Qué gracioso era Hulio
Me asquean las tragaderas de nuestra sociedad hasta hace tan poco. Cuánto hemos aguantado a estos cochinos


Algo después de la pandemia, mi amiga y estupenda escritora Claudia Piñeiro me empezó a enviar unos memes que circulaban bastante en su país, Argentina. Resulta que cada año, al llegar al mes de julio, la gente se intercambiaba bobadas con la imagen de Julio Iglesias y un texto de doble sentido, como, por ejemplo, una foto del cantante con la cara hinchada y abajo la leyenda: Preocupa la inflación de Julio. O un retrato de Iglesias chillando y la frase: EsTres de Julio. Unas tontadas, en fin, rematadamente tontas y, por ello, muy divertidas, sobre todo si cada día del mes te llegaba alguna, a cuál más delirante. Sospecho que el próximo verano (o invierno allá) esta broma estacional bajará bastante, porque un humor tan blanco e inocente no casa bien con la siniestra sombra de las recientes noticias.
Cuento esto porque creo que revela el lugar que ocupaba Julio Iglesias en el imaginario colectivo: para unos, el gran cantante melódico internacional; para otros, un blandiblup bastante insoportable. Pero, en cualquier caso, lo amaras o lo odiaras, un personaje tan extremo que parecía irreal, tan galán, tan romántico, tan moreno Copacabana, tan ligón machote, tan de perfil siempre. Quiero decir que era una caricatura de fama mundial, y por eso se prestaba muy bien a los memes. Y a las muchas parodias que le han hecho una infinidad de humoristas. Ay, Hulio, Hulio, qué gracioso era Hulio.
Hablo en pasado porque tras el bombazo presentado por elDiario.es y Univisión, contando los —supuestos— abusos cometidos contra dos mujeres en 2021, nada volverá a ser igual. Falta ver qué pasa procesalmente con esas denuncias, desde luego, que además no son sólo de espeluznantes atropellos sexuales sino de una explotación laboral rayana en la esclavitud, pero, aparte de que tanto elDiario.es como Univisión parecen haber sido muy cautelosos y se han pasado tres años investigando antes de sacar la noticia (y cómo no: sabían que los iban a crujir los mejores abogados del mundo), lo verdaderamente importante es que este caso ha hecho caer el velo que difuminaba la imagen de Iglesias y nos ha permitido comprobar que el rey estaba desnudo.
Porque entonces hemos podido empezar a darnos cuenta de todas las cosas que habíamos visto sin ver. Por ejemplo, el caso de Vaitiare, aquella chica tahitiana tan guapísima que mantuvo una relación con Julio durante seis años (cuando empezaron, ella tenía 17 y él 46). Como sabéis, en 2010 publicó un libro titulado significativamente Muñeca de trapo en el cual decía cosas tan graves como que la obligaba a mantener tríos con otras mujeres o que la forzaba a drogarse con marihuana y cocaína. Ahora, en mitad de la vorágine, Vaitiare ha salido en los medios para matizar aquellas palabras (qué oportuna), diciendo que el libro estaba exagerado, que lo de los tríos no era todas las noches y que tanto eso como las drogas eran por su propia voluntad. Pero me da igual si exageró o no; a lo que voy es que, cuando salió ese texto diciendo esas burradas, nadie pareció estremecerse ni escandalizarse. Que yo sepa, tampoco Julio hizo nada en su momento contra Muñeca de trapo, cuyo contenido no ha sido puesto en duda hasta ahora. Es que daba igual. O bien no nos creíamos nada, ni los tríos ni las drogas, que ahora matiza pero reconoce (cómo íbamos a creerla contra Hulio), o, lo que es peor, lo que decía nos la refanfinflaba.
O ese atroz vídeo de Iglesias metiendo mano en directo, ese minuto y medio brutal de la entrevista con la presentadora argentina Susana Giménez que, por fortuna, ahora se ha hecho viral. Pero que, en 2004, cuando sucedió, pasó inadvertido. Es un combate de lucha libre. Iglesias la soba, le agarra a la fuerza por dos veces la cabeza y la morrea (esas manos que inmovilizan y que aprietan, qué miedo y grima dan), mientras Susana chilla y se revuelve y le pide por favor que pare e intenta defenderse, violentísima. Me da igual que condenen o absuelvan a Julio de las denuncias actuales: ese tipo da asco. Y aún me asquean más las tragaderas de nuestra sociedad hasta hace tan poco: el vídeo resuena con las risas del público. Cuánto hemos aguantado a estos cochinos. Para que luego vengan los listillos a decir que, si las mujeres se han pasado años sin denunciar, es que lo de las violaciones era mentira. Como si fuera fácil denunciar en un mundo en el que todo el poder lo ostentaban (¿o aún lo ostentan?) los babosos.
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