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Justicia para la ruta del bacalao

Una muestra se suma a la reivindicación de este movimiento, en su momento denostado y hasta criminalizado, como fenómeno cultural y modernizador

Durante años, la ruta del bacalao era sinónimo de drogas, bulla y accidentes de tráfico. Desde los informativos o las tertulias de televisión hasta los atriles políticos se describía como el exponente sudoroso y anfetamínico de la decadencia juvenil. Tres décadas después, aquello que se conjuró en los bafles del litoral valenciano entra en el museo como objeto de análisis cultural. Discotecas como ACTV, Spook, Barraca o Puzzle regaron la huerta de esta costa mediterránea con algo más que electrónica: cimentaron una corriente de creatividad que se extendía a la moda o la arquitectura.

Con la exposición La Ruta: modernidad, cultura y descontrol, que puede verse en el Bombas Gens Centre d’Arts Digitals de Valencia, se confirma la reivindicación de su legado: este movimiento surgido en los años noventa ya no se explica solo desde el estigma, sino desde la totalidad. “La idea central es mostrar que fue mucho más que ocio nocturno: fue una explosión creativa y social que transformó a una generación y situó a la provincia en el mapa europeo de la vanguardia”, sentencia Artur Duart, director del espacio y comisario de un montaje que recorre los antecedentes, la amalgama musical y estética de los clubes y su declive a través de archivos originales, realidad virtual, proyecciones 3D y mapping láser.

El objetivo no es idealizar ni condenar, sino contextualizar. Un matiz clave para comprender la ruta, sometida a un examen público feroz y diabólico. “La narrativa mediática la homogeneizó y la convirtió en un problema social”, señala Duart, asumiendo sus “luces y sombras”.

Lejos de ser una rareza periférica, la escena valenciana estaba profundamente conectada con Europa. Primero con el new beat belga, luego con el sonido Madchester y más tarde con el hardcore de Países Bajos y la mákina catalana. “Valencia estaba perfectamente alineada con lo que ocurría fuera”, dice Luis Costa, autor de ¡Bacalao! (Contra, 2016), “la diferencia es que aquí el discurso moral fue mucho más intenso”. La razón merece un apunte histórico: “España llevaba apenas 10 años de democracia. Era demasiado radical para tan poco background cultural. En lugar de valorar su sustrato, se leyó como una amenaza”.

Tal amenaza se construyó, en gran medida, desde los medios. Joan M. Oleaque publicó En éxtasis (Barlin) en 2004, cuando la ruta seguía siendo un tabú. “Se presentaba como una locura de bárbaros cuando durante muchos años fue algo muy moderno y vanguardista”, recuerda. El escritor la había cubierto como periodista y la había vivido como usuario. No niega su desenlace problemático (masificación, aumento del consumo de estupefacientes, banalización musical), pero denuncia la simplificación: “El escrutinio que sufrió no lo resiste ningún movimiento cultural. Si aplicáramos ese nivel de vigilancia a cualquier festival actual, tampoco saldría indemne. Se hizo periodismo de sucesos con algo cultural”. La representación era apocalíptica y derivó en una demonización que, paradójicamente, también normalizó prácticas invisibles hasta entonces: “Mucha gente descubrió que existían las drogas recreativas. Antes, el imaginario era el de la heroína o el hachís. Nada más”.

Que hoy la ruta se exponga en las vitrinas o se narre en producciones audiovisuales no significa que esté domesticada. Significa que se la está observando con la complejidad que merece. Que ha transitado de las noches prohibidas a las galerías. Y no como final del viaje, sino como el inicio de una memoria coral más justa.

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