: pertenece a la fantasía o a la conspiranoia. Puede parecer curioso que lo que todavía no sabemos del golpe apenas se haya estudiado: por ejemplo, qué ocurrió con exactitud aquella noche en las diversas capitanías generales, o en las diversas capitales de provincias; pero en realidad no es curioso: saberlo contribuiría a refinar nuestro conocimiento de la verdad, pero no es espectacular ni genera titulares, no desvelaría el gran secreto imposible de desvelar sobre el golpe de Estado del 23 de febrero y, por lo tanto, no es un negocio. De eso se trata en gran parte: de que no pare el espectáculo, de seguir con el negocio.
El 20 de noviembre pasado, cuando se presentó en el Congreso de los Diputados una serie de televisión basada en mi libro Anatomía de un instante, le rogué al presidente Sánchez que desclasificase todos los documentos relativos al golpe. “Nuestra interpretación del golpe no va a cambiar en lo esencial”, le advertí. “Y tampoco van a terminar los bulos y las bolas sobre el 23 de febrero, porque son un negocio para políticos, periodistas e historiadores, y para la afición en general. Pero como mínimo los mentirosos tendrán un sitio menos al que agarrarse.” Ahora, una vez desclasificados los papeles, comprendo que me equivoqué: no es que nuestra interpretación del golpe no haya cambiado en lo esencial; es que no ha cambiado lo más mínimo.
¿Qué contienen en síntesis los documentos desclasificados? La mayor parte de lo que se cuenta en ellos se sabía, o al menos podía saberlo quien se hubiese tomado la molestia de averiguarlo, incluido por supuesto cuanto atañe a los servicios secretos; algunos de los documentos más relevantes estaban incluso publicados en diversos libros, como el informe “Panorámica de las operaciones en marcha”, y algunos de los más anecdóticos también, como la grabación de la mujer de Tejero que tanta risa da ahora, y que a mí todavía me da miedo (lo dijo Woody Allen: tragedia + tiempo = comedia); en cuanto a los pocos papeles que no conocíamos, no hacen más que ratificar lo que conocíamos. Es lo que ocurre, por ejemplo, con una nota brevísima que, dos meses y pico después del golpe (el 11 de mayo de 1981), afirma que el partido comunista está inquieto por el bulo propagado por la extrema derecha según el cual el Rey se halla implicado en el golpe; sea o no fidedigna la nota, la especie no era ningún secreto, circuló muchísimo por la prensa de la época y es natural que los demócratas estuviesen preocupados por ella y que los golpistas la propagasen: era la forma de intentar eximirse, con el clásico argumento de la “obediencia debida”, de sus responsabilidades en el golpe. También puede parecer curioso que, de un tiempo a esta parte, quienes difunden el bulo engendrado por la extrema derecha sean la extrema izquierda y los secesionistas; pero eso tampoco es curioso: aquí ya todos somos mayorcitos. La realidad es que el papel del Rey en la asonada militar está bien claro: en los meses anteriores al golpe cometió errores, frivolidades e irresponsabilidades que propiciaron el golpe; quizá la más grave: andar por ahí diciendo que estaba harto del presidente Suárez y que había que quitárselo de encima. Es verdad que Suárez, que desde 1976 hasta 1978 había sido un presidente excepcional, a la altura de 1980 era un presidente mediocre o abiertamente malo, y que no controlaba una situación todavía peor; pero el Rey no era nadie para decir una sola palabra contra él, y mucho menos en presencia de militares impacientes por dar un golpe. También es verdad que los errores que cometió el Rey los cometió casi toda la clase política, incluidos el PSOE y el PCE —por eso hubo un golpe—; pero, en el caso del Rey, esos errores fueron más perniciosos. Dicho lo anterior, Juan Carlos I no montó el golpe: lo desmontó (entre otras razones porque era el único que podía desmontarlo). Esa es la verdad, dígala Agamenón o su porquero.
Así que el 20 de noviembre pasado me equivoqué en esto: no esperaba que los documentos desclasificados no añadieran ni un matiz a lo sabido; pero en todo lo demás acerté. No tiene ningún mérito. Tras la desclasificación, los periodistas hicieron en general bastante bien su trabajo, y la ingente cantidad de mediterráneos descubiertos por algunos era casi inevitable. Por su parte, el comportamiento de los políticos, habida cuenta de los precedentes, fue casi sensato; he dicho casi: el Premio de Pensamiento Orgasmo de Rotterdam se lo llevó de calle Enrique Santiago, quien le descubrió a Occidente que es posible “blanquear” con la verdad (“una clarísima operación de blanqueo”, declaró); y el Premio Chus Lampreave a la sinceridad se lo concedí yo solo, pero por unanimidad, a Mertxe Aizpurua, que reconoció, desolada: “Ha sido una decepción”. La única sorpresa, relativa, fueron los historiadores. Esto sí que parecerá curioso: apenas hay historiadores académicos que hayan estudiado a fondo el golpe de Estado, y en 2009, cuando se publicó Anatomía de un instante, ninguno había escrito un solo libro dedicado a él —ni uno solo—; esa es una de razones por las que, aunque Anatomía sea una novela, es una novela sin ficción, donde no hay absolutamente nada inventado y sí muchas páginas de notas al final, como si se tratase de un estudio histórico: dado que los historiadores no habían hecho su trabajo, decidí hacerlo yo. Por eso ha sido tan bochornoso ver estos días a historiadores competentes en ciertos ámbitos, que sin embargo no han escrito una sola línea sobre el golpe, convertidos en empresarios de la sospecha y los misterios sin resolver, pugnando a la desesperada por sacar agua de un pozo seco, usando o coqueteando con los bulos originarios de la ultraderecha y difundiendo otros nuevos, como si protagonizaran un episodio de Cuarto Milenio.
El miércoles pasado la desclasificación de los documentos del golpe se siguió con una expectación digna de un Barça-Madrid, lo que demuestra una vez más que el golpe de Estado del 23 de febrero no solo es el mito fundacional de la democracia española, sino también nuestro asesinato de Kennedy: una obsesión, casi una paranoia o una psicosis colectiva. Dos han sido los principales beneficiarios políticos de la desclasificación. El primero, Juan Carlos I, pero solo hasta que la oposición más tonta de la historia de la democracia le amargó la alegría confundiendo el culo con las témporas y pidiendo su retorno a España, igual que si no supiéramos que Juan Carlos I, según escribió él mismo, reside en Abu Dabi porque quiere o, mejor dicho, porque no quiere dar cuentas de sus ingresos al fisco español, como ha venido a recordar la propia Casa Real. No hace falta haber leído a Shakespeare para saber que una misma persona puede hacer las cosas muy bien en un determinado momento y, al cabo de unos años, hacerlas muy mal: es lo que ha ocurrido con Juan Carlos I. (Por cierto, otro héroe de entonces convertido en villano de hoy: Jordi Pujol, que el 23 de febrero de 1981 aguantó a pie firme en su despacho mientras todo el mundo corría a salvar el pellejo). Más razón que un santo lleva Mertxe Aizpurua: la verdad, a veces, es decepcionante; de hecho, a veces es una auténtica putada. Pero no por eso deja de ser verdad.
El segundo gran beneficiario de la desclasificación es Pedro Sánchez. Quizá sea un ingenuo, pero a mí me parece que al Gobierno hay que criticarlo cuando hace las cosas mal (o cuando nos parece que las hace) y hay que elogiarlo cuando las hace bien. No entiendo cómo alguien puede albergar alguna duda de que, al desclasificar los documentos del golpe del 23 de febrero, el presidente Sánchez le ha prestado un servicio a la verdad; es decir: se lo ha prestado a nuestra democracia; es decir: nos lo ha prestado a todos.
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