“En 10 años estaremos realmente mal, enfrentados y sin saber qué esperamos los unos de los otros”: ‘boomers’, X, mileniales y Z hablan sobre la gran brecha generacional
Siempre ha existido tensión entre generaciones. Pero en los últimos tiempos, con las redes sociales, la herida de la pandemia y la sucesión de crisis económicas, se ha abierto un abismo de rencor e incomprensión sin precedentes. Hablamos con ‘boomers’, X, mileniales y Z procedentes de la cultura, los medios y el pensamiento para entender cómo se llegó a esto y también hacia dónde se va desde aquí


Los Simpson, la serie de animación creada por Matt Groening en 1989 y que transita ya su temporada número 37, ha predicho el futuro hasta 55 veces. En 1993 vagamente anticiparon la pandemia por coronavirus que tendría lugar en 2020. En 2000, predijeron que Donald Trump sería presidente de EE UU. También adivinaron el caso de corrupción que sacudió la FIFA en 2015 meses antes de que estallara, adelantaron la llegada de los relojes inteligentes, la fusión entre Disney y Fox y el Premio Nobel de Economía para el finlandés Bengt R. Holmström. Pero lo que no adivinaron los responsables de este producto audiovisual que se estrenó en España en 1991 y que vivió su gran apogeo en Antena 3 a partir de 1994, cuando de lunes a viernes a las dos de la tarde su emisión convocaba un ritual de hermanamiento intergeneracional frente al televisor, es que en 2026 un profesor de Ciencia Política de la Universidad Carlos III de Getafe que se había valido de infinidad de sus argumentos para conectar el conocimiento que aspiraba a transmitir a sus alumnos con el saber popular debería dejar de usarlos en clase. “Antes podía hacer esas bromas y conexiones porque todo el mundo veía Los Simpson y era un referente compartido por todos. Ahora el problema no es solo que los alumnos no entienden las bromas porque no han visto la serie, sino que no soy capaz de buscar un referente que hayan visto todos. Tienen nichos muy segmentados, burbujas muy aisladas, que hace que los jóvenes sean hoy muy heterogéneos entre sí y, además, que el diálogo que hay entre generaciones en términos de marcos compartidos sea más bajo que el que había en el pasado. Los jóvenes antes se rebelaban contra un marco, ahora lo que directamente hacen es no compartir el marco, es decir, estar en otro”, afirma Pablo Simón, autor de libros como Entender la política: Una guía para novatos, comentarista en TVE o La Sexta y ese profesor que ya no puede valerse de Lisa Simpson para explicarles nada a sus alumnos. Nació en 1985, es milenial, acaso la generación que más parece estar padeciendo la brecha generacional que se ha abierto en este país en los últimos años y cuyos síntomas van mucho más allá de si los veinteañeros ya no saben quién es Milhouse. Atraviesa el mercado laboral, el de la vivienda, las políticas públicas. Se ha ensanchado de tal forma que amenaza incluso con imponerse a los debates de clase, género o raza como eje de tensión.
“A veces parece que la generación boomer cree que todos les debemos demasiadas cosas: la democracia, el progreso, los Juegos Olímpicos, los coches, los semáforos… Encima se sienten poco importantes políticamente, creen que nunca han sido clase dominante. Es mentira, el sistema está montado alrededor suyo. Hay que traer inmigrantes para pagar pensiones. La vivienda da igual, no es una prioridad porque tienen su casa pagada. Tú pegas un tijeretazo a las pensiones y el Gobierno cae al instante”. Estefanía Molina es una milenial de 34 años, analista política, escritora y columnista de EL PAÍS, que acaba de publicar Los hijos de los boomers, un libro cuya tesis tiene paralelismos con el también reciente y polémico La vida cañón, de Analía Plaza (otra milenial). Ambos proponen, cada uno con sus matices, la idea de que la generación boomer tiene una parte considerable de responsabilidad en la precariedad en la que ha crecido su generación y en la práctica imposibilidad de acceder a una vivienda digna.

Los mileniales, nacidos entre 1980 y 1995, significan un 18,7% de la población española. Según un estudio del año pasado del Observatorio del Ahorro de la Fundación Mutualidad, han perdido un 15% de su poder adquisitivo en los últimos años. Hoy, el número de las familias con vivienda propia alcanza el 90% entre los boomers, mientras que en el caso de los que cuentan entre 35 y 45 años desciende hasta el 30%, algo dramático si consideramos que el 71% de la riqueza total de las familias españolas proviene de la propiedad inmobiliaria. “Pero nos dicen que no nos preocupemos, que vamos a heredar”, interviene Molina al respecto del mantra de la gran transferencia, aquella que promete a esta generación una herencia como jamás se ha visto en la historia. Solo en EE UU se calcula que los mileniales podrían heredar hasta 90 billones de sus padres. El consuelo de pasar de precario a heredero. “No vamos a heredar todas esas cifras que se dicen. Primero, muchos tendremos ya más de 50 años cuando eso suceda, y luego, una gran parte de esa herencia se habrá ido antes en cuidados para nuestros padres. Y el dinero para esos cuidados va a salir de los pisos, por lo que, cuando llegue la hora de heredar, ese patrimonio será escuálido. No debemos olvidar la inmigración, totalmente precarizada. Si la herencia es la solución, ¿qué van a heredar estos inmigrantes?”. Para Elizabeth Duval (25 años, generación Z), escritora y antiguo cargo político en Sumar, la gran transferencia lo que va realmente a propiciar es otra gran brecha. “El abismo que se va a abrir entre los que hereden y los que no va a ser bestial. Esa es la gran putada que se viene”.

“Somos una generación ahora algo triste y oscura, solo hay que ver la cantidad de ficciones distópicas que se estrenan desde que los mileniales han empezado a escribir los guiones de series y películas”, apunta Pablo Simón, quien fecha en el 15 de mayo de 2011 el momento en que su generación vivió la gran ilusión que precedió al gran desengaño. Aquella generación “más preparada de la historia” descubrió que “no iba a vivir mejor que sus padres” y decidió tomar las calles e impugnar el bipartidismo. El interés por la política aumentó de un 20% a un 40% en los años siguientes al 15-M. “Somos una generación derrotada, que salió a las plazas para nada”, sentencia Molina.
Jose Mansilla (52 años, boomer tardío en un esquema solo español, generación X en el ideario global) comprende absolutamente el desengaño milenial y hasta cierto punto el rencor generacional. “Lo que me da rabia es que aquí, en los barrios [se refiere al barcelonés Poble Nou, donde reside y del que sigue siendo teórico y activista], hubo una solidaridad intergeneracional en el 15-M, una idea de compartir los recursos de protesta de los más mayores, venidos desde la Transición hasta los movimientos antiglobalización de principios de este siglo, con los entonces muy jóvenes. Ahora tenemos este discurso de culpar a los boomers que, aunque tenga sus motivos porque apenas hay políticas destinadas a la juventud, me resulta muy sospechoso. Creo que detrás de esto están los buitres de siempre esperando que el sistema reviente. La idea de que el crecimiento económico nos iba a beneficiar a todos ha quedado desmentida y no solo ha provocado diferencias de renta, ha abierto un hueco generacional por el que se van a colar los entes privatizadores”.

Lo que se empezó en la primavera de 2011 tal vez se clausuró el 23 de mayo de 2021, cuando la escritora milenial Ana Iris Simón, autora de Feria, dio un discurso frente a Pedro Sánchez en el que recordó que a sus entonces 29 años ya había pasado por tres ERE y que tenía en aquel momento un contrato temporal que expiraba dos días después de la fecha programada para su primer parto. No tenía hipoteca ni coche. Hasta aquí, todo mal, pero en sintonía con la visión generacional que se venía fraguando desde que se acuñara el término mileurista en 2005. Lo que vino después fue un giro de guion hacia la nostalgia, un agujero por el que se coló el pasado como forma de posicionamiento político. Iris Simón apostaba por “rescatar la importancia y el valor de las comunidades orgánicas, sin remilgos ni moralinas: la familia, el municipio, la patria”. El debate viró hacia si la abuela en el pueblo vivió mejor que tú. Si los jóvenes no encontraban un futuro, podían montarse en un pasado idílico, y los padres, bueno, si les preocupaba que sus hijos escucharan reguetón, iban a alucinar en pocos años, cuando descubrieran que se habían hecho fans de Franco.

“La primera vez que pronuncias una frase mínimamente nostálgica estás muerto. Obvio que había cosas mejores antes, pero también había más racismo, más machismo, chistes de gangosos…”, afirma el escritor y responsable del podcast Pop y muerte, Kiko Amat (55 años, generación X). “Yo sí siento cierta nostalgia, yo sí echo de menos a mi abuela, pero a ella en concreto”, apunta la escritora Luna Miguel (35 años, milenial). “Echo de menos el cola-cao y las galletas, ver Sailor Moon por la tarde. Siento nostalgia, pero no como arma arrojadiza contra el presente. Debemos saber gestionar nuestros recuerdos. Soy defensora de la nostalgia como sentimiento lírico, en fin, soy poeta. A mí me gusta conservar ciertas cosas porque quiero que los que vienen puedan disfrutar de ellas”.
Javier Mariscal, un monólogo. “Recuerdo mi primera vez que vi una radio con pilas. Ostras, pilas. Y cómo llegó el plástico, que fue como: ‘¡Guau, papá, no se rompe, qué maravilla!’. Ahora juegan al fútbol en las calles con balones reglamentarios, nosotros, con unos hechos con trapos. A mi nieta, hace cuatro años, le digo: ‘Tienes que ir a dormir, que tu madre ha dicho…’. Y la agarré de la camisa para llevarla a la cama. Me respondió: ‘¡Quieto, tú no eres dueño de mi cuerpo! Mi cuerpo decide cuándo quiero dormir’. Continuamente estamos evolucionando. Cuando era adolescente, a mis amigos maricones los metían en la cárcel o intentaban convencerlos de que era una enfermedad. El actual alcalde de Barcelona es gay y no es noticia. Para mi padre, los Beatles era música de Satanás, hoy en día no me gusta nada la música que escucha mi nieta, pero nunca se me ocurriría decir que es música de Satanás. En los últimos 20 años se han hecho tal cantidad de cuartos de baño… Tengo agua corriente en casa y he visto un mundo antes de que existieran los camiones de basura. Y mira que hay gente muy joven que vota a Vox, que dice que Franco era maravilloso. Pues lo tienen fatal porque siempre iremos hacia adelante y, como decía Margulis, la evolución es cooperación. No me interesa nada ser joven. He vivido mucho y muy bien. Pido perdón porque he insultado mucho. He sido de una generación que nos hemos drogado mucho. Ahora dicen que somos boomers… Mira, soy muy disléxico y me cuestan mucho las palabras nuevas, o sea, tiramisú, por ejemplo, no sabía ni qué era”. (Xavier Mariscal es artista y diseñador. Y firme defensor de la idea de que antes no estábamos mejor. Nació en Valencia hace 76 años).
El concepto de generación como fórmula para agrupar a los nacidos en un periodo de tiempo entre 15 y 20 años con unos rasgos comunes sociológica y culturalmente tal vez se remonta a 1951, cuando la periodista Sylvia F. Porter se refirió en un artículo en el New York Post al incremento de la natalidad en EE UU tras la Segunda Guerra Mundial como baby boom. En España, ese salto en la natalidad fruto del optimismo no se produjo hasta finales de los cincuenta (hoy se calcula que hay 14 millones de boomers; este año 850.000 personas cumplirán los 50 en España, será el mayor cumpleaños de la historia de este país), por lo que aquí los boomers llegan a atravesar lo que posteriormente se llamó generación X, término acuñado en 1991 por el escritor Douglas Coupland y que señalaba a los nacidos a partir de 1965 (la frontera final se fijaría más tarde en 1980) como una gente algo apática, sospechosa del mercado pero a la vez consumista, nihilista, desengañada con la contracultura de los sesenta pero ansiosa por fabricarse un ecosistema propio y underground. “Nunca tuve la sensación de competir con nadie”, resume Mansilla. La voz de aquella generación, un tipo llamado Kurt Cobain, se suicidó en 1994 en su pico de popularidad.


Detrás de todas las definiciones generacionales se encuentra el ansia de un mercado por armar un relato con el que identificar y seducir al público joven. Y como el mercado es ansioso, a los mileniales ya se los definió —lo hicieron los sociólogos William Strauss y Neil Howe— en el mismo año en que Coupland publicó Generación X. Así, los mileniales fueron la generación más profundamente analizada, diseccionada y, en muchos casos, vilipendiada, incluso antes de poder acometer ningún desmán, de la historia. La voracidad de aquel primer periodismo de internet llenó la Red de piezas al respecto de unos jóvenes algo pagados de sí mismos, que daban lecciones a sus jefes. Pronto ya fastidiados (se los llamó generación quemada cuando cruzaron la treintena). Medio digitales, medio analógicos. Medio aguacate, medio MacBook Air. El vaso de Starbucks, medio lleno hasta el colapso de Lehman Brothers.

El filósofo y escritor Santiago Alba Rico (66 años, boomer) apunta que, aunque en un inicio pudiera negar su parte en cualquier generación que le hubieran asignado, con el tiempo y la reflexión… “se llega a la conciencia de que muchas de las pulsiones, de los gustos, de los libros incluso que leía y que yo creía libremente escogidos, la manera estudiosa y clásica, en realidad obedecían a una regla compartida, a un patrón generacional”. Eso sí, las particiones temporales son ficticias y en sociología se apuesta más por las agrupaciones alrededor de hitos políticos que marcaron los años impresionables (aquellos entre los 14 y los 26, cuando lo que te sucede deja un poso indeleble), agrupando a boomers en el tardofranquismo; a la generación X, en las postrimerías del felipismo, y a los mileniales, en la época de Zapatero y el 15-M.

“Echo la vista atrás y me cuesta mucho reconocer la persona que era antes y durante la pandemia, no puedo crear puntos comunes. Hay un vacío que no sé rellenar”. Mariang Maturana (28 años, generación Z) conduce el podcast La pija y la quinqui junto a Carlos Peguer desde enero de 2022. Es uno de los fenómenos Z más relevantes y el espacio que eligió Pedro Sánchez para darse a conocer entre los más jóvenes durante la campaña de 2023. “El confinamiento fue la nada absoluta, un apocalipsis diario. Afectó muchísimo a mi generación, y no somos capaces aún de entender cómo. No tengo las herramientas siquiera para abordarlo. Recuerdo aquello de que ‘saldremos mejores’ y creo que sucedió todo lo contrario. Se acusa el individualismo mucho tras la pandemia”.

El mito fundacional de la generación Z (nacidos entre 1995 y 2010), que engloba a aquellos nacidos entre 1995 y 2010, fue la pandemia de la covid-19 en 2020. Este grupo, del que forman parte 7,5 millones de españoles, pasó una parte de aquellos años impresionables encerrado en casa con sus padres y, para ellos y los que los rodean, ya nada volvió a ser lo mismo. Según sus mayores y los analistas, salieron de aquello individualistas, ensimismados, algo apáticos, desconectados de todo, pero enganchados a TikTok o la pantalla que sea en la que gastan hoy sus días. Culturalmente, habitan un universo paralelo al de todas las generaciones anteriores, consumen de forma espástica. La industria les ha dado contenido cuando antes ofrecía cultura y los ha hecho clientes cuando antes eran público. “Se ha roto esa cadena de transmisión de conocimiento. Los jóvenes se proyectan menos hacia el futuro porque el futuro es negro y muy sombrío, y no recogen del pasado todo aquello que se ha subido en hombros de gigantes. Son enteramente sincrónicos. Pero no sé hasta qué punto son responsables de eso. El mundo que se les ha dado favorece todo esto, y si anulas a alguien de referentes pretéritos, no tiene nadie ni nada contra lo que rebelarse. Hay una crisis de autoridad, no hay maestros, tanto para aprender de ellos como para cuestionarlos. Los formatos mediáticos y tecnológicos hacen imposible que se pueda frenar el tiempo y pararse a pensar. Pero, bueno, Cicerón ya se quejaba de la juventud”, apunta Alba Rico.

El cómico Ignatius Farray (52 años, generación X) recuerda la importancia de aquellos maestros que, de alguna manera, ayudaban a configurarnos como personas. “Yo tuve uno en el colegio que me marcó de por vida. Y nos hicimos amigos. Tenía 12 años más que yo. Murió y hoy su hijo y mi hijo son amigos, tienen 16 y 18 años. El otro día el chaval vino a Madrid y los acompañé de noche a los dos buscando discotecas que pusieran reguetón. Es una forma de crear un espacio de escucha. Me da mucha rabia cuando se demoniza a los boomers y se dice que lo tienen todo hecho y son hoy unos vividores, cuando es gente que luchó por la democracia y que a nosotros, por ejemplo, nos dio La bola de cristal. Creo que desde mi generación no se puede achacar mucho a la anterior, porque hoy veo cosas que están mal y a veces pienso que debimos verlo antes, debimos pararlo cuando pudimos, porque al final la responsabilidad de cada generación es dejarle un mundo mejor a la siguiente”.
Dos señores le gritan a una nube. Santi Carrillo y Juan Cervera (61 años, boomers) están al frente de Rockdelux, la revista que durante 40 años ha sido el faro del buen gusto musical en este país. Por su portada han pasado de David Bowie a Rosalía. Hoy están integrados en el ecosistema del festival Primavera Sound. Hablamos con ellos sobre cómo la música tal vez sea el bien cultural en el que más abierta e insalvable esté hoy esa brecha generacional.
JC: Hay una brecha brutal. Se abre con la llegada de internet y se va haciendo mayo a medida que se fragmentan los hábitos de consumo.
SC: Tiktok e Instagram han hecho que esa recha inicial se haya hecho abismo, volcán. Y ya es irrecuperable. Siempre ha habido brechas, nadie quería parecerse a su padre, pero esto es otra cosa… Es que no les importa lo más mínimo conocer cosas que se salgan de su radar del presente más actual.
JC: Y ya no es que el concepto álbum haya quedado obsoleto, es que ya de las canciones, de los sencillos, aprovechan los 20 segundos que les saltan en redes. Y las redes fomentan recuperar artistas como Kate Bush o Led Zeppelin, pero son moda un rato y desaparecen, nadie quiere profundizar.
SC: Pero siguen habiendo fenómenos globales y generacionales, como Rosalía o Taylor Swift.
JC: Sí, pero la industria los empaqueta de una manera que busca de forma tan obvia darle un valor generacional de forma muy forzada.
SC: Todo se mete en el mismo saco y todo se ve igual. Y la verdad. Rosalía no es lo mismo que La Oreja de Van Gogh
JC: Es curioso, porque a la vez se intelectualiza el pasado sin filtro, cosas infames como la Oreja de Van Gogh, o se busca ahora validar la Ruta del Bakalao.
SC. El otro día una revista dijo que ya no iba a subir sus contenidos a internet porque no quería seguir alimentando a la IA… No sé, igual ahí hay algo… Nos salvará el papel.
El lugar de trabajo ha sido históricamente un espacio de disputa generacional. Cada una ha llevado hasta él su idiosincrasia y ha chocado con el statu quo. Con la generación Z lo que ha sucedido es que años de precariedad, burbujas que explotan y relevos generacionales que se aplazan los ha llevado a proponer una actitud ante lo laboral que no es que choque con las rutinas establecidas, sino que las deja sin respuesta. Han llegado priorizando su bienestar. Los muy descastados parece que no van a aceptar ningún tipo de explotación. “Crisis económica, pandemia, otra crisis económica, guerra en Ucrania, guerra en Irán… ¿Para qué vas a hacer planes a largo plazo? Esta actitud me parece un ejercicio de realismo precoz, y no tanto de conformismo, como se dice. Sabemos que las promesas se rompen”, apunta Duval.


La periodista Marta Nebot (51 años, generación X) recuerda que en su acceso al mercado laboral en los años noventa “había como una gratitud por tener trabajo que no sé si era demasiado sana. De cualquier modo, se glorifica la supuesta seguridad de aquel mercado laboral, cuando yo viví la entrada de las ETT y todo lo malo que aquello trajo. Entiendo la actitud de estos jóvenes que saben que no van a heredar la empresa. Eso no niega que haya una parálisis social. Una comadrona me dijo hace poco que ahora muchas mujeres gritan que les saquen al niño… Se las puede ayudar, pero el trabajo del parto es suyo. Muchas veces somos unos ridículos pidiendo que alguien haga el trabajo que tenemos que hacer nosotros”.
La definición de juventud clásica va asociada a la rebeldía contra la autoridad, ya fuera una dictadura, ya fuera una guerra, ya fuera el canon cultural imperante o lo que fuera que pensaban y defendían los mayores. Hoy, más de la mitad de los jóvenes entre 15 y 29 años afirma que va a votar a un partido de derechas y casi el mismo porcentaje cree que “el feminismo solo se utiliza como herramienta política de manipulación y adoctrinamiento”. Cuatro de cada diez hombres jóvenes defienden que el feminismo ya no es necesario porque existe una igualdad. Duval piensa que esto se debe, en parte, a que “ha habido un momento de hegemonía cultural, de muchísimos avances, incluso de institucionalización del feminismo. De repente lo han convertido en una figura de autoridad contra la que rebelarse. Igual que en mi adolescencia luchamos contra Rajoy y los recortes”. “Han tomado las redes, pero yo les voy a hacer frente, porque soy muy gritona. Han convertido internet, que antes era un sitio para los raros, en algo suyo. Y eso no puede ser. Se han hecho con el humor, con lo punk, es un horror”, afirma Mariang Maturana.

Por su parte, Mar Manrique (28 años, generación Z), periodista autora de la newsletter Fleet Street y que acaba de publicar el libro Un trabajo soñado, cree que este giro a la derecha de la juventud realmente significa un abismo de género que, si no se ataja, puede tener consecuencias nefastas. “Las relaciones sentimentales que formamos son muy distintas de las que formaban mis abuelos. Se ha abierto una brecha alrededor de una mujer joven muy capacitada para trabajar, las mujeres podemos hacer todo. Asumimos roles de trabajo, familiares, de cuidados, de pareja, mientras el hombre Z no acaba de ver si es proveedor, acompañante… No sabe su rol, y se enfada si le llamas heterobásico, pero si no sales de ese rol, ¿cómo quieres que te llame? Necesitamos un discurso común para salir adelante. Si no, en 10 años estaremos realmente mal, enfrentados y sin saber qué esperamos los unos de los otros”.
Al final, por mucha brecha generacional, volvemos a los clásicos de ayer y de hoy: género, clase y código postal. “Recuerdo la primera vez que escuché a los Smiths. Fue en casa de los López Pérez, los ricos del pueblo, que eran los que podían traer discos de fuera, los que viajaban. A nosotros solo nos quedaba colarnos en sus fiestas. Esto ha sido siempre así. Para ser underground uno debe robarles a los ricos”, recuerda el músico Miqui Puig (57 años, generación X). Puede sonar baladí, pero ser boomer o ser generación X en los años noventa dependía esencialmente de dónde vivieras y quién te rodeara. “Mi familia se mudó de Andalucía a Barcelona, y cosas como tener un trabajo de fin de semana para pagarse el ocio era aún impensable en los años noventa en muchos pueblos del sur. El marco laboral era aún más cercano al del franquismo y no a ese cosmopolitismo que hoy se recuerda”, apunta Mansilla. Eso ha desaparecido, no en lo material, pero si en lo emocional. Como dice Pablo Simón: “Hoy un joven español tiene más en común con un japonés que con su abuelo”.

De aquel cosmopolitismo surgió la idea de una generación algo peterpanesca. Y los 30 se hicieron los nuevos 20. Y luego, los 40 ya eran los nuevos 30. Eso redundó, poco a poco, en que jóvenes y mayores compartieran espacios antaño destinados solo a los jóvenes. Hace unos meses, un grupo de séniores denunció que en algunas discotecas del Port Olímpic de Barcelona no los dejaban entrar. Edadismo. La noticia reclamaba espacios de ocio para los mayores. Y bueno, si alguna cosa tienen los mayores son espacios de ocio propios —hay algo muy boyante llamado silver economy que lo confirma—, el problema es que quieren estar en los espacios de ocio de los más jóvenes, vestirse como ellos, saber qué significa six seven. “No soporto a los mayores que van de joven. Bueno, lo puedo tolerar en las mujeres, pero para nada en los hombres. Y mira que todos mis referentes culturales son del siglo XX. Me declaro aceleracionista, quiero que todo acabe pronto, un buen apocalipsis”, interviene la podcaster Esty Quesada (Soy una Pringada), ejemplo extremo de lo complicado que es ubicar a alguien que ha nacido a caballo entre generaciones. Tiene 31 años y en casa guarda varios objetos de David Lynch por los que pujó en una subasta en internet tras la muerte del director.

“Cuando yo llegué a las subculturas con 15 años, los mayores nos trataban con un desdén horrible, la fiesta ya había acabado, y nos tuvimos que hacer sitio. Ellos jamás quisieron nuestro lugar, porque a la juventud se acude a coger cosas guais, no a pedir listas de lectura y acaparar la pista de baile”, afirma Kiko Amat. El espacio de fricción se encuentra en la puerta de la discoteca, en la web de Shein y, sobre todo, en las redes sociales. “Yo antes no sabía tanto de los jóvenes. Podían estar sentados en la mesa de al lado, y ellos hablaban de sus cosas y yo de las mías. Ahora, entras en una red social y, claro, mucho se te escapa. Algunos se enfadan porque no entienden los códigos nuevos. Es rarísimo”, apunta Mansilla. Alba Rico remata: “Hay que saber envejecer, es de lo más complicado que hay, y cada vez nos lo ponen más difícil”.
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