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Opinión

El tren: entre el deterioro y la politización

Aunque el usuario frecuente responde al de una persona ocupada que vive en una gran ciudad, la mayoría de la ciudadanía utiliza el servicio ferroviario con mayor o menor asiduidad

Algunos pasajeros afectados este martes por la huelga de maquinistas de Rodalies y trenes de alta velocidad caminan en la estación de Sants en Barcelona.Massimiliano Minocri

Coger el tren —ya sea de cercanías, de media o larga distancia, o de alta velocidad— es una práctica habitual para la mayoría de la población: solo en torno a una cuarta parte afirma no hacerlo nunca. Aunque el perfil del usuario frecuente responde al de una persona ocupada que vive en una gran ciudad, la inmensa mayoría de la ciudadanía utiliza el servicio ferroviario con mayor o menor asiduidad. Precisamente porque viajar en ferrocarril constituye una práctica social ampliamente extendida, las circunstancias en las que se produce su uso resultan determinantes para la calidad de vida de un gran número de personas. Para quienes utilizan a diario los servicios de cercanías, así como para quienes realizan desplazamientos recurrentes, el viaje en tren incide de forma directa en la organización del tiempo, las rutinas y el bienestar cotidiano, situándolo como un elemento central de la vida diaria.

Desde esta perspectiva, el Barómetro de febrero de 40dB. para EL PAÍS y Cadena SER ofrece una valoración más bien sombría por parte de los usuarios. La mayoría afirma haber sufrido en el último año retrasos y cancelaciones y se queja de la falta de información clara cuando se producen incidencias. Las quejas, además, varían según el tipo de servicio: los pasajeros de cercanías lamentan mayoritariamente la saturación en horas punta, mientras que los de trenes de media y larga distancia y de alta velocidad señalan el elevado precio en relación con la calidad del servicio recibido. En conjunto, la valoración del ferrocarril de cercanías es peor que la de la larga distancia y, aunque no son mayoría quienes declaran haber sufrido otros problemas —como averías, inseguridad o falta de limpieza—, en torno al 40% sí lo hace. Puede consultar todos los datos de la encuesta aquí.

La experiencia del viaje en tren dista hoy de ser plenamente satisfactoria, aunque no siempre fue así. Según datos del Eurobarómetro, en 2018 España presentaba un nivel de satisfacción con el transporte ferroviario superior a la media de la Unión Europea, situándose entre los diez países mejor valorados. Sin embargo, en los últimos tiempos España sigue una evolución parecida a la de otros países de nuestro entorno. En Reino Unido, Alemania, Italia y Francia —muy especialmente en sus capitales— se registra también un notable grado de insatisfacción. Ya sea por los elevados precios, los conflictos laborales, el deterioro de las infraestructuras o la recurrencia de huelgas, el ferrocarril europeo parece haber perdido parte del prestigio del que gozó en el pasado.

Lo que podría hacer singular al caso español es la politización, no solo de las percepciones generales sobre el servicio ferroviario, sino también de las experiencias cotidianas de sus usuarios. Los retrasos y las cancelaciones ofrecen un buen ejemplo: en torno al 70 % de los votantes del PP y Vox declara haber sufrido estos inconvenientes en el último año, frente al 42 % de los votantes de Sumar y algo más de la mitad de los votantes del PSOE. Cabe pensar, por tanto, que el servicio ferroviario ha empeorado, pero que la percepción de ese deterioro avanza todavía más deprisa, acelerada por la polarización política.

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